7 julio 2011 a las 7:32 por elsuperviviente19

Ya va siendo hora de tener un favorito

Igual que ocurrió el año pasado, son ya varios los comentarios que he leído en el blog preguntándome si tengo algún concursante favorito. En la edición anterior, yo mismo encendí la mecha publicando una foto con las caras pixeladas de los concursantes en la que uno de esos rostros estaba rodeado por un corazón. Era el rostro de mi favorita, cuyo nombre no llegué a desvelar del todo hasta el mismo día en que se emitió la final.

Más que nada por precaución y para evitar los clásicos comentarios sobre favoritismos en el programa. De hecho, cuando finalmente confesé mi favorita, cuando ya no había posibilidad de influir en ninguna votación ni opinión que afectara al desarrollo del concurso -algo que dudo que consiga un humilde blog como éste-,  aún así lo dejé caer en formato de adivinanza.  Por si las moscas. Que la discreción siempre es un punto a favor.

Pero claro que tengo favoritos. Creo que debe ser muy difícil estar siguiendo la vida de estos concursantes, verles actuar, opinar, reír, llorar, juzgar, malmeter, ayudar o manipular, y conseguir mantener una opinión aséptica de cada uno de ellos. Además de ser guionista del programa soy espectador y, como tal, no puedo evitar sentir simpatías y antipatías hacia uno u otro. Y menos mal. Creo que si no viviera el programa como un espectador más, al final terminaría aburrido de pasarme tres meses resumiendo la vida de unos concursantes que ni me van ni me vienen.  Que jugar a La Ceiba Express y a permanecer un día entero descalzo es muy divertido, pero donde paso la mayor parte de mi tiempo es en una reunión o una sala de edición. En las que, desde el primer día, tenemos la cara de todos los concursantes, aunque las vemos desaparecer cada semana que pasa. Así lucía hace mucho tiempo:

Por suerte, me sorprendo como cualquiera al ver que  Arturo y Tony parecen entenderse mejor de lo que ellos mismos imaginaron en un principio. Asisto asombrado al cambio de dinámica en el grupo ahora que algunos creen haber desenmascarado a Rosa. Me río si Sonia le tira un vaso de isotónico a Tony. Y me emocioné como todo el mundo con aquella llamada entre Carolina y sus fabulosos padres.

Yo me entero de todo lo que ocurre antes que los espectadores del programa, pero la experiencia es la misma: para mí, cada reunión de contenidos en la que los redactores cuentan lo que ha pasado en la playa, es como sentarme en el salón de casa, sintonizar La Siete, y ver el resumen diario. El programa que yo veo en las reuniones dura más, claro, pero porque allí se cuenta hasta el número de almendras que ha comido cada uno. El equipo de los cayos no pierde detalle y nosotros necesitamos tener toda la información.  Que es mucha.

Luego mis compañeros guionistas y yo nos reunimos para seleccionar lo que finalmente se emitirá. Nos reunimos en una gruta a la que se accede atravesando una puerta secreta de madera, y  que sólo se abre al girar una antorcha en la pared recitando al aire las palabras mágicas Leuqar Zehcnas Avlis. Qué va. Eso es lo que me gustaría a mí. En realidad nos reunimos en una de nuestras habitaciones de hotel mondas y lirondas.

Lo que tenemos que conseguir es que las tramas y actitudes que definen realmente a cada uno de los concursantes queden perfectamente plasmadas en los resúmenes diarios y las galas. Y ahí lógicamente no puede influir cuál sea mi favorito, ni el de mis compañeros guionistas, ni el del cámara que grabó al concursante diciendo tal cosa, ni el de la redactora que nos los contó en la reunión. Los concursantes se definen a sí mismos con lo que hacen y lo que dicen, y así es como luego se les ve por la tele.

Ahí nosotros no tenemos ninguna mano. Contamos las cosas tal y como pasan, y en el orden cronológico en el que ocurren. Nuestra edición se limita a cortar lo superfluo, ahorrar al espectador las tres horas de pesca infructuosa, y quedarnos  con lo bueno. Desde un anochecer hasta el siguiente anochecer, y vuelta a empezar.

Lo que conseguimos con el tipo de edición que utilizamos en Supervivientes es que, si yo tengo un concursante favorito, lo será por las mismas razones por las que pueda ser el favorito de cualquiera que haya seguido el programa desde España. Porque, en lo fundamental, habremos visto lo mismo.

Eso sí, luego los cuatro guionistas que hacemos el resumen diario nos tomamos nuestros zumos mañaneros opinando sobre todo lo que ocurrió en el programa que nosotros mismos montamos ayer. Y comentamos lo bien que nos cae ésta, lo mal que se comportó el otro, lo inesperada que fue la contestación de la otra… Entre nuestras prácticas se incluyen también las porras sobre quién será el próximo expulsado o los vaticinios sobre cuánto durará la nueva amistad entre dos concursantes.

Vale, muy bonito todo, pero… después de tanto rollo, ¿cuál es mi favorito? Pues curiosamente, el año pasado tenía bastante claro quién era mi preferida, y lo apostaba todo a una. Este año mis amores están más repartidos y son al menos tres los concursantes que vería como dignos ganadores del concurso. Ya decidiré si ir soltando pistas más adelante sobre su identidad. Aunque casi prefiero esperar, a ver si logro hacer mi propia criba definitiva y llegar a la semana final con un solo nombre en mente. Que en realiadd me gusta mucho más lo de casarme con alguien y defenderlo  a muerte sobre todos los demás. Digamos que prefiero ser monógamo de favorito, y ahora practico una poligamia que me tiene un poco confundido.

 

30 junio 2011 a las 7:24 por elsuperviviente19

Todo un día descalzo (2ª parte)

Al final llegué a la reunión sin quemaduras ni mordeduras de bichejos. Al contrario de lo que ocurriría en cualquier trabajo convencional, ni al Director ni al Subdirector ni a nadie en aquella sala le sorprendió lo más mínimo que apareciera descalzo. De hecho, nadie lo notó:


Es lógico: estamos acostumbrados a tener presentes redactores empapados hasta el tuétano o llenos de arena hasta las cejas. Creo que estamos en un punto en el que una redactora podría contarnos lo ocurrido con los concursantes llevando gafas de bucear y apuntaríamos los códigos de tiempo sin pestañear. Sin ir más lejos, hoy han aparecido en el comedor dos compañeros completamente empapados. Cuándo les hemos preguntado qué les había pasado, nos han dicho: “se nos ha volcado el cayuco volviendo de Laguna Cacao”. Y a todos nos ha parecido lo más normal del mundo.

Terminada la reunión, el resto de mi jornada laboral iba a transcurrir sobre los suelos pulidos de nuestras salas de edición. Lejos del sol abrasador y las escolopendras (por cierto, gracias al lector que me corrigió: en efecto, el nombre correcto es escolopendra, y no escalopendra). No puedo presumir de haber permanecido descalzo durante horas editando el resumen diario porque apenas tiene mérito. Bueno, tendría uno, pero no lo logré. Y es que el verdadero mérito de estar unas seis horas descalzo en una sala de edición con el aire acondicionado a todo trapo sería no acabar resfriado. Y yo lo estoy. Que no digan que no me sacrifico por el blog. Porque parecerá que no, pero la suela de goma de una buena chancla aísla más de lo que creemos. Si no, no se explica que haya sobrevivido durante dos meses inmune a las temperaturas árticas de nuestras salas de Avid y haya caído justo tras el experimento de ir descalzo por la vida.

Más mérito tuvo sin embargo la obligada excursión al comedor. En dos ocasiones. A comer y cenar. Hasta que uno no se pasea descalzo por la estancia donde decenas de personas se alimentan de un buffet libre, no descubre el fascinante mundo de texturas que se dibujan en su suelo. En la zona de las bebidas, que tenemos uno de esos dispensadores en plan cine con refrescos de grifo a tutiplén, te vas quedando pegado y haciendo un ruido como chlac chlac.

Donde se coge el pan, sientes como si pequeños cristalillos se te clavaran en el talón y los dedos: y no son otra cosa que migajas. Luego ya en el carril general de platos principales lo mismo pisas un fresco y liso trozo de lechuga, que sientes algo viscoso entre los dedos: un salpicón de mayonesa de la ensaladilla rusa que nos prepara nuestro cocinero. Al final mis pies se enteraban de qué había en la siguiente bandeja antes de que yo mirara. Y creo que si cultivara el arte de pasear descalzo por el comedor, en un par de semanas podría dar una vuelta con los ojos cerrados y decir de carrerilla el menú que se ofrece.

En el fondo yo me iba alegrando de ir encontrando suciedades. Porque con cada nuevo elemento que pisaba sabía que ensuciaba aún más mis plantas y me acercaba a mi nueva denominación de Pie Negro. Que era el objetivo del día.

Sin embargo, la vida me dio una lección: y es que cada uno es como es y no puede luchar contra su propia naturaleza. Como en la fábula de la rana y el escorpión. En esa fábula, un escorpión pide a una rana que le ayude a cruzar un río. La rana, desconfiada, se niega porque teme que el escorpión le pique con su aguijón, a lo que el escorpión contesta que no tendría sentido hacerlo porque entonces se ahogarían los dos. La rana accede finalmente y comienzan a cruzar al río. Pero a mitad de camino, el escorpión pica a la rana. “¿Por qué lo has hecho?, vamos a morir los dos”, dice la rana. “No puedo evitarlo, es mi naturaleza”, responde el escorpión.

En mi caso no hubo picaduras de escorpión, pero la conclusión fue la misma. Resulta que en el camino de vuelta a casa, con los pies cansados de tanta novedad y probablemente tan negros como los del cámara que me metió en este lío, empezó a llover. A llover tanto que la calle hasta mi casa se convirtió en un riachuelo. Anda mira, como en la fábula. Era la última aventura que el día guardaba a mis pies. A saber cómo se libraron de ésa las escolopendras. Patas para remar tenían de sobra, eso sí. ¿Qué hice yo? Pues lo que tocaba, que ya que me había embarcado en esta empresa, tenía que defenderla hasta las últimas consecuencias: caminar descalzo con el agua hasta los tobillos. Experiencia que, por cierto, recomiendo a todo el mundo. No hace falta siquiera saltar de farola en farola cantando Singing in the rain. Sólo el hecho de caminar descalzo por una calle cubierta de agua es bastante molón.

¿Y  cuál fue el resultado de tan inesperado baño nocturno? Pues que llegué a casa con los pies casi más limpios que por la mañana. Completamente blancos. Ni todo un día descalzo enfrentado al asfalto caliente, las escolopendras dormilonas, los suelos congelados, los salpicones de mayonesa y los charcos de Coca-Cola había sido suficiente para convertirme en un Pie Negro. Salí de casa siendo un Planta Blanca, y regresé a casa siendo un Planta Blanca. Lo dicho: no se puede luchar contra la propia naturaleza.