18 septiembre 2008 a las 11:11 por Pepe Ribagorda

Arte patrimonial y mucho arte culinario en las tapas de“La Taberna de Teo” de Buitrago de Lozoya (Madrid)

Las autovías abrevian y hacen más seguros nuestros viajes, pero también convierten nuestros desplazamientos en algo mucho más anodino, más lineal, mucho menos emocionante. A mi me gusta desplazarme informado de la ruta que voy a seguir, para no perderme nada que merezca la pena romper la linealidad del viaje por las modernas y necesarias autovías. Buitrago de Lozoya es un caso típico. Tal vez muchos no caigan en la cuenta al coger la A-1 que muy cerca de Madrid, en este municipio de la Sierra Norte madrileña se encuentra uno de los enclaves fortificados más importantes y mejor conservados de todo el interior peninsular. Y mucho más ahora, que acaba de rehabilitarse la muralla de origen musulmán.

Vista de la muralla de Buitrago.

Pasear por Buitrago, imaginar su pasado y ver su rico patrimonio reflejado en las verdes y limpias aguas del rio Lozoya que abraza con mimo la ciudad bien vale una parada. Si solo fuera eso, ya seria suficiente, pero es que además, Buitrago de Lozoya cuenta con un excepcional bar de tapas, “La Taberna de Teo” (Plaza de la Constitución, 10. Tf. 91-8680512)

Fachada de 'La Taberna de Teo'.
Se trata de un esquinazo, con historia. Desde principios del siglo XX fué tienda donde se vendían comestibles, vinos, alpargatas, apeos de labranza, es decir, prácticamente de todo aquello que fuera susceptible de satisfacer las necesidades de una población fundamentalmente agrícola y ganadera. En fiestas, sus antiguos propietarios hacían las delicias de propios y foráneos sirviendo escabeches y chicharros. Muchos años después, sus actuales dueños, Teo y Rosa, han recogido la mejor tradición. Tiene mucho mérito esta pareja, porque han roto con el rancio clasicismo de los mesones de siempre (todos sirven lo mismo, cabrito lechal, y de la misma manera, asado con horno de leña) diseñando una taberna contemporánea, donde se cuida muchísimo el vino y donde las tapas del mejor producto se elaboran con una esmerada estética. Enamorados del vino, en “La Taberna de Teo” podéis encontrar hasta 70 referencias de todas las D.O españolas, con especial atención, a los emergentes vinos de Madrid, como uno de mis favoritos, “El Regajal” de Aranjuez.

Barra de la Taberna de Teo.

Barra de la Taberna de Teo.

La taberna es pequeña pero tremendamente acogedora. En las paredes hay reminiscencias del pasado de Buitrago de Lozoya en forma de fotografías. Se nota que los dueños respetan profundamente el origen del espacio que regentan y eso es algo que me congratula enormemente. No hay nada peor que construir futuro olvidando las señas de identidad. Es como instalarte en la nada y andar desnortado siempre.

 

Una de las fotos antiguas que cuelgan en sus paredes.
Me llama mucho la atención el mínimo espacio que ocupa una de las cocinas mejor aprovechadas que conozco. Es increíble que en un escaso metro cuadrado se puedan elaborar decenas de tapas de las que enseguida os hablo.
Minicocina donde se preparan los fantásticos platos.
Teo y Rosa son conscientes de sus limitaciones de espacio por eso su carta no abruma, pero es más que suficiente para saciar el apetito, de una forma sutil y elegante. Respirar la tranquilidad de una plaza de pueblo, en un día soleado del final del verano, sin prisas, no tiene precio. Para empezar me encantó una sugerencia de Teo, una ensalada de ventrisca de bonito, pimiento de piquillo y tomate casero cultivado cerca de Buitrago, en Paredes de Buitrago. Como se nota cuando el producto tiene el sabor de la buena tierra y el agua de manantial con el que ha cimentado su crecimiento. Aguas, por cierto, del río Lozoya, riquísimas, que nutren a la ciudad de Madrid.

Ensalada recomendada.
Según con unas excelentes croquetas de bacalao, en su punto de cremosidad la bechamel y de sal el bacalao. Suavísimas, extraordinarias. Tenía tal grado de emoción que me debió de temblar el pulso de la cámara de fotos, porque las instantáneas me salieron movidas. A continuación, acertamos de lleno, al elegir dos tipos de canapés, el primero de solomillo de cerdo ibérico sobre queso de cabra, con una ligera capa de foie encima, y el segundo de arenque ahumado sobre una base de salmorejo.

Canapés de queso y foi y de arenque con salmorejo.

Con apetito aún, el postre… un excelente queso de cabra, me dejó plenamente satisfecho.

 

Toque final con el postre.

Maravilloso. En pocos lugares he podido comprobar tanta delicadeza y tanta dedicación a la hora de diseñar tapas. Por si fuera poco, los encantadores Teo y Rosa, me invitan a probar los guisos que por encargo elaboran. “La próxima vez”, me dice Teo, “te preparamos una gallina en pepitoria que Rosa lo borda”. Le tomo la palabra.

11 septiembre 2008 a las 21:46 por Pepe Ribagorda

En un sencillo restaurante de Cuenca he tenido una de las mejores sorpresas del año

Sorpresas te da la vida. Cada vez que voy a Cuenca, en lo gastronómico, nunca lo dudo. Hago parada obligada en una de las barras de más calidad y mejor surtidas de España, la del bar “La Ponderosa” (c/ San Francisco, 20. Tf. 969-213214). Les llamó pero están cerrados. Dejo para otra ocasión la visita a este honesto y singular lugar que bien merece, por si mismo, viajar a una de las ciudades más bellas de nuestro país.

Un tanto contrariado, tuve que acudir a mis fuentes. Y entre a ellas, la mejor de cuantas gargantas profundas conozco, la personifica, mi gran amigo, el sociólogo y periodista, Lorenzo Díaz. “Vete, sin pensarlo, a La Masía”, -me dijo- “…ya me contarás”. Hecha la reserva correspondiente,- no dejéis de hacerlo si vais en fin de semana-, puse la primera con destino a un lugar que sabía no me iba a defraudar.

La Masía (Arcas del Villar, Cuenca.Tf. 969-253113) es una apasionante aventura profesional iniciada por Alfonso Gómez, un inquieto restaurador en las afueras de Cuenca, a unos diez kilómetros si cogéis la carretera que conduce a Valencia. Se trata de una sencilla y acogedora casona en mitad del campo conquense. El lugar invita al recogimiento y a concentrar todos tus sentidos en el festín de emociones que se te viene encima cuando Alfonso te invita a que pruebes su menú de degustación.

El local tiene una pequeña pero surtida bodega, en la que con buen criterio predominan los pujantes vinos que se hacen en Cuenca.

Dudé entre el maravilloso “Finca Sandoval” que elabora con mimo Víctor de la Serna, el “Quercus” que hace la familia Cantarero en Tarancón o el magnífico Calzadilla, pero al final me decanté por “La Plazuela”, un poderoso tinto toledano, muy poco conocido y muy escaso, en el que han conseguido un magnifico “coupage” entre la uva cencibel y la garnacha.

Das un primer sorbo a la copa de vino, respiras profundo….te impregna el bienestar. Estas a gusto…la conversación fluye. ¡Que placer!. Te inunda una gran excitación, porque no sabes al festival de sabores al que te vas a enfrentar. Descomunal y variadísimo capítulo de entrantes.

Para empezar unos lomos de atún toro marinados con salsa de soja. Toque de modernidad. La “orientalización” dominante en lo culinario ha llegado también a los confines de la recia y ancestral Castilla. Los lomos estas deliciosos y me sirven para adivinar que en “La Masía” por encima de modas apuestan por el mejor producto. Empezamos bien.

Seguimos bajo los aromas marinos…..porque Alfonso nos premia con las mejores almejas de Carril que me he tomado nunca. Sabrosísimas, con su punto de cocción perfecto, probarlas es un viaje submarino. Verdaderamente deliciosas.

Del mar….al corral. En La Masía tienen huerta y animales. Poseen gallinas y se nota en los maravillosos huevos rotos con virutas de jamón ibérico. El amarillo es intenso, el sabor de las yemas tremendamente acentuado. Benditos sabores de siempre. Bienaventurados los productos caseros, ajenos a la industrialización, a los colorantes, a los conservantes.¡Qué plato, Dios mío!.

Y todo esto que os he contado de entrantes. Quedaba lo mejor. Entre carne y pescado, elegimos lo primero. Alfonso nos recomienda, venado, una cierva jóven recien cazada en la zona y unos pichones que le acaban de llegar de la región francesa de Brést. Extasiados, mi acompañante y yo, le pedimos una pequeña demostración de ambos platos. Realmente inolvidable. Que sabor y que ternura el de ambas carnes. Para mí, la sensación culinaria de lo que llevo de año. Masticar el pichón con lentitud, saborearlo…..disfrutar de la conversación….reposar las palabras dando un sorbo al poderoso tinto toledano….escuchar el silencio del campo conquense…que más deciros.

Podría contaros que el día estaba hecho, pero me esperaba el motivo de mi visita a Cuenca: la tarde de toros. El cartel, histórico, porque dos mis toreros preferidos, José Tomás y el diestro más en forma de la actualidad, Miguel Angel Perera rivalizaban en arte y valor en la Feria de San Julian.

Únicamente deciros, que entre los dos, cortaron siete orejas. Imaginaros como regresé a casa. Las ruedas de mi coche ni tocaron el asfalto. ¿Por qué no todos los días son así?.