13 enero 2012 a las 9:31 por elgato

Desde el próximo jueves tendremos siempre un ojo puesto en Gran Hermano

El ojo de Gran HermanoMenos de una semana queda para el comienzo de GH 12+1, la edición más esperada del programa en mucho tiempo. Y la edición más esperada tenía que venir acompañada de la fecha más esperada. El baile se paró en el 19 de enero. Jueves, por más señas. A la tercera tenía que ser la vencida, como he venido diciendo. Las dos fechas anteriores fueron el 8 y el 12, si bien hubo expectativas anteriores que apuntaban a la última semana de octubre, la primera de noviembre, y así hasta donde estamos. Por fin tenemos fecha.

La consigna en esta casa era que no se daría ni una fecha hasta que hubiera pasado una promo en televisión. Muy sabia decisión puesto que hasta ese momento nadie nos creímos del todo que sería la definitiva. Yo me lo creí anoche cuando vi el anuncio en mitad de un partido de fútbol, aunque yo andaba jugando al Scrabble y prestando poca atención a ninguna otra cosa. Pero, en realidad, cuando me terminé de hacer a la idea fue leyendo un mensaje de Jaime Guerra (productor de Gran Hermano) en Twitter (“Faltan 7 días !!!!!!”). Ahora sí. Está hecho.

Desde el próximo jueves viviremos algunos con un ojo siempre puesto en la emisión del directo de Gran Hermano, y algunos ratos pondremos también el otro. Toda atención es poca, sobre todo si tenemos en cuenta lo pesados que hemos sido durante esta larga espera. A decir verdad, creo que la espera ha sido buena, entre otras cosas para poder atesorar hoy esta expectación sin precedentes. Hacía muchos años que no se apreciaba tan claramente que hay ganas, de igual manera que son muchas las esperanzas puestas en este programa.

La confirmación de la fecha mencionada llegó el mismo día que habíamos conocido el nuevo ojo de Gran Hermano. Dicen que es una imagen de síntesis partiendo de los ojos de todos los concursantes de esta edición. Como idea es genial y pinta más que bien. ¿Se puede pedir más? Bueno, por pedir no será porque aquí pedimos y no paramos, pero hoy no toca.

¿Os podéis imaginar lo complicado que resulta decir algo original en días como hoy? Para esta misma situación de años precedentes he intentado contar lo que se hacía en otras ediciones de diferentes países, o me he decantado por explicar cómo funciona el equipo que realiza el programa en Guadalix de la Sierra. Y, cómo no, hemos hecho ese ejercicio de expresar lo que le pedíamos a la edición en ciernes.

Cualquier argumento ha sido bueno con tal de que fuera más o menos inédito. Aunque lo más importante era que pudiera ser interesante, al menos para el público que nos lee. Este año hemos estado haciendo unos cuestionarios a míticos concursantes del programa y hemos tenido, cómo no, la tradicional entrevista con Mercedes Milá. ¿Por dónde vamos ahora? Pues veréis, analizando un poco mis últimos escritos he notado cierta relajación a la hora de hablar de este humilde gato.

Empecé confesando mi reparo a la hora de pedir al equipo del programa lo que a mí me gustaría que hicieran, principalmente porque mi papel consiste en comentar lo que pasa y no determinar lo que tiene que ocurrir y de qué manera. Luego, me sinceré al decir que me da mucho pudor denominar entrevista a lo que no merece una etiqueta como esa, sobre todo tratándose de Mercedes Milá, quien antes de empezar a presentar Gran Hermano ya había hecho más de tres mil entrevistas.

Partiendo de ahí se me ocurrió la disparatada idea de hablar un poco de mí. Terrorífico (¡hoy estoy pareciendo Piqueras!) ejercicio de mirarse el ombligo como si a alguien le pudiese importar. Y a riesgo de que no le importe a nadie, amén de provocar algún insulto más de los habituales, me he decidido a contar alguna que otra cosa íntima y personal. ¡Que Dios me pille confesado!

OjosPara ello utilizaré la valiosa información dada por quienes me han estado inquiriendo durante estos últimos años en que he terminado respondiendo unas dos mil quinientas preguntas, casi todas ellas amables y curiosas. Diré, por ejemplo, que suelo escribir por las mañanas, desde muy temprana hora. Acostumbro a emplear el espacio entre las seis y las ocho y media de la mañana para juntar estas letras, y generalmente aún me queda un rato de cambios y correcciones antes de publicar mi escrito.

Hace un tiempo escribía de madrugada, pero me di cuenta de que mi humor mejora con el madrugón, por extraño y contradictorio que parezca. De noche acumulo el cansancio de todo el día y eso debe contribuir a agriar un poco el tono, añadiendo a mis letras más tósigo del recomendable. Por la mañana temprano las ideas fluyen mejor o peor, pero parece que las palabras encuentran menos obstáculos para ir por libre, como acostumbran.

La situación idílica es aquellos días (pocos, por desgracia) que las palabras surgen con la misma facilidad que están fluyendo las ideas. La mayoría de los días falla una cosa u otra, cuando no las dos. Es frustrante que se estén agolpando las ideas en tu cabeza, pero las palabras hagan de freno, dificultando la expresión. Decía Carlos Luis Álvarez, “Cándido”, que las palabras oscurecen los pensamientos, y en ocasiones es una gran verdad. Igualmente supone un fracaso lo contrario, pues hay días que las palabras hacen florituras, pero no surgen las ideas como debieran.

El cambio horario a la hora de escribir me ha hecho perder esa ambientación tan chula que me acompañaba antes, con velas de vainilla encendidas y palitos de incienso quemando. Puedo dar fe de que tal escenografía tan solo aportaba ambientación, puesto que ni el incienso ni las velas colocan. No colocan ni un poco, doy fe de ello. La diferencia es pequeña, por tanto. He cambiado el rollo zen de mi anterior entorno por el café de la mañana acompañado de algún dulce. Este año estreno cafetera de cápsulas, que en pocas semanas se habrá convertido en una firme aliada, cómplice de mis noches sin dormir.

Escribo directamente en el editor del blog para evitar que otro editor de texto me haga ninguna autocorrección. También me es útil para ayudarme a componer el texto con párrafos cortos, de la extensión pretendida. Esto en otro editor me costaría más ajustarlo. Mientras lleno líneas y más líneas con mis latazos habituales tengo siempre el DRAE en otra pestaña de mi navegador, además de tener siempre abierta la aplicación del María Moliner.

Una vez terminado, corrijo manualmente, aunque en ese primer repaso se me va la vista a cuestiones de estilo y menos a las interrogativas o los pretéritos sin tilde (algunas de mis faltas recurrentes). La segunda revisión del texto la hace un corrector online (adiós laísmos y otros insistentes fallos), aunque este tampoco evita que luego Jordina termine haciendo la corrección definitiva, poniéndome las orejas de burro día sí y día también. Lo hace con cariño, eso sí. Es la ventaja de tener una pareja correctora, además de siempre dispuesta (a ayudar, no sean malos).

Veo el 24 horas en un portátil puesto al lado de la pantalla de mi ordenador de sobremesa. Siempre con auriculares, para intentar no perderme nada. Auriculares inalámbricos, si es posible y mientras aguante la batería. Durante el día tomo notas pero no demasiadas (mi Moleskine, esa misma). Digamos que confío mucho en el filtro natural de la memoria a corto plazo, gracias al cual puedo al final del día (o la mañana siguiente) seleccionar lo elegido por ese mecanismo caprichoso. Siempre he pensado que cuando recuerdas eso y no otra cosa por algo será, aunque a menudo alguien reclama (con razón) que te has dejado cosas por contar. Pero es así porque prefiero que así sea.

Tomo más notas durante las galas porque ese es el relato más complicado siempre, a pesar de existir argumentos más que suficientes para el escrito del día siguiente. El exceso de información hace más complicada la labor de selección, por lo que intento durante toda la noche ir apuntando destacados que luego me ayudarán a hacer la crónica. También resulta importante para mí anotar detalles que podrían naufragar en mi memoria en caso de no hacerlo, aplastados por esa abundancia de argumentos a la que me refiero.

Me preguntaron en un encuentro digital de esta casa si seguía algún ritual o hacía algo especial las noches de gala. Es curioso porque ya me habían preguntado esto mismo en ocasiones anteriores, por lo que llegué a pensar si no era fallo mío no hacer algo chulo para poder contarlo. Pero la respuesta es no, me gusta ver las galas con la persona que quiero a mi lado y en contacto con lo que se está comentando en la red porque a veces te hace apreciar cosas que de otro modo pasarían inadvertidas. La cosa queda muy completa si a todo lo anterior se le añade alguna comunicación privada con gente a la que aprecio y cuya opinión me interesa especialmente.

Pero siento decir que nunca he hecho uso de talismanes, no tengo la manía de cenar siempre lo mismo ni nada por el estilo. Mentiría si dijera lo contrario. Hay algo, eso sí, que me ruboriza un poco contar porque se escapa a mi control y no lo termino de comprender. Cuando Mercedes tiene entre sus manos el sobre con el nombre del expulsado y comienza a leer esas míticas palabras (“La audiencia ha decidido…”) no puedo evitar ponerme nervioso. Es ridículo porque me pasa sí o sí. Da igual que tenga la seguridad absoluta de que no saldrá quien no debe. No importa que desee la expulsión de todos los nominados, por lo que me debería dar igual el nombre con el que termine la frase. Pero ni aún así, nunca puedo evitar ese revolcón en el estómago, ¡maldita sea!

Intento no leer casi nada de lo que se dice fuera de esta página durante los primeros días, con el fin de no dejarme influir y poder ir fijando mis propias ideas, criterios, gustos, preferencias, odios o simpatías. No siempre me funciona porque este mundo es cada vez más permeable, especialmente desde la aparición de las redes sociales que logran extender la conversación considerablemente. Hay quien me pregunta si tanta red social no perjudicará a la actividad de este u otros blogs, a lo que siempre argumento igual: diversificar la conversación no hace sino ampliarla. Más foros y lugares donde comentar suman siempre, no restan. Para quienes amamos este formato debe dar igual dónde se expresen las ideas, lo importante es que se hable, aquí o allá, donde deba ser. Más conversación nos ha de beneficiar siempre, de una forma u otra.

Otra cosa que me han preguntado con insistencia es sobre lo que he aprendido durante estos años. Quien me lea hoy pensará que no he aprendido casi nada. ¿Cuántas veces me he dado cuenta de que las citas incomodan? Se entiende como una pedantería, da igual que hayan sido dichas por un filósofo o un futbolista. El caso es que no me beneficia nada poner una cita. Solo me crea enemigos. Pero aquí me tienen, el lunes evité citar a Bill Gates (y venía muy a cuento) pero hoy no me he podido resistir. Como el escorpión del chiste: “es mi carácter”.

También soy consciente de que es una postura inteligente observar cuál es la opinión mayoritaria y sumarse a ella. No deja de ser un comportamiento político, y la mejor forma de mantener el poder (objetivo número uno de la política) es hacer coincidir el criterio propio con el de la mayoría. De todos modos, sospecho que no funcionaría. Se notaría demasiado que no estoy haciendo lo de siempre, es decir, opinando libremente sin tener en cuenta si es o no lo que me conviene.

Algo que no me pasa nunca es que relea las últimas líneas de lo escrito y desee tirarlo a la basura. Es justo lo que me está pasando ahora mismo, y puedo asegurar que me he planteado no publicar esto. ¿Qué diablos hago hablando de mí? ¡Por el amor de Dios! Será mejor que vaya terminando y olvide pronto que anoche (he empezado a escribir de noche y he terminado con mi café del desayuno) tomé la decisión equivocada.

Para terminar quiero cumplir con una intransferible tradición, siendo hoy el día de lo personal. He de confesar que el anuncio de un nuevo Gran Hermano no está completo para mí hasta que aparece mi Agnes. En realidad es la Agnes de Milan Kundera en su novela La inmortalidad (1988). Y es ese pequeño fragmento que habla del “ojo de todos”:

«Agnes recordó que una vez, cuando era niña, se había quedado deslumbrada con la idea de que Dios la veía y la veía ininterrumpidamente. Fue entonces cuando sintió por primera vez el placer, la extraña satisfacción que el hombre siente cuando es visto, visto contra su voluntad, visto en los momentos de intimidad, cuando es violado por una mirada. La madre, que era creyente, le decía “Dios te ve” y pretendía así enseñarle a no mentir, a no comerse las uñas y a no meterse el dedo en la nariz, pero ocurrió algo diferente: precisamente cuando se dedicaba a hacer algo malo o vergonzoso, Agnes se imaginaba a Dios y le enseñaba lo que estaba haciendo… y llegó a la conclusión de que hoy el ojo de Dios ha sido remplazado por la cámara. El ojo de uno ha sido remplazado por el ojo de todos. La vida se ha convertido en una gran orgía en la que todos participan».

El ojo de Agnes, como siempre digo, es el inquieto ojo de todos. Hoy ella me ha mirado a mí, pero durante los próximos meses tendrá su mirada puesta en una casa de la sierra madrileña. Esa casa mágica por la que hoy volvemos a suspirar. No reprimas tu emoción. Quedan tan solo seis días.