He visto casi todas las pelÃculas de José Luis Garci, algo que ya habÃa confesado públicamente en otra ocasión. Asà que hablo con conocimiento de causa al decir que la tendencia al ensimismamiento de sus últimas obras se acentúa en ésta. Ensimismamiento porque, para bien o para mal, a Garci parece darle igual la manera de narrar cine en nuestros dÃas, y cuando digo esto me refiero a la Edad Contemporánea. Si los protagonistas del 2 de mayo volvieran a la vida, posiblemente seguirÃan sin problemas la gramática visual del director, tan cercana al teatro filmado.
Los destellos de fuerza de Luz de domingo -esa violación brutal rodada con poderÃo- no aparecen aquà por ningún lado. Y los minutos finales, con la carga de los mamelucos y el levantamiento de los madrileños, dan una sensación de pobreza de medios -algo inexplicable con esos quince millones entregados por la Comunidad de Madrid, la suma de todos- y de agarrotamiento fÃlmico lamentables.
Me sorprende, de hecho, no tanto que permaneciera despierta la mayorÃa de los espectadores de mi sala cuanto que no cayeran desplomados los propios actores en mitad de sus soliloquios. Porque esos encadenados cansinos, ese demorarse en la acción por mucho que se justifique con cierto tempo de melancolÃa y tal y cual, esa manera tan discursiva de hacer hablar a los personajes resultan agotadores.
Quim Gutiérrez da la sensación de estar avergonzado durante toda la pelÃcula. No resulta convincente en ninguna escena. LucÃa Jiménez, con un papel prácticamente reducido a un cameo, tres cuartos de lo mismo. Y Paula EchevarrÃa, también. Con todo, si mereciera la pena ver la pelÃcula serÃa desde luego por el magnÃfico trabajo de dos de los actores: Miguel Rellán y Tina Sainz, que interpretan de manera genial a dos villanos dickensianos.
Los decorados de Gil Parrondo -que recrean con todo lujo de detalles el arco de Cuchilleros o el barrio de Malasaña- y la preciosista fotografÃa de Félix Monti están muy bien, faltarÃa más. Pero quedan amortizados con ese prólogo leÃdo por el propio Garci y que no tiene más sentido que enseñarnos todos y cada uno de los escenarios levantados. Porque cinco minutos de datos académicos sobre el Madrid de la época se me antojan más prescindibles que un test de inteligencia a Sarah Palin…
Al menos queda el consuelo de que en esta Sangre de mayo, tan lejos de lo mejor de Garci: El crack y El abuelo, no suenen apenas los famosos pajarillos enlatados. Que otra cosita es…









