“Si la aventura del progreso, tal como hasta el dÃa de hoy la hemos entendido, ha de traducirse inexorablemente en un aumento de la violencia y la incomunicación; de la autocracia y la desconfianza; de la injusticia y la prostitución de la Naturaleza; del sentimiento competitivo y del refinamiento de la tortura; de la explotación del hombre por el hombre y de la exaltación del dinero, en ese caso, yo, gritarÃa ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana:
¡Que paren la Tierra, quiero bajarme!”.
Hoy han enterrado a Miguel Delibes. He leÃdo que se lo llevaban al panteón de Hombres Ilustres. Es lo que merece, sin duda, pero yo he pensado para él otro lugar para que descanse en paz.
Esta fotografÃa la hice el año pasado en un pueblecito del Valle de Arán. Ese cementerio reúne para mà todo lo que me gustarÃa que me acompañara cuando mi cuerpo esté metido en la tierra. Esas montañas silenciosas, poderosas, pero siempre respetuosas con la naturaleza que la forma, serÃan un lugar ideal para que mi amigo Miguel descansara para siempre. Ese hombre que tuvo la inmensa dicha de crear mundos inexistentes, de hacer literatura con mayúscula y dar vida a tantos seres humanos, porque son humanos, que llenan sus libros, no querÃa ser importante; nunca lo quiso.
Entiendo que lo lleven al Panteón de los Hombres Ilustres pero tengo la certeza de que Miguel preferirÃa escuchar los sonidos del silencio de ese cementerio de alta montaña. Sentir el paso de las estaciones; escuchar a los animalillos que merodeen por los alrededores de las tumbas; oÃr las plegarias de un viudo que como él, perdió a su mujer y sube a hablarle cada semana, que es lo que tardan unas flores en ponerse mustias.
Miguel Delibes se pasó la vida escuchando lo que hablaban en el campo, en los pueblos y ciudades donde vivió. De ese espionaje nacÃan sus novelas, esas novelas que agarran nuestro corazón y nos llevan de la mano hasta donde el escritor desea.
Por toda la felicidad que su fantasÃa me regaló, yo lo llevarÃa a ese rincón limpio y tranquilo donde, cuando llega la nieve, es más dificil colocar flores naturales y entonces, sólo entonces, se recurre a las de plástico; en ese lugar Miguel descansarÃa feliz.
Su mujer, Angeles, le abandonó demasiado pronto y seguramente le acompañará ya ahora. Ese amor que nos regaló para siempre en un libro, fue su fortuna y su tormento. Se hace difÃcil pensar cómo ese hombre extremadamente sensible, pudo sobrevivir a semejante hachazo.
Cuando le conocà -mi marido José Sámano trabajó con él durante muchos años y produjo para el teatro y el cine con Josefina Molina y Lola Herrera varias de sus obras- nos reÃmos mucho y recuerdo que aquel dÃa jugamos a ping-pong. A Miguel le gustaba hablar de cosas que la sociedad considera de “mala educación”. El y yo nos prometimos que un dÃa harÃamos una entrevista en la tele sin callar nada, hablando con todas las letras, pero eso, por desgracia, nunca llegó; hubiera sido muy divertido. Se ha ido, se ha bajado del mundo, como dice en esta frase definitoria de toda su vida que mi compañera Sara me ha enviado hoy, con 89 años que me parecen poquÃsimos y ahora es el momento de volver a recordar cuántas cosas inteligentes dijo e hizo.
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Delibes es una escuela de vida en cada una de las lineas de sus libros; es sin duda un Hombre Ilustre pero yo he decidido enterrarle en este cementerio entre montañas de la foto que os traigo hoy aquÃ.

















