9 junio 2011 a las 6:11 por elsuperviviente19

El Superviviente 19: Especial Terror

Por primera vez, El Superviviente 19 se pasa a la ficción. El siguiente escrito es un relatillo de terror ambientado en el lugar donde vive el equipo de Supervivientes. Como los especiales de Halloween de Los Simpsons. Es la forma de celebrar que hoy se publica mi primera novela: ‘El Aviso‘.

 

Primero se fue la luz de mi cuarto. Después el aire acondicionado dejó de funcionar. A tientas, coloqué el libro que estaba leyendo sobre la mesilla. La luz verde que brilla durante la noche en el televisor, indicando su estado de reposo, se apagó también. Permaneció flotando en el aire unos segundos, como si fuera el fantasma de la pequeña bombilla.

Cuando abrí la puerta para asomarme al pasillo, el ruido de las bisagras pudo haberlo emitido alguno de mis músculos. Pronuncié el nombre de mi compañero. Lo hice con entonación interrogante. Y, como me temía, no hubo respuesta. Tampoco distinguí ningún relieve bajo las sábanas de su cama. No estaba.

Fue entonces cuando escuché el ruido al otro lado de su ventana, tras las cortinas. Clic, clic, clic. Tardé en identificarlo. Era una uña golpeando contra el cristal. Primero lo hizo suavemente: tres toques, y varios segundos de silencio. Otros dos toques y más silencio. Pero enseguida la llamada se hizo más intensa. Oí las uñas golpear y arañar la superficie del cristal con urgencia. Me acerqué, sintiendo en las plantas de los pies el frío del suelo. Cuando abrí las cortinas, descubrí el rostro de mi compañero al otro lado del cristal. Tenía los ojos muy abiertos, pero miraban a algún lugar más allá de mí, como si no pudiera verme.

Toqué el cristal con un dedo para hacerle entender que estaba allí, al otro lado de la ventana. Él ladeó la cabeza al escucharme. Entornó los ojos. Se llevó un dedo a los labios, indicándome que permaneciera callado. Entonces abrió la boca y empezó a empañar el cristal con vaho. Cuando hubo llenado uno de los cuadrantes de la ventana, extendió un dedo y escribió: “No salgas”.

Después miró a ambos lados y salió corriendo. El resplandor de la luna en cuarto menguante apenas me permitió seguirle con la mirada los primeros pasos. Me quedé allí de pie sin saber qué hacer. Fue cuando escuché los golpes en la puerta. Sentí una única gota de sudor recorrer toda mi columna vertebral.

Más golpes. Miré las palabras que acaba de escribir mi compañero en el cristal. No salgas. Las había escrito al revés, para que yo pudiera leerlas. Ahora empezaban a evaporarse y desaparecer. Pegué la cara a la ventana, con las manos sobre la frente, alrededor de los ojos, en forma de visor. La oscuridad era total. Apenas distinguía la silueta de las casas vecinas. Ninguna de las lámparas modeladas con el motivo SV estaba encendida.

Otro golpe contra la puerta. Separé la cara de la ventana y me di la vuelta. Los tres golpes que hubo a continuación siguieron el ritmo de mi corazón. Lo oía latir en mis oídos. Lo notaba palpitar en la nuca. Giré el cuello para mirar el mensaje de vaho. Había desaparecido completamente. Avancé en dirección a la puerta.

Aún hubo dos golpes más en mi camino hasta ella. La oscuridad en el salón era total. Tan sólo una línea de luz se colaba por debajo de la puerta. Una línea que se interrumpía en dos ocasiones. Dos trazos de sombra en aquel haz luminoso. La sombra de dos pies.

−¿Quién eres? −pregunté. La voz me patinó en la garganta al pronunciar la primera sílaba.

No hubo respuesta al otro lado de la puerta.

−¿Qué qui… −quise preguntar otra vez, pero un fuerte golpe contra la puerta interrumpió mis palabras.

Me quedé en silencio. Escuchando. Entonces identifiqué una respiración. Y después una risa. Una risa nasal, emitida con la boca cerrada. La risa satisfecha de quien se sabe ganador. La que emite un jugador de póquer cuando descubre tres ases entre sus cartas. Las manos se me quedaron frías.

Acerqué la cara a la puerta y pegué la oreja con una palma extendida sobre la superficie de la madera. Con la otra, convertida en puño, agarré el pomo con fuerza.  Oí la respiración desconocida al otro lado. Yo mismo dejé de respirar para escuchar mejor.

Fue entonces cuando algo atravesó la madera. Salté hacia atrás en cuanto sentí el frío del metal acariciarme la oreja. Un brillo plateado dibujó el filo de la hoja en medio de aquella oscuridad. Entonces sentí una presión desconocida en el pecho. Porque reconocí aquel arma enseguida. La había visto mil veces partiendo cocos en la isla. Era el machete de los concursantes. ¿Quién estaba al otro lado?

Abrí y cerré las manos varias veces decidiendo qué hacer. Era incapaz de pensar en nada. El machete fue desapareciendo de la madera. Lo hizo emitiendo un sonido similar al de una lija. Miré a las dos ventanas que había a ambos lados de la puerta. Recordé las palabras que había escrito el guionista. No salgas.

Entonces escuché el estruendo. Los ojos se me cerraron involuntariamente. Sentí los pedacitos de cristal golpeándome las piernas. Los brazos. La cara. Una ráfaga del cálido aire tropical envolvió mi cuerpo. Quien estuviera fuera había roto la ventana. Después se escuchó un golpe seco. Y noté un ligero temblor en el suelo. Cuando logré despegar los párpados, descubrí un nuevo bulto en el interior del salón. Era un cuerpo. Reconocí las chanclas con la bandera de Honduras de mi compañero. Me arrodillé para asistirle, pero los pies me resbalaron en un charco espeso que se había formado junto a su cuello. Caí al suelo.

Entonces di un salto en mi silla. El clásico espasmo del viajero que se queda dormido con el traqueteo del autobús. Parpadeé varias veces antes de entender qué estaba ocurriendo. Frente a mí, el monitor de la sala de visionado emitía la gala de Supervivientes. Varios compañeros esperaban impacientemente el nombre del expulsado de la semana. Traté de disimular el espasmo espantando un mosquito imaginario de un manotazo a mi pierna. Una de las guionistas se giró al ver mi movimiento. Arrugó el entrecejo y elevó el mentón, extrañada. Le quité importancia al hecho sacudiendo una mano delante de mi cara. Después me froté los ojos para despertar del todo. Miré por la ventana a las palmeras del exterior. Mis compañeros aplaudieron al conocer el expulsado. Yo aún me encontraba bajo los efectos de aquel sueño inesperado.

Cuando llegó el corte de publicidad, el público de la sala al completo abandonó la estancia. Era el momento de bajar a por un helado. Me quedé allí solo, imaginando quién podía ser el dueño del machete al otro lado de la puerta. ¿Y si no era una hombre? Ya no recordaba el timbre de la voz que había escuchado en la pesadilla. De repente, los rostros de los concursantes, que me observaban desde la pared en sus fotos oficiales, me produjeron escalofríos. Sacudí la cabeza y chasqueé la lengua. Decidí bajar con todos los demás a la tienda de recepción.

Pero justo antes de salir de la sala, escuché un ruido a mis espaldas. Clic, clic, clic. Una gota de sudor similar a la de la pesadilla recorrió mi columna. Era el ruido que hace una uña al golpear contra un cristal. Dudé durante unos segundos si girarme o no. Al final lo hice.

En la ventana, escritas con un dedo en una nube de vaho, descubrí dos palabras: “No salgas”.

 

8 junio 2011 a las 8:03 por elsuperviviente19

Las tribus de Supervivientes: los Pies Negros y los Plantas Blancas

Hace unos días, en el comedor, me encontré en el lugar donde nos servimos las bebidas con uno de los cámaras del equipo. Mientras debatíamos sobre si estaba más rica la limonada o el té helado que nos ofrecía nuestra típica fuente de refrescos hotelera, observé un importante detalle: el cámara iba descalzo. “¿Qué pasa, has perdido las chanclas?”, le pregunté. Él me miró, se rió con cierto sarcasmo y me contestó: “qué va, es que no me las pongo en todo el día”. Si supiera levantar una única ceja, lo habría hecho en aquel momento. Porque es el gesto perfecto para insinuar incredulidad.

Y aunque no levanté la ceja, si debí poner cara de esto-no-me-lo-creo-yo porque, al instante, el cámara levantó el pie para mostrarme la planta. He visto alquitrán menos negro y consistente en autopistas de África que la capa de suciedad de los pies de aquí el amigo:

“Que sí, que sí: que salgo de casa, voy al cayo, vuelvo y me paseo por el hotel completamente descalzo”, me insistió. Y, claro, mirando fijamente a aquella planta ennegrecida por cientos de pasos dados sobre el asfalto de los caminos de nuestra urbanización, sobre la arena de la playa, sobre la madera húmeda de la barca, el coral de Cayo Paloma y las baldosas del comedor, terminé por creerlo.

Un editor, que andaba por allí y escuchó nuestra conversación, nos mostró también la planta de su pie para evidenciar el contraste:


Completamente blanco. Viendo esos dos pies nos quedó más patente que nunca una de las diferencias fundamentales entre los miembros del equipo de Supervivientes. Nuestro lugar de trabajo. Por un lado están quienes trabajan en los cayos: redactores, cámaras, sonidistas, producción de playa y demás. Y, por otro lado, quienes trabajamos en el hotel: guionistas, minutadores, editores…

Dicho de otra forma, en plan tribal, podemos establecer que en Supervivientes convivimos dos castas: los Pies Negros y los Plantas Blancas. Por suerte lo hacemos en paz y armonía. De momento no hay noticias de canibalismo ni se sabe de ningún redactor que haya cocinado en una olla a ningún guionista. Aunque, quién sabe, lo mismo algún día…

Si Félix Rodríguez de la Fuente hiciera un documental sobre nosotros, podría decir algo como: el guionista común, Guionistus magnoliatis, es un animal de costumbres, que gusta de los espacios sombríos y las temperaturas frescas. Agazapado en su sala de edición, espera a que llegue el momento de salir en busca de alimento para él y su manada. Sigiloso, se dirige al comedor haciendo uso de su afinado olfato en dirección a la fuente de espaguetis boloñesa.

Y seguiría: su compañero de hábitat, el redactor ibérico, Redactius redactio, puede aparecer en estampida en cualquier momento. Animal gregario, tiende a alimentarse en grupo y se desplaza en forma de manada hacia el comedor. Hambriento tras su jornada laboral en los Cayos Cochinos, el feroz animal se mueve con destreza entre las mesas alimentándose cual depredador de todo cuanto encuentre a su alcance.

Pero vuelvo a hacer un llamamiento a la calma. Esto es sólo una recreación: los Pies Negros no se alimentan de los Plantas Blancas. Me alegra, porque todos sabemos a qué tribu pertenezco yo:

Y lo mejor de todo es que todos estamos contentos con nuestra forma de vivir la experiencia Supervivientes. Si le preguntas a un redactor si no preferiría trabajar sin tener que meterse en el agua hasta la cintura, o si le preguntas a un cámara si querría  quedarse en el hotel y no tener que ponerse calcetines a modo de guante para evitar las picaduras de los mosquitos mientras graba, ambos te contestaran que no. Y lo tienen claro. Algo de reporteros de guerra deben esconder en su interior porque a ellos les gusta estar en plena batalla. En la zona cero de Supervivientes. Disfrutan viendo cómo el reality se desarrolla a un metro de ellos. Y es lógico: se trata de un privilegio al alcance de unos pocos elegidos.

Volviendo al comedor aquel día, debo reconocer que sentí un poco de envidia al pensar que mi compañero llevaba todo un día sin calzarse. Por mucho que yo sólo lleve chanclas desde hace un mes y medio. De repente, me pareció un símbolo de libertad increíble. ¡Veinticuatro horas sin la esclavitud del zapato! ¿En qué trabajo se puede hacer eso? Creo que el cámara debió imaginar lo que estaba pensando porque me dijo: “tú podrías hacerlo cuando quisieras”.

Y tiene razón. Creo que nunca más tendré la oportunidad de poder cumplir con mis obligaciones laborales sin tener que ponerme unos zapatos. Algo que sí puedo hacer aquí. Así que me he tomado las palabras del cámara como un desafío y, al estilo de Samantha Villar, voy a experimentar lo que es estar veinticuatro horas descalzo. Asistiendo a reuniones, editando el resumen y todo lo que sea necesario. Y, como es lógico, lo contaré, próximamente, en el blog.

[ATENCIÓN: Mañana jueves, actualización especial en El Superviviente 19 con motivo del lanzamiento de mi novela, ‘El Aviso’. Supervivientes se volverá... terrorífico]


23 mayo 2011 a las 8:05 por elsuperviviente19

En ocasiones veo el logo de Supervivientes

Alcanzando los datos de audiencia que estamos alcanzando, desde aquí suponemos que la población española debe andar bastante obsesionada con todo lo que acontece en esta edición de Supervivientes. Hacía mucho tiempo que un reality no lograba superar el 25% de share como si tal cosa. Y en repetidas ocasiones. Aprovecho para extender una sincera enhorabuena a todos mis compañeros (tanto los que están aquí como los que trabajan en Madrid), por este éxito tan tremendo.

Pero por muy grande que sea la obsesión de los telespectadores con el programa, puedo asegurar, y aseguro, que no será tan grande como la que acusamos aquí los propios trabajadores. Conviviendo las veinticuatro horas del día con el equipo, el concepto ‘desconectar del trabajo’ se complica un poco. Es inevitable: vayas donde vayas, vayas con quien vayas, en algún momento la conversación virará inexorablemente hacia los contenidos del programa.

Ya puedes estar en una poza paradisíaca lanzándote al vacío sobre aguas cristalinas, que al sacar la cabeza del agua tras el chapuzón, tu compañero dirá: “has caído peor que Sonia”. Y ya la hemos liado: “Por cierto, ¿sabes que Sonia está en plan Aída y se ha hecho su propia cabaña?”, dirá a continuación.  “¿Sí?”, preguntas tú escupiendo una hoja seca mientras te arrastra la corriente de la catarata. “Sí, porque resulta que Tony y ella….”. No hace falta más. Los quince minutos de conversación sobre el programa no te los quita nadie.

Y esto es así todo el tiempo. Porque  no hay un solo minuto en que no se produzcan novedades. Mientras estás en la barra del comedor sirviéndote los deliciosos espaguetis a la boloñesa que hace nuestro cocinero, un cámara nocturno se te acerca y te cuenta que Tony y Montalvo tuvieron una bronca gordísima en el cayo. De camino a la mesa, con la montaña de espaguetis sobre el plato, un compañero guionista comenta que Tony ha dicho en confesionario que el míster llevaba un machete. Mientras enrollas espaguetis en un aspersor de tomate que te arruina la camiseta blanca (ya me ha pasado dos veces), la psicóloga comenta su opinión sobre las imágenes. Y, cuando apuras el último trozo de carne picada del plato, la minutadora te da hasta los códigos de tiempo en los que ocurrió la bronca. Total, que al final te levantas a por un poco de piña para el postre preguntándote: “¿yo venía a comer o a una reunión de contenidos?”.

Tal es el nivel de obsesión con el programa que uno ya no sabe si está perdiendo la chaveta. Como me pasó a mí el otro día. Resulta que nuestras casitas de Perdidos tienen en el baño una ventana que está justo a la altura de los ojos cuando uno se pone de pie a hacer eso que los chicos pueden hacer de pie y las chicas no. Por esa ventana lo único que se ve son las paredes de las casas vecinas y sus lamparitas exteriores.

Pues bien, de repente, empecé a ver el logo de Supervivientes por todas partes. Miraba a un lado y veía ‘SV’. Miraba un poco más allá, y veía ‘SV’. Giraba un poco el cuello y volvía a ver ‘SV’. Si los ‘SV’ fueran pájaros, en ese momento yo estaba en una película de Hitchcock. Aterrorizado por la idea de haber perdido definitivamente el juicio, me dieron ganas de meterme en la cama, taparme con la sábana, e imitar al niño de El Sexto Sentido diciendo: “en ocasiones veo el logo de supervivientes”.

Pero no. Fui fuerte y me enfrenté a mis temores. Salí de casa. Si hubiera tenido una escopeta la habría cogido. Y si existiera un interruptor a tal efecto, lo habría accionado para poner la realidad en blanco y negro. Necesitaba comprobar si aquello que estaba viendo era real. Y, por suerte, lo era:

Son las lámparas de cerámica de nuestras casas. Hay seis en cada una. Como para no obsesionarse. Porque son una S y una V. Sin ninguna duda. Se ve claramente, ¿no? ¿No? Estoy cuerdo, ¿verdad?

Y lo fuerte del asunto es que la cosa no terminó ahí. Al día siguiente me tocaba poner la lavadora. Y descubrí que aún no había lavado el pantalón vaquero con el que hice el viaje de venida. Normal, cualquiera se pone aquí un vaquero. Sólo mirarlo e imaginar tanto abrigo sobre las piernas con este calor, hace que uno se ponga a sudar. Aún así hay compañeros que se los ponen. Ayer precisamente le preguntaba a un redactor cómo era capaz de llevar un vaquero con la que está cayendo. “Es para que no me piquen los mosquitos”, me explicó. Oído cocina. El caso es que estaba poniendo yo esa lavadora cuando, de repente, me encuentro con esto:

Vale que se trata de una marca muy común de una cadena de tiendas española muy conocida, pero… ¿y cómo es que no me había dado cuenta de ello hasta ahora? ¿No son ya demasiadas casualidades? ¿Somos realmente víctimas de una obsesión? ¿O es que hay algo más? ¿Cómo sabía quien cosiera esa etiqueta que yo era El Superviviente 19? ¿Cómo podía saber el artesano que diseño las lámparas de cerámica que muchos años después se grabaría en este lugar un programa cuyo logo se asemejaría tanto a las figuras que él había diseñado caprichosamente mucho tiempo antes? ¿Qué clase de misterio se esconde detrás de todo esto? ¿Y qué pintan estas dos lechuzas en el jardín de una de las villas?:

A ver si al final lo de que estas casas se parezcan tanto al poblado de Perdidos no va a ser casualidad… Chan. Chan. Seguiré investigando.