David Cacho / dcacho@informativost5.com
La vida se tomó 4.500 millones de años para surgir en un pequeño planeta con forma de nuez. A la Tierra le lleva miles de años mover apenas un grado la inclinación de su eje de rotación. Los continentes precisan un siglo para moverse un metro. El agua moldea cada accidente del terreno, incansablemente, durante milenios. Los volcanes y las placas tectónicas se ríen de los relojes. Pero nosotros no. Nosotros no tenemos ese lujo. En nueve meses concebimos una vida. En treinta años hemos renovado una generación. Antes de un siglo hemos desaparecido…
Por eso, en nuestro caso, que una generación se pierda, que nos roben un siglo o incluso una década, supone una tragedia de proporciones cósmicas. Y, posiblemente, nada ni nadie haya robado tanto tiempo en la Historia de la Humanidad como esa cosa llamada religión.
Viendo Ágora uno es consciente de ese drama, se revuelve contra él… Y también suspira de melancolía porque los tiempos del planeta y los nuestros no sean los mismos.
No está mal tanta capacidad de evocación para ser un peplum…










