29 diciembre 2011 a las 8:49 por elgato

Doce marcas

Los doce... y unoAprovechando que aún faltan unos días para que la maquinaria de Gran Hermano comience y mientras esta se engrasa jugaré a eso de los doce y el uno, usando tal argumento para otro fin del aparentemente propuesto. Sufre triscaidecafobia quien tiene miedo al número en cuestión. Los supersticiosos son como los borrachos, si se me permite la extraña comparación. Quiero decir que, a semejanza de aquellos, estos pasan parte de su tiempo negando algo. El borracho siempre niega estarlo, y mucho más serlo. La superstición no se suele manifestar como un estado pasajero, se es o no se es. Pero el supersticioso coincide con el borracho en la negación, pues acostumbra a no reconocer su miedo.

Cuenta mi padre que cuando se incorporó al servicio militar le preguntaron por aquello que prefería hacer. Cometió entonces dos errores, uno fue dar la vuelta a la pregunta y decir aquello que bajo ningún concepto le gustaría hacer, el segundo fue decir la verdad. “No quiero nada relacionado con coches ni con caballos”, dijo mi joven padre. Como era de esperar (no por él, claro está) primero estuvo en caballerizas y más tarde conduciendo todoterrenos hasta hartarse. En su vida civil siguió renovando el carné de conducir hasta hace poco, aunque jamás tuvo coche y no le he visto conducir ni una sola vez en mi vida. Cuando le preguntas si no conduce por miedo lo niega. “Miedo no, le tengo respeto”, responde.

El supersticioso tampoco tiene miedo, si acaso respeto. Sus miedos parecen validados por la costumbre, y se relacionan casi siempre con lo mismo: la mala suerte. En definitiva, el supersticioso teme por su suerte y pretende espantar sus temores de distintas formas. Se puede decir que hay dos categorías, los ocupados en hacer cosas y quienes son más dados a evitarlas. En ambos casos suelen tratarse de costumbres inverosímiles.

Ya sé que la mayoría tienen una base histórica, o incluso anecdótica. En el caso del número comprendido entre el doce y el catorce parece que vendría de las personas en torno a la mesa en la Última Cena. Apenas veinticuatro horas más tarde, dos de esas personas habían muerto, a saber Judas Iscariote y Jesús de Nazareth. Olvida la leyenda que en torno a esa mesa hubo más personas, en su mayoría mujeres sin las cuales hubiera existido reunión, pero no cena.

Sea como fuere, se trata de una superstición que ha trascendido tanto como para que en algunos hoteles se evite utilizar esa planta para clientes, destinándola a servicios, mientras en otros se pasa de la doce a la catorce directamente. Lo mismo pasa en la numeración de filas de muchos aviones, que suelen pasar de la 12 a la 12 bis. Afortunadamente, en el Gran Hermano que nos viene han optado por eso que popularizó el motociclista Ángel Nieto cuando ganó el campeonato que seguía al doce, y no se decantaron por lo del bis. ¿Alguien imagina un GH 12 bis? Hubiera estado meses esperando que volviera a aparecer en cualquier momento cierta cara larga.

Conocí una curiosa pitonisa que utilizaba técnicas singulares para adivinar el futuro o adentrarse entre las sombras del pasado de sus clientes. De los posos del café, milenaria costumbre, pasaba a la marca que deja una copa de cerveza en la mesa. Desde entonces, no puedo evitar fijarme con frecuencia cuando alguien levanta su copa en esa marca casi circular, caprichosamente diferente a todas las demás. Imposible descifrar nada, a mí no me dicen tantas cosas como a la sibila, pero me hace acordarme de ella.

Por eso hoy tiro de ahí para leer las doce marcas de la copa de cerveza de sendos concursantes de Gran Hermano en sus ediciones anteriores. La última es un borrón. O sea: mancha o imperfección. No se preocupe el representado pues este escribidor llena de borrones cada uno de sus escritos… y aquí seguimos, de momento.

Iván Armesto es quien levanta la primera copa. No me cabe duda de que dejó en el programa una marca imborrable (¡bonitos tópicos!). Gracias a él quedé atrapado por este formato televisivo, después de mostrarme crítico e indolente, sin que me afectase la enorme expectación previa al estreno de aquella mítica primera edición. Este asturiano supo llamar mi atención en un resumen de domingo. Con su chupa de cuero todo el rato, omnipresente junto a Ismael. Juntos en la cocina, juntos en el dormitorio, juntos en el jardín. Siempre juntos, hasta el final. Y juntos firmaron una historia de amistad que se encuentra entre las más interesantes y atractivas de las nacidas en esa casa. Pillo, manipulador (esto no es malo) y auténtico. Toneladas de verdad llevaba consigo.

La segunda marca es de Marta López. No enjuiciaré su trayectoria televisiva posterior, que me interesa bien poco. Su mérito no se fraguó dentro de la casa sino fuera, aquel día que contra todo pronóstico rompió la convivencia con un malicioso comentario hacia un concursante desde el plató. Tan solo le recordó a Kaiet que tenía un baile pendiente con ella, y a más de una se le cayeron los palos del sombrajo. Sobre todo a Karola. Fue la primera en comprender que su papel fuera podía ser mejor que el jugado dentro. Por fortuna lo supo cuando tocaba y no antes. Y dejó su marca.

Le sigue la marca de Raquel Morillas. Nunca nadie antes había aguantado tanto dentro de esa casa. Su ‘álamo’ no solo consistió en ver salir a quienes habían sido sus amigos uno a uno, sino que fue mucho más allá. Se enamoró de ella Jorge, lo cual no es poca cosa. Kiko pasó de apoyarla a pedir su detención (“que la detengan, que es una mentirosa…”), Elba nunca quiso entender nada y Ontiveros le negaba los palitos de incienso mientras a otros regalaba edredones. Su momento cumbre subida a aquella especie de bicicleta con alas en el jardín, maldiciendo por no poder estar presente en la bronca que mantenía dentro Patricia. ¿Quién sino?

La última de la primera fila corresponde a Nacho Utrera. El destino (o lo que fuera) frustró su paso por ‘GH El reencuentro’, ese interesante experimento que sirvió de estrambote a la edición número once. Pero en su edición dejó marca por ser quien más había estado pendiente de las cámaras, dominando la situación en todo momento, pese a lo cual siempre hizo lo que quería. Resistir a la tentación de moverse hacia donde la cámara cree que irás es todo un logro. Jamás se puso la máscara de falsedad utilizada como recurso por muchos de sus compañeros. Una máscara grotesca en algún caso (Rocío) y encantadora en otras (Matías).

Sigo con la marca de Ainhoa Pareja, para mí ‘Ainhoa Croft’ por siempre. Combativa, hiriente y frecuentemente malhumorada, como el personaje de videojuego. Aunque me costó aceptarlo, en mi corazón de felino, desde mi silencio cómplice, siempre deseé que le bajase la erección a Julián cortándole los huevos, que le dijera a Vanesa lo que pensaba sin ambages o estallara de verdad aquella jarra de barro en la cabezota de Nico. El videojuego es lo que tiene, se pueden gastar todas las vidas. Ella fue mi heroína.

La marca de Cristal sospecho que sería borrada por ella misma, si pudiera. Tampoco tuvo suerte en ese reencuentro tan oportuno en otros casos. Si Juanjo había tenido su ‘Dulcinea’ en Diana, ella supo deshacerse de un ‘último mohicano’ llamado Jonathan. Con un leve mohín era capaz de dejar muerto a cualquiera. Tal vez le hubiera gustado dejar decenas de cadáveres a su paso, pero prefirió mantenerse silente y discreta. Dejando intacto su enigmático halo, realmente cargado de indiferencia.

La séptima marca es de una copa que se bebieron entre dos. ‘Dos hombres y un destino’, Pepe y Dayron. ‘Quijote y Sancho’, perfectos cada uno en su papel. El ‘señor de los récords’ llevó muchas cosas planeadas, pero jamás pudo prever su reacción aquella noche que se encontró con el cubano en el cuarto de baño y le dio cobijo con su abrazo. ¿Qué hubiera pasado sin Pepe Herrero? Sin este perfecto guionista reinventando el formato, reinterpretándolo con maestría. “Siempre nos quedará el reencuentro”, debió pensar. Le faltaba rematar la faena llevándose a la chica. Le odiaría tanto si no fuera por lo mucho que le admiro.

La marca más insólita es la de un cateto bastante inculto y un tanto gañán, tan zafio en las formas como burdo en sus maniobras de espionaje. Un espía doble de medio pelo, capaz de engañar a casi todos, quizá más palurdos que él. Miguel Ángel Pulpillo hizo merecer el tratamiento de señor cuando demostró que sabía sumar, y el de excelencia al demostrar que era el más listo. Tuerto en una casa de ciegos, con poca maldad y mucho sentido común. Siempre sospeché que no había conocido mujer, y el día de su salida como cuarto finalista deseé que arreglase pronto lo suyo. En la casa ya dejaba alguna que otra virginidad perdida.

Melania Querol dejó la siguiente de las marcas. Fue un libro abierto allí dentro, como aquel descrito por Fernán Gómez: “El libro se abre ante nosotros como se abre de piernas la amante entregada y posesiva. Como abren los brazos para acogernos el amigo y el familiar”. Así fue mi Mel, la de piernas abiertas de amante, y brazos extendidos de amigo. La del magnetismo que atrajo a Piero y Amor. La de risa atronadora y onomatopeyas. Pura pasión.

De Iván Madrazo tenía que ser la décima marca. El ‘urogallo’ que nos conquistó en las madrugadas. Dueño del rincón de pensar, creo que quien más nos ha hecho sentir. Y de eso se trata, como tantas veces hemos repetido. Monologuista repetitivo y con luz propia (“Quien no tiene luz propia tiene mala sombra”). Su premio fue doble, pues no solamente se llevó el botín sino que también cambió su vida. Al principio adiviné un drama tras su rostro entristecido, y con el trascurrir de los días vi aflorar la sonrisa que enterraba el drama de un amor perdido pero no olvidado.

La penúltima marca es indeleble. Apareció de repente Indhira Kalvani. Lo hizo cuando puso sus gónadas encima de la mesa y demostró que no era nada pava. Discutía, quería, follaba, discutía, quería y volvía a follar. ¿Se puede pedir más? En medio de tanta simulación nos atrapó por ser tan de verdad. Hans la comparó con las mujeres del neorrealismo italiano de los años 60. Mujeres de cine con personalidad y fortaleza, que defienden con coraje aquello en lo que creen. También tuvo algo de ‘Locura de amor’, lo que la convirtió en un peligro vaso en mano. Nadie dio tanto por tan poco.

La marca número doce no refleja bien el perfil de la portadora de ese vaso. Para hacerlo debería ser estridente y hasta molesta. Terry Willis consiguió un imposible. Es el único caso de concursante que aún obligando a apagar el audio por no aguantarla al final conseguía que volviera a desear verla. No fue su estridencia lo que dejó marca, sino la mezcla de agua, cemento y grava para construir uniones fuertes como el hormigón entre algunos concursantes. Además, para dar rigidez a la mezcla, introdujo un componente nuevo que se llama lealtad.

Y el borrón representa a los concursantes egoístas, listillos y quejicosos. Los que no entienden que están expuestos a la crítica. Los que se creen capaces de engañar a todos durante todo el tiempo. Los confiados en su (más o menos cierta) historia de amor. Los ‘elegidos’, los impostores, los necios, los aprovechados, los tramposos, los que solo desean hacerse un hueco en un mundo tan falso como absurdo de polémicas televisivas sin fin (y sin sentido). Los que se equivocan de programa. Los prescindibles. Los que se ciscan en Gran Hermano. A estos no les invito a levantar su copa, pero sí brindo con todos los demás.

Termino rápido con alguna cosa suelta. La temporada de carteles de cine tuneados queda abierta con este ‘Viernes 12+1′ tan oportuno. Sin ellos me faltaría algo. Hay una cosa que sé y otra que imagino. No puedo contar la primera, pero es muy buena. Tampoco me atrevo a aventurar la segunda, pero si es lo que pienso no está nada mal. Seguro que muchos imagináis algo parecido después de haber leído lo escrito por Mercedes Milá en su bolo: “Los que alguna vez deseasteis entrar en nuestra casa de Guadalix de la Sierra estad muy atentos a los pasos que yo vaya dando”. No se me ocurriría dejar de seguir tus pasos, Mercedes.

Viernes 12+1

POR MONTSE JUANILLA

16 diciembre 2011 a las 9:12 por elgato

Todos en hilera

"¿No me estarás mintiendo?"Me preguntaban hace días si estaba preparado para lo de dar la vuelta. Contesté, con placer, que andaba haciendo el pino puente en horas libres. Pero mi mente estaba ya en otra cosa. Lo está desde hace días. Tuve sensaciones diversas ante la campaña de publicidad que ocultaba referirse a nuestro programa (nuestro vicio, poco secreto), pero no logró burlar la intuición de los más fieles (algunos de ellos, al menos).

Estaba bien si se refería a darle la vuelta a nuestras vidas, pues eso supone Gran Hermano para muchos. No me gustaba tanto si suponía algún tipo de rectificación respecto a unas últimas ediciones que nos lo hicieron pasar muy bien, regalándonos momentos insuperables. Esa final con Iván Madrazo, llena de emociones incontenibles; la autenticidad de Indhira (y ese vaso de agua, ¡qué fatiga!); o tantos otros.

Y es que este programa nos cambia la vida a muchos, empezando por sus concursantes. Es un tópico (moderno), pero no deja de ser cierto que les ha de cambiar la vida a quienes tienen la generosidad de entregar unos meses de su existencia a la observación pública, en diferente medida según los casos. Pero me van a perdonar que no hable en este caso de los concursantes sino de nosotros, simples espectadores. Muchos abandonamos la lectura u otros hábitos cotidianos. Reducimos nuestra vida social, los temas de conversación y hasta las benditas horas de sueño. Es verdad que, de alguna forma, le damos la vuelta a nuestras vidas.

Lo que no me gustaba era la lectura que se podía hacer (y me consta que se ha hecho) de una cierta rectificación. Pensé en ese niño travieso presionado por sus padres para decir que está dispuesto a cambiar, convencido de la necesidad de darle la vuelta a todo. Y no hay razón, de veras que no la hay. Algunos han hablado de vuelta a los orígenes, pues vale. No seré yo quien muestre reticencia alguna a ello. Pero conste en acta que si los orígenes son la segunda edición frente a la décima, me quedo con esta última. Y con la novena, la séptima y la sexta. En fin… incluso con la octava. Sí señor, también con esa y posiblemente todas las demás.

Tengo dicho que ni en los orígenes hubo tanta inocente candidez ni luego tanta corrupción del auténtico espíritu del programa, evocado casi como un mantra sin que se haya dignado nunca aparecer. Con este espíritu no se atreve ni Anne Germain. En definitiva, la clave, la enorme y consabida clave, está en el casting. Esto ha sido siempre así, y así lo seguirá siendo. Aunque nunca sepamos quien convencerá a la mayoría, mucho menos quién nos terminará enamorando, si es que se da el caso. E igual puede serlo una gran aficionada al formato, como Judit Iglesias (una de las nuestras), o alguien que apenas conocía de qué iba esto unos meses antes, como Pepe Herrero (señor de los récords).

Al final, he terminado pensando que un eslogan no es más que eso. Cumple su fin publicitario y, en este caso, nos ha sacado del letargo para que volviéramos a hablar de Gran Hermano. Eso sí, hasta que no escuchemos la sintonía de siempre en una de las ‘promos’ que vendrán no sentiremos ese vuelco tan especial. Ahí sí que nos dará la vuelta… el estómago. Seguro que más de uno pensará que exagero (o que estamos locos) pero, por fortuna, no creo que pierda el tiempo dejándose caer por este singular rincón.

Ni siquiera se escucha la mítica sintonía en la nueva campaña que estrenó ayer, en exclusiva, la renovada web de esta casa (ha quedado más bonita que un San Luis). Por cierto, esa campaña es la mejor promoción que recuerdo de este programa. Da igual de dónde proceda la idea. Es una promoción fantástica, y hay que felicitar a los responsables de un trabajo tan bueno.

Es la primera de una serie de ‘promos’, en la cual me ha llamado especialmente la atención una pregunta de Mercedes Milá, alma máter del programa, a esa voz del Gran Hermano. “¿No me estarás mintiendo?”, inquiere con desconfianza la presentadora. La respuesta es confusa. Como ha de ser.

En definitiva, todos estamos donde debemos. Y más que vamos a estar. Los concursantes se deberán mostrar como son en realidad, porque en caso contrario les vamos a descubrir. El programa nos debe engañar (sobre todo a ellos), jugando un poco con todos e invitándonos a su juego. Y nosotros, como espectadores forofos, haciendo de nuevo hilera delante de un nuevo estreno de nuestro programa querido.

Me contaba mi amigo Miguel Ángel que cuando vivía en casa de sus padres solían tener un jamón en la cocina. Habitaban una casa baja de un barrio modesto, y la llegada de cada jamón traía siempre el mismo fenómeno consigo. Un par de horas después de colocada la pieza en el jamonero, del exterior de la casa (no sabían bien cómo ni por dónde) entraba un batallón de hormigas. Hacían fila ordenada atravesando transversalmente la cocina y, llegado a la vertical del jamón subían por el mueble camino de su encimera.

Superando la escalada por esa vertical que deja en un juego de niños las gestas del gran Jesús Calleja, las hormigas llegaban hasta la encimera, a apenas unos centímetros de la preciada pata, alimento casi sagrado en media España y también para la otra mitad. A diferencia de estos insectos anhelantes de degustar su pequeña cuota parte de jamón, los espectadores de Gran Hermano nos paramos a esos escasos tres metros que suele separar nuestro sofá del aparato de televisión, o los sesenta centímetros a los que se encuentra la pantalla de nuestro ordenador.

Y ya lo creo que nos paramos, tanto que nos cuesta separarnos unos meses después. Somos dichosos porque nadie impide nuestra aventura, al contrario de lo que mi amigo hace con esa hilera que siempre se forma ante el jamón en su cocina. Nosotros somos igualmente legión, pero hasta ahora no apareció valiente que nos haya dejado sin nuestro objeto de deseo. Por eso no rompemos las filas, y cada año volvemos a hacer formación, todos en hilera, esperando a que llegue (una vez más) Gran Hermano.

Inevitablemente, es parte de este proceso desear saber el misterio que nos trae una nueva edición (“nunca sabré qué misterio nos trae esta noche”, cantaba Gloria Lasso en ‘Luna de miel’), pero en semejante medida preferimos no enterarnos para participar de la sorpresa inigualable de esa noche de estreno. Sospecho que no me dejarán decir la fecha de esta vez (ni lo he preguntado), pero he de decir que está muy cerca (mucho, mucho). Estoy seguro de que muchos no me creerán si digo una vez más que no tengo ni idea de cuáles serán esas sorpresas, pero esto es así.

Una sola casa, vuelta a lo básico, pocos concursantes, más humor y menos conflictos… son cosas que he leído por ahí. Puede ser, aunque para sorprender yo diría lo contrario de lo previsto para terminar de despistar al personal. Eso sí, ni una broma en lo del anonimato de los concursantes. Tranquiliza saber que serán todos anónimos de verdad. Eso sí que es volver a los orígenes.

Las redes sociales, a las que tanta atención (merecida) estamos prestando, han sido un clamor pidiendo concursantes anónimos. Temimos que quien tiene el poder de decidir sobre esto se dejara deslumbrar por otros formatos triunfadores gracias a algunas figuras de relumbrón, familiares y/o progenitores incluidos. Incluso nos echamos a temblar (con disimulo) cuando supimos de quien estaba hablando sobre su posible concurso en esta edición, ya fuera extronista (¿esto vale para ponerlo de profesión en el DNI?) o efímera Miss con novio famoso. Ya más tranquilo, pienso que eran tan solo rumores sin fundamento.

Por eso, a esta hora en que posiblemente hay todavía una cuarentena de aspirantes sin confirmación definitiva de los elegidos, esta será mi única petición de este año. Nada de exnovios de famosas, ni gente acostumbrada a trabajar en televisión. Hay decenas de programas donde posiblemente encajen, pero nunca en este. Paso de pedir buen tratamiento en pantalla para resúmenes, directos y demás. Apenas media línea para pedir menos ‘chonis’ y ‘quillos’. Con que no sean famosos me conformo.

En definitiva, ya no queda nada para que esto comience. Eso es lo importante. A partir de ahora y hasta esa fecha secreta que no podemos tardar en (dar a) conocer, nos veremos por aquí. Por mi parte, iré desengrasando la máquina, comprobando que las páginas fluyen como debieran, con parecido ritmo al de las ideas. No sé si es bueno o malo, pero estoy tan agitado (por no decir nervioso) como siempre ante este reto. Quiero pensar que es bueno.

No puedo dejarme una cosa en el tintero de este primer escrito de la temporada. Sabíamos que el número comprendido entre el doce y el catorce no estaría en los guarismos de Gran Hermano. Una de las apuestas más repetidas era el 12+1 elegido finalmente, aunque no fue la mía. Y ahora pensando… imagino que ese uno puede ser más importante que el doce. Esto no es una información ni nada parecido. Tan solo se trata de una corazonada. En el uno puede estar la clave. No sé… ya me estoy liando. ¡Qué nervios!