Desde que vi Testigo de cargo en la tele en blanco y negro de mi infancia tengo debilidad por las pelis y las series de abogados. Tanto, que incluso en mi adolescencia soñaba con ganarme las lentejas defendiendo a inocentes a base de gritar “¡Protesto!” en el momento oportuno, sacarme de la manga un precedente y seducir al jurado con mi oratoria impecable.
Claro que eso fue antes de saber que nuestro sistema judicial no se parece en nada al norteamericano (y de que programas como Veredicto o Tribunal popular me quitaran para siempre las ganas de vestir la toga). Pero la fascinación por los juicios en pantalla ha permanecido y me ha enganchado a series como El abogado, Ally McBeal, Boston Legal, Daños y perjuicios o la despiporrante Juzgado de guardia, pasando por Turno de oficio, y la fallida Al filo de la ley. Vamos, que incluso les dí sendas oportunidades al bodrio de Lex y a la clonada Acusados (con Blanca Close y Ted Coronado) antes de tacharlas de mi parrilla televisiva mental para siempre.
Pero mi favorita absoluta es La ley de Los Ángeles (LA Law), la serie en la que Steven Bochco supera las cotas de creatividad de Canción triste de Hill Street, perfecciona su destreza para entrelazar historias y contarlas con la cámara y se permite además, un desmelene argumental políticamente incorrecto. El primer capítulo de la serie era ya una declaración de intenciones: uno de los asistentes a las honras fúnebres de uno de los socios del prestigioso bufete McKenzie & Brackman desvela, ante el estupor de familiares y amigos, que el fallecido, modelo de virtudes jurídicas y solemnidad procesal, era un habitual de los bares gay más locos de la Costa Oeste.
Y a partir de ahí, durante ocho temporadas, centenares de casos, historias y situaciones que van del drama al disparate y unos personajes llenos de matices: Arnie (Corbin Bernsen), el abogado matrimonialista que despluma a los futuros ex maridos y se lleva a la cama a sus esposas; su paciente y enamorada secretaria (Susan Ruttan); el agrio fiscalista Douglas Brackman (Alan Rachins), con su calvicie y sus problemas sexuales; el venerable fundador Leland McKenzie (Richard Dysart), cuyo revolcón otoñal con su rival Rosalind Shays (Diana Muldaur) es uno de los momentos cumbre de la serie; la confusa Abby (Michelle Greene), protagonista con Amanda Donohoe del primer beso lésbico en una serie de gran audiencia y, sobre todo, el maravilloso Larry Drake en el papel del discapacitado Benny, el chico para todo del bufete y uno de los personajes más trabajados y perfectos de la tele de todos los tiempos.
La ley de Los Ángeles acumuló Emmys, Globos de Oro y todo tipo de galardones desde su estreno en EEUU en 1986. A España llegó en 1988 y, a pesar de que algún programador ciego de absenta decidió colocarla los sábados por la tarde, tuvo bastante éxito. Pero mis mejores recuerdos de la serie son de una reposición posterior, allá por 1994 o 1995, en la que pasaron casi las ocho temporadas sobre las dos de la madrugada, una hora perfecta para las brujas y las lechuzas como yo.
Lo mejor
LA Law es la primera aportación a la historia de la televisión del abogado metido a guionista David E. Kelley, un tipo del que los teleadictos hablamos de pie y con la mano en el pecho. Cuando Bochco lo fichó para La ley…, Kelley aún mantenía su trabajo en un bufete de Boston, pero pronto lo dejó para implicarse a tope en la producción y, tras la marcha de Bochco en 1989, asumió el control creativo de la serie y logró sus mejores momentos haciéndola cada vez más arriesgada, desarrollando subtramas y haciendo crecer a personajes aparentemente secundarios, algo que se convirtió en seña de identidad en sus trabajos posteriores.
Y es que el riesgo ha sido algo que ha marcado la carrera de Kelley desde sus inicios.
Tras una nueva colaboración con Bochco en Doogie Howser, una curiosa serie sobre un niño prodigio que ejerce de médico, Kelley creó Picket Fences, tan onírica y extrema como Twin Peaks pero con más humor negro. Casi de inmediato se pasó al género hospitalario con Chicago Hope, que obtuvo mejores críticas (pero peores audiencias) que su rival directa Urgencias (y que fue la primera serie de televisión en la que los norteamericanos vieron una teta adolescente y oyeron la palabra “mierda”). Luego vinieron tres series de abogados más: la realista y oscura El abogado; la luminosa y fantástica Ally McBeal, con su insegura protagonista que retrataba a toda una generación de working girls y la magnífica Boston Legal con el ex guaperas James Spader y el ex trekkie William Shatner despidiendo cada capítulo copa y puro en mano como Faemino y Cansado.
Además, Kelley es el rey del crossover televisivo: personajes de Picket Fences fueron atendidos en el hospital de Chicago Hope, Boston legal nace de una trama de El abogado y personajes de esta serie y de Ally McBeal entrecruzan sus caminos en varias ocasiones.
Si a esta demostración de talento televisivo sumamos que Kelley está casado con Michelle Pfeiffer y que es un defensor de la conciliación laboral, que programa su trabajo para poder llevar a sus niños al béisbol o a la clase de música, resulta que estamos ante un ser humano tan sobrenatural como Pep Guardiola, uno de esos tipos a los que les huelen los pies o se sacan los mocos en el coche, porque no se puede ser tan perfecto…
Lo peor
Que la 20th Century Fox, propietaria de la serie, no la ha editado en DVD ni tiene previsto hacerlo.
Trivia
La mayoría de los actores y actrices de La ley de Los Ángeles han continuado sus carreras en la tele. Algunos con gran éxito, como Jimmy Smits, al que pudimos ver como candidato a presidente en El ala Oeste y que ahora participa en Dexter. También el guapísimo Blair Underwood, que pese a algunos patinazos como LAX (una serie malísima sobre policías de aeropuerto con Heather Locklear) ha participado en Sexo en Nueva York y en las recientes Dirty Sexy Money y la aclamada En terapia. Por su parte, el rubio Corbin Bernsen ha protagonizado decenas de telefilmes y ahora tiene un papel fijo en Psych. También la estupenda Debi Mazar, que se incorporó a la serie casi en sus últimos capítulos, se ha dejado ver en Ugly Betty y tiene un papel fijo en la genial El séquito.
Pero quizá quienes mejores recuerdos me traen de la serie son Diana Muldaur, una clásica de la tele americana a quien los más vintage recordarán como la dueña de la leona de Nacida libre, y Harry Hamlin, un guapo y pésimo actor (nombrado el hombre más sexy del mundo en 1987) que pasará a la historia por su participación en la película mitológica de culto Furia de titanes, sus bodas con Ursula Andress y la mujer desesperada Nicollette Sheridan y su decadencia final como participante en el Mira quien baila norteamericano.








