25 septiembre 2011 a las 15:03 por Mercedes

Pasos de perdón

 

Acabo de leer en El País una entrevista diferente y muy importante. Mónica Ceberio habla con Iñaki García Arrizabalaga de pasos nuevos, de pasos de perdón que nos llevarán a un futuro mejor; un futuro construido sobre bases sólidas para Euskadi y España. ETA mato a su padre. Él ha aceptado participar en unos programas de mediación organizados por Instituciones Penitenciarias a sugerencia de presos de la banda que no les pareció suficiente firmar una carta pidiendo perdón, querían verse cara a cara con sus víctimas. Era un paso arriesgado pero siempre hay valientes que están dispuestos a darlo. Para mí la información de hoy es completamente diferente a todo lo que hasta ahora hemos leído sobre los avances hacia la resolución del conflicto de la violencia. Hoy hemos conocido que unos cuantos, pocos, víctimas y verdugos, han empezado a andar un nuevo camino que cura de verdad.

Los etarras que en las cárceles han reflexionado y llegado a la conclusión de que no hay razón política ni de lucha por la liberación de una tierra que compense quitarle la vida a un ser humano, han entrado en un terreno nuevo sobre el que , ahora sí, se puede construir el futuro. De momento son pocos pero uno tiene la sospecha de que su ejemplo se multiplicará y pronto veremos florecer una inmensa esperanza.

Cuando ETA mató a su padre de un tiro en la nuca, tenía 19 años. Eran 7 hermanos. Su vida se destruyó. Todo lo que ocurrió a partir de entonces pudo explicárselo mirándole a la cara a un miembro de ETA que quería pedirle perdón aunque no hubiera sido él el autor del asesinato.

“Al principio evitaba mirarme a los ojos pero empezó a hablar. Me contó su vida durante los últimos 20 o 25 años. Su actividad como militante de ETA, su detención, su estancia en la cárcel. Me dijo que reconocía que había cometido daños irreparables y que ojalá fuera yo uno de los familiares de sus víctimas pero que, en todo caso, me pedía perdón como miembro de la banda por lo que había ocurrido. Fue muy impactante. Era la primera vez que un terrorista me pedía perdón”

Quedan 828 familias que deberán recorrer, si así lo desean, este nuevo camino. Quedan muchas heridas abiertas que, quizá, solo quizá, sean más fáciles de curar si consiguen aceptar la peticiónes de perdón de los verdugos. Con ello no se logran beneficios penitenciarios. Lo que se logra es la paz del perdón. Esa paz que los que la han experimentado dicen que es incomparable con ningún otro gesto.

Ayer vi en un Telediario a un preso etarra explicando cómo cambió su mente al percatarse del error de creer que la lucha por la independencia de su tierra se podía lograr con la muerte de sus víctimas. Es la primera vez que entiendo el arrepentimiento sincero, que lo creo. Si eso se multiplicara todo sería más fácil; todo sería más fácil incluso de entender, hasta a sus propios familiares que día tras día salen a las calles del País Vasco a pedir su libertad. Si el discurso lo lideraran personas como ésta, el entendimiento sería inmediato porque ellos han marcado el camino del dolor y son los que mejor entienden la necesidad intrínseca del perdón. Ese gesto es imprescindible para las víctimas. Aunque ellas no tienen la obligación de aceptarlo, el simple hecho de tenerlo delante como una nueva opción, las coloca de nuevo en el centro del problema y les da el protagonismo que tantas veces perdieron.

Los primeros pasos son titubeantes pero son. Los primeros pasos, las primeras miradas, las primeras palabras de perdón y explicación son las mejores raíces para que crezca ese árbol que puede cobijarnos a todos. Desde aquí quiero dar las gracias emocionadas a quienes lo han conseguido.

20 septiembre 2011 a las 14:11 por Mercedes

La risa de la hiena

Hace tiempo guardé esta fotografía por la repugnancia que me produjo. La risa abierta y sin atisbo de compasión de este etarra en la sala del juicio, me heló la espina dorsal. Si la miramos con atención es evidente que comparte su felicidad con alguien que se encuentra a su espalda, alguien que le apoya y le entiende. No voy a ser tan ignorante como para no entender que una persona que ha matado tanto tenga esa risa y lo que haga falta; pero me sigue resultando difícil aceptar que los dos, como seres humanos, tengamos un ADN tan similar.

No puede haber razón ninguna para que un chico joven, con una piel lustrosa, bien alimentado, bien vestido, peinado, guapo incluso, carezca del mínimo sentido de arrepentimiento por el dolor causado. No puede ser que la soledad de la celda donde ha vivido condenado años de su vida, no le haya hecho pensar que las muertes que salieron de su mano carecían de la eficacia que le contaron que tenían. Uno llega a creer que los etarras están cambiando, que se replantean sus estrategias e incluso que algunos, al parecer, confiesan su rechazo a los métodos sangrientos seguidos hasta ahora. Uno cae en la tentación, de vez en cuando, de soñar que eso pueda estar pasando; pero, de golpe, aparece la sonrisa de este energúmeno y toda la casa de papeles de esperanza se vuelve a venir abajo.

La expresión de la juez nos habla de impotencia, de incomprensión, de desesperanza. Lo tiene tan cerca y sin embargo lo ve tan lejano que podríamos leer hasta sus pensamientos. Habrá tenido a muchos como él delante, habrá condenado a cientos de años a otros parecidos, pero su cara, en esta fotografía, nos grita repugnancia. Él, por su lado, juega, abre su inmensa mano para saludar, sus ojos miran con diversión, casi infantil, a sus amigos, les saca la lengua juguetón. Incluso llega más lejos: sus horas vacías en la prisión le han hecho decidirse a dar el paso y dejarse una mosca en el mentón: un signo de coquetería que seguramente jamás se hubiera permitido antes. Pero las cosas cambian y las exigencias de la banda son menos estrictas. Se sabe poderoso, sabe que le miran, que le admiran incluso; que le apoyan, que le quieren y le sostienen, haga ya lo que haga.

En el otro lado del cristal, en el otro lado de la vida, están sus víctimas. Ellas habrán mirado esta foto como nos ha pasado a todos. La diferencia es que la punzada en el alma que ellos hayan sentido nunca se podrá comparar con nuestra repugnancia. Ninguna víctima, jamás, se ha tomado la justicia por su mano; ninguna ha decidido vengar esa sonrisa siniestra porque todas saben que hagan lo que hagan no lograrán volver a ver la mirada de la persona que les arrebataron.

Nos dicen que los etarras no tienen vuelta atrás. Nos han convencido de que jamás reconocerán su equivocación pero… ¿qué pensar de todas las personas de todas las edades que llenan las calles del País Vasco y les apoyan? Ahora que con sus votos han ganado muchos lugares de poder en las Instituciones democráticas, muchos queremos creer que su compromiso con la paz va a ser mayor pero: sigue siendo asombroso que apoyen esta sonrisa asesina; sigue siendo incomprensible.

Ya sé que no servirá de nada, pero por lo menos dejo hoy aquí mi apoyo, mi solidaridad y mi afecto a todas las personas que en algún momento de sus vidas han conocido la zarpa del terror y cuando vieron en el periódico esta fotografía se sintieron profundamente impotentes.