29 septiembre 2011 a las 12:53 por Mercedes

Mi bolo y el vuestro

Nunca he escrito algo como lo que voy a hacer hoy. Me he comido los puños y he frenado mis dedos para que no cometieran el error de ir al ordenador y opinar sobre vuestras opiniones. Creo en la libertad de opinión muy profundamente y aunque muchas veces hubiera podido responder, no lo he hecho por respeto a cada uno de vosotros. Solo hoy me decido a opinar porque el último post ha provocado unas reacciones que parten de la base de cosas que ni he dicho, ni pienso. Lo escribí y lo volvería a hacer mil veces porque al leer la entrevista a Iñaki García Arrizabalaga en ‘El País’, sentí que un camino se estaba abriendo y ese camino podría ayudar a construir algo importante.

Escribo hoy aquí todo esto porque me resulta extraño e incluso injustificado que no respetéis la postura de esta víctima. El y tres víctimas más han tomado una decisión muy respetable que es suya y solo suya. No pretendo adjudicársela a nadie más. Lo único que hago es darle las gracias y emocionarme. No creo que sea ese un gesto para que saquéis las conclusiones que algunos habéis sacado.

Cuando se escribe un blog hay que saber que todas las opiniones que se reciban son dignas de ser leídas. No suelo reaccionar a ninguna excepto a los insultos. Cuando éstos se producen, llamo a la web y pido que borren ese mensaje e impidan, dentro de lo posible, que esa persona tenga sitio en nuestra casa. Eso ha ocurrido muy pocas veces y, aunque algunos os consideráis censurados, tenéis que saber que jamás es así; aquí cada uno cuelga lo que realmente le sale del bolo.

Vuestro bolo y mi bolo, vuestra cabeza y mi cabeza, son casi siempre muy distintas. Eso enriquece este lugar que lo mejor que tiene, para mí, es lo que ayuda y lo que sirve para aprender y saber cosas, lo que acompaña. No voy a cambiar. No lo voy a hacer por mucho que insistáis en que el bolo es distinto, que no tiene la magia que tenía, que nos anunciáis que nos abandonáis como si eso fuera un drama que fuera a descompensar este rincón chiquitito que no pretende nada. Si os vais, iros, iros tranquilos, otros vendrán y aquí seguiremos. Si volvéis, bienvenidos, aquí estaremos cosiendo y descosiendo la vida como lo hemos hecho desde el primer día.

Es tanto lo que me ha llegado desde este lugar que nada ni nadie podrá borrar ese tesoro. Es tanto lo que he aprendido, lo que me he esforzado, lo que he corregido y lo que he logrado que me siento inmune a cualquier amenaza. Aquí creemos de verdad en la libertad, en la creación, en el trabajo, en el esfuerzo y nos gusta que nos descubran caminos nuevos por muy arriesgados que parezcan. Por eso escribí “Pasos de Perdón”. No tenía otra intención que recoger una noticia y celebrarla sin añadir ni una coma a lo que contaba la realidad. Mi respeto y reconocimiento por las víctimas, tantas veces dejadas de lado en tantos años, es claro y público. Lo he hecho toda mi vida, incluso cuando estaban mucho más solas que ahora. Por desgracia son tantas que también son múltiples las opiniones. La dificultad de sus vidas y su futuro son ellas quienes mejor lo conocen pero desde fuera, los que tenemos la suerte de no haber sentido la zarpa de la bestia, también podemos observar y opinar. El final de la violencia nos ayudará a todos, a unos más que a otros pero en distinta manera a todos.

Podéis pensar lo que queráis, podéis escribirlo; permitidme que también yo lo haga. Eso es todo.

20 septiembre 2011 a las 14:11 por Mercedes

La risa de la hiena

Hace tiempo guardé esta fotografía por la repugnancia que me produjo. La risa abierta y sin atisbo de compasión de este etarra en la sala del juicio, me heló la espina dorsal. Si la miramos con atención es evidente que comparte su felicidad con alguien que se encuentra a su espalda, alguien que le apoya y le entiende. No voy a ser tan ignorante como para no entender que una persona que ha matado tanto tenga esa risa y lo que haga falta; pero me sigue resultando difícil aceptar que los dos, como seres humanos, tengamos un ADN tan similar.

No puede haber razón ninguna para que un chico joven, con una piel lustrosa, bien alimentado, bien vestido, peinado, guapo incluso, carezca del mínimo sentido de arrepentimiento por el dolor causado. No puede ser que la soledad de la celda donde ha vivido condenado años de su vida, no le haya hecho pensar que las muertes que salieron de su mano carecían de la eficacia que le contaron que tenían. Uno llega a creer que los etarras están cambiando, que se replantean sus estrategias e incluso que algunos, al parecer, confiesan su rechazo a los métodos sangrientos seguidos hasta ahora. Uno cae en la tentación, de vez en cuando, de soñar que eso pueda estar pasando; pero, de golpe, aparece la sonrisa de este energúmeno y toda la casa de papeles de esperanza se vuelve a venir abajo.

La expresión de la juez nos habla de impotencia, de incomprensión, de desesperanza. Lo tiene tan cerca y sin embargo lo ve tan lejano que podríamos leer hasta sus pensamientos. Habrá tenido a muchos como él delante, habrá condenado a cientos de años a otros parecidos, pero su cara, en esta fotografía, nos grita repugnancia. Él, por su lado, juega, abre su inmensa mano para saludar, sus ojos miran con diversión, casi infantil, a sus amigos, les saca la lengua juguetón. Incluso llega más lejos: sus horas vacías en la prisión le han hecho decidirse a dar el paso y dejarse una mosca en el mentón: un signo de coquetería que seguramente jamás se hubiera permitido antes. Pero las cosas cambian y las exigencias de la banda son menos estrictas. Se sabe poderoso, sabe que le miran, que le admiran incluso; que le apoyan, que le quieren y le sostienen, haga ya lo que haga.

En el otro lado del cristal, en el otro lado de la vida, están sus víctimas. Ellas habrán mirado esta foto como nos ha pasado a todos. La diferencia es que la punzada en el alma que ellos hayan sentido nunca se podrá comparar con nuestra repugnancia. Ninguna víctima, jamás, se ha tomado la justicia por su mano; ninguna ha decidido vengar esa sonrisa siniestra porque todas saben que hagan lo que hagan no lograrán volver a ver la mirada de la persona que les arrebataron.

Nos dicen que los etarras no tienen vuelta atrás. Nos han convencido de que jamás reconocerán su equivocación pero… ¿qué pensar de todas las personas de todas las edades que llenan las calles del País Vasco y les apoyan? Ahora que con sus votos han ganado muchos lugares de poder en las Instituciones democráticas, muchos queremos creer que su compromiso con la paz va a ser mayor pero: sigue siendo asombroso que apoyen esta sonrisa asesina; sigue siendo incomprensible.

Ya sé que no servirá de nada, pero por lo menos dejo hoy aquí mi apoyo, mi solidaridad y mi afecto a todas las personas que en algún momento de sus vidas han conocido la zarpa del terror y cuando vieron en el periódico esta fotografía se sintieron profundamente impotentes.