8 junio 2011 a las 8:03 por elsuperviviente19

Las tribus de Supervivientes: los Pies Negros y los Plantas Blancas

Hace unos días, en el comedor, me encontré en el lugar donde nos servimos las bebidas con uno de los cámaras del equipo. Mientras debatíamos sobre si estaba más rica la limonada o el té helado que nos ofrecía nuestra típica fuente de refrescos hotelera, observé un importante detalle: el cámara iba descalzo. “¿Qué pasa, has perdido las chanclas?”, le pregunté. Él me miró, se rió con cierto sarcasmo y me contestó: “qué va, es que no me las pongo en todo el día”. Si supiera levantar una única ceja, lo habría hecho en aquel momento. Porque es el gesto perfecto para insinuar incredulidad.

Y aunque no levanté la ceja, si debí poner cara de esto-no-me-lo-creo-yo porque, al instante, el cámara levantó el pie para mostrarme la planta. He visto alquitrán menos negro y consistente en autopistas de África que la capa de suciedad de los pies de aquí el amigo:

“Que sí, que sí: que salgo de casa, voy al cayo, vuelvo y me paseo por el hotel completamente descalzo”, me insistió. Y, claro, mirando fijamente a aquella planta ennegrecida por cientos de pasos dados sobre el asfalto de los caminos de nuestra urbanización, sobre la arena de la playa, sobre la madera húmeda de la barca, el coral de Cayo Paloma y las baldosas del comedor, terminé por creerlo.

Un editor, que andaba por allí y escuchó nuestra conversación, nos mostró también la planta de su pie para evidenciar el contraste:


Completamente blanco. Viendo esos dos pies nos quedó más patente que nunca una de las diferencias fundamentales entre los miembros del equipo de Supervivientes. Nuestro lugar de trabajo. Por un lado están quienes trabajan en los cayos: redactores, cámaras, sonidistas, producción de playa y demás. Y, por otro lado, quienes trabajamos en el hotel: guionistas, minutadores, editores…

Dicho de otra forma, en plan tribal, podemos establecer que en Supervivientes convivimos dos castas: los Pies Negros y los Plantas Blancas. Por suerte lo hacemos en paz y armonía. De momento no hay noticias de canibalismo ni se sabe de ningún redactor que haya cocinado en una olla a ningún guionista. Aunque, quién sabe, lo mismo algún día…

Si Félix Rodríguez de la Fuente hiciera un documental sobre nosotros, podría decir algo como: el guionista común, Guionistus magnoliatis, es un animal de costumbres, que gusta de los espacios sombríos y las temperaturas frescas. Agazapado en su sala de edición, espera a que llegue el momento de salir en busca de alimento para él y su manada. Sigiloso, se dirige al comedor haciendo uso de su afinado olfato en dirección a la fuente de espaguetis boloñesa.

Y seguiría: su compañero de hábitat, el redactor ibérico, Redactius redactio, puede aparecer en estampida en cualquier momento. Animal gregario, tiende a alimentarse en grupo y se desplaza en forma de manada hacia el comedor. Hambriento tras su jornada laboral en los Cayos Cochinos, el feroz animal se mueve con destreza entre las mesas alimentándose cual depredador de todo cuanto encuentre a su alcance.

Pero vuelvo a hacer un llamamiento a la calma. Esto es sólo una recreación: los Pies Negros no se alimentan de los Plantas Blancas. Me alegra, porque todos sabemos a qué tribu pertenezco yo:

Y lo mejor de todo es que todos estamos contentos con nuestra forma de vivir la experiencia Supervivientes. Si le preguntas a un redactor si no preferiría trabajar sin tener que meterse en el agua hasta la cintura, o si le preguntas a un cámara si querría  quedarse en el hotel y no tener que ponerse calcetines a modo de guante para evitar las picaduras de los mosquitos mientras graba, ambos te contestaran que no. Y lo tienen claro. Algo de reporteros de guerra deben esconder en su interior porque a ellos les gusta estar en plena batalla. En la zona cero de Supervivientes. Disfrutan viendo cómo el reality se desarrolla a un metro de ellos. Y es lógico: se trata de un privilegio al alcance de unos pocos elegidos.

Volviendo al comedor aquel día, debo reconocer que sentí un poco de envidia al pensar que mi compañero llevaba todo un día sin calzarse. Por mucho que yo sólo lleve chanclas desde hace un mes y medio. De repente, me pareció un símbolo de libertad increíble. ¡Veinticuatro horas sin la esclavitud del zapato! ¿En qué trabajo se puede hacer eso? Creo que el cámara debió imaginar lo que estaba pensando porque me dijo: “tú podrías hacerlo cuando quisieras”.

Y tiene razón. Creo que nunca más tendré la oportunidad de poder cumplir con mis obligaciones laborales sin tener que ponerme unos zapatos. Algo que sí puedo hacer aquí. Así que me he tomado las palabras del cámara como un desafío y, al estilo de Samantha Villar, voy a experimentar lo que es estar veinticuatro horas descalzo. Asistiendo a reuniones, editando el resumen y todo lo que sea necesario. Y, como es lógico, lo contaré, próximamente, en el blog.

[ATENCIÓN: Mañana jueves, actualización especial en El Superviviente 19 con motivo del lanzamiento de mi novela, ‘El Aviso’. Supervivientes se volverá... terrorífico]


26 mayo 2011 a las 8:35 por elsuperviviente19

Sentado en el muelle con los pies colgando

Existen pocas sensaciones tan veraniegas como la de caminar sobre un muelle de madera escuchando los tablones crujir bajo tus pies descalzos y las olas golpear contra los postes que lo anclan al suelo marino. Y el equipo de Supervivientes tenemos la suerte de poder experimentar esa sensación casi a diario. Vale que no es lo mismo experimentarlo cuando estás de vacaciones que cuando vienes de trabajar después de estar un montón de horas de pie apuntando la retahíla de insultos que Tony Genil suele dedicar a Tamara a razón de doce improperios por segundo, pero se capta la idea.

Y que conste que ese mérito de estar toda una jornada a la intemperie les corresponde al equipo que trabaja directamente en los cayos, y no a mí. Yo, como muchos otros, trabajo en el hotel, en una sala de edición con aire acondicionado. Así que un aplauso para todos esos que trabajan a diario en el lugar donde se origina todo este concurso. En la Zona Cero de Supervivientes. Precisamente el otro día, aprovechando que un turno nocturno me dejaba la tarde libre, decidí dejarme caer por el muelle para vivir de primera mano su regreso a casa tras una jornada de grabación intensiva en Cayo Paloma y Playa Cabeza de León.

Si por mí fuera, me habría presentado allí con banderolas y bengalas, como quien se va a recibir al Queen Mary, pero hice una búsqueda rápida por casa y lo más festivo que encontré fue la caja de Froot Loops que compré en el supermercado. Como confeti de colores podrían haber servido, pero en alguna lección del cole debieron enseñarme que no está bien lanzar cereales a la cara de la gente, y aborté el plan. Así que me fui para allá conmigo mismo y mi mismidad. Que no hay bengala más luminosa que una sonrisa sincera. Hala, si alguien pasaba por aquí buscando una ración de frases cursilonas, ahí le he regalado cuarto y mitad.

Llegué pronto, con el sol todavía alto en el cielo, amarillo, y poca actividad en el muelle. Cogí asientos de primera fila, en un extremo, al final del todo. Con las piernas colgando sobre el agua, los brazos estirados hacia atrás, y las gotas salpicándome las plantas de los pies cuando una ola rompía más alta que el resto. Pocas sensaciones deben existir mejor que ésa. El muelle está a cinco minutos andando de nuestras casas. De allí salen y allí llegan todas las barcas que transportan equipo y materiales a diario. Desde el repelente que protege a Rosa Benito de las picaduras de vampíricos mosquitos hasta el bolígrafo con el que una redactora hace recuento de los peces que pesca Sonia Monroy.

Por allí andaba ya un asistente de producción. Que me contó que son tres las barcas que usamos principalmente. Digamos que La Pinta, La Niña y la Santa María de Supervivientes. Aunque las nuestras tienen nombres más de por aquí. “Barracuda, Manta Raya y Redonda”, me explicó él.  No las tengo todas conmigo pero la lógica me invita a pensar que la redonda debe ser algún otro animalito del fondo marino caribeño. Eso me pasa por no preguntar en el momento. Porque ahora estoy poniendo “redonda fauna marina”  en Google y el buscador se me está yendo por los cerros de Úbeda. O los cerros de Silicon Valley, que resulta más propio.

Así que es perfectamente probable que estés a media mañana por las salas de edición y pase alguien gritando por un walkie: “mándame la barracuda y la manta raya”. Lo que te hace dudar durante unos segundos si estabas trabajando para Magnolia, para el Oceanographic de Valencia, o para un laboratorio de biología marina en Tenerife.

Pero volvamos al muelle. Donde estaba yo tan ricamente disfrutando del atardecer. La barca que traía al equipo apareció un poco más tarde de las 17.00h, como cada día. El sol había empezado a bajar y era ya un disco naranja dibujado con compás. Un nutrido grupo de cámaras, sonidistas, redactores, gente de producción, inspectores de playa y demás, arribaron al muelle y descargaron todo el material en cuestión de segundos. Saludé a una de las redactoras en plan parabrisas, con el brazo dibujando una semicircunferencia exagerada, como si ella fuera mi novia y regresara de un viaje al centro de la Tierra. Y ella respondió. Después de enfrentarse al sol, las picaduras de insectos, los raspones de coral y los malabares con las cámaras y pértigas de sonido, ese bendito equipo regresa a casa con una sonrisa en la cara. Y eso que el trayecto en la barca −venían en nuestra amiga Barracuda− no es un ningún paseo turístico: las olas hacen que en muchas ocasiones eso se mueva más que La Barca Vikinga de una feria chunga de verano.

Uno de los cámaras y la redactora que venía del viaje al centro de la Tierra me pusieron rápidamente al día de lo acontecido en los Cayos. Fue el martes, el día que Tony y Tamara habían tenido su primera gran disputa por asuntos de coco. Pero como todo eso me lo tenían que contar ellos mismos dos horas más tarde en la reunión de contenidos, no les entretuve mucho más para que pudieran marcharse a casa a descansar un poco.

Para entonces el sol ya estaba completamente rojo. Como una enorme pastilla efervescente en el horizonte. Cuando tocó el agua, empezó a disolverse hasta desaparecer. Y allí me quedé yo. Con los pies colgando. Como en el mejor de los veranos.

[Esta última foto me la ha prestado uno de los cámaras del equipo, Eduardo. Yo, tras muchos intentos, no logré hacer una foto decente del atardecer. Pero sí logré evitar que la cámara se me cayera al agua, que ya es bastante]

14 mayo 2011 a las 22:01 por elsuperviviente19

Experiencias prehistóricas

Cambiar de escenario (o cambiar de localización, que diríamos en la tele, como cuando los concursantes de otras ediciones se movían de Cayo Paloma a Playa Uva), a veces te obliga a recuperar viejos hábitos que ya dabas por superados. Por ejemplo: escribir a mano. Creo que hacía por lo menos diez años que no tenía un trabajo en el que tuviera que usar mi pulgar derecho para algo más que dar a la barra espaciadora. Si la evolución humana dependiera exclusivamente de mi vida laboral, el Homo sapiens del futuro tendría los carpos y los metacarpos perfectamente adaptados al teclado Qwerty. Y desarrollaríamos un sexto dedo más allá del meñique derecho para llegar tranquilamente al Enter y a la tecla de borrado.

¿Cómo se escriben artículos para revistas? Con un ordenador. ¿Cómo se minuta Supervivientes y Gran Hermano? Con un ordenador. ¿Cómo se escribe una novela? Con un ordenador. Pero desde que he llegado este año a Honduras, la cosa ha cambiado. De repente han vuelto a mi vida esos tubos plásticos con tinta por dentro que al parecer no habían desaparecido de la faz de la Tierra. Los bolis. Ahora sé que el Señor Bic y el Señor Pilot, y sus esposas, deben poder seguir bañándose en Moët & Chandon. También he vuelto a saber cómo es mi caligrafía.

¿A qué se debe esta regresión a eras pretéritas? Pues a que tanto redactores como guionistas recogemos todo lo que ocurre en los Cayos Cochinos de nuestro puño y letra. Prácticamente todo nuestro trabajo surge de una primera labor fundamental: apuntar lo que ocurre, y apuntar el código de tiempo en el que ocurre. Tipo: “13.56 – Kiko Rivera se despierta de su siesta”. Y así, las veinticuatro horas del día. Los redactores, que son esos héroes de la producción que viven el reality in situ parados sobre la arena cuando Tony Genil lava su camisa, con el agua al cuello cuando Reyes sale a pescar, y con el sol cocinando sus coronillas cuando Sonia y Rosa deciden broncearse y parlotear, esos redactores apuntan todo lo que ocurre en sus partes de redacción. Y, lógicamente, lo hacen con boli y papel, no con un netbook ni un iPad 2.

Después, dos veces al día, ellos nos cuentan a los guionistas todo eso que ha ocurrido, haciendo un primer resumen y adelantando posibles tramas. Tramas que nosotros terminaremos editando y convirtiendo en el resumen diario que se ve en La Siete. Pero claro, todos esos códigos de tiempo y todas esas acciones nos las relatan a velocidad de infarto. Rollo El Gordo de Navidad.  “En el 12.54 Jeyko intenta ligar con Diego en el barco de los anóooooonimos”. “En el 06.41 Tony Genil despierta y empieza sus ejercicios matutinooooooos”. “ En el 17.15 hay una puesta de sol maravillooooooosa”. “En el 10.51 Rosa  se acerca a la playa y le tocan mil euroooooooooooooos”.

La forma más rápida de poder apuntar tanta información es a boli.  Así:

En realidad yo aún tengo pendiente llevarme el ordenador a las reuniones y probar a apuntar a dos manos, que ya que tantos  años de tecleo frenético me han servido para poder teclear emitiendo el sonido de una tormenta tropical, habrá que aceptar los desafíos. Pero, de momento,  he mimetizado la metodología de guionistas más veteranos que yo. Que la experiencia siempre es un grado. Total, que he vuelto a aprender a sostener un bolígrafo entre los dedos y a deslizarlo sobre una hoja de papel.

Durante el primer día de este retorno al milenario arte de la escritura los huesos de la mano me crujieron, anquilosados tras una década en la que lo máximo que habían escrito con un boli eran tres tristes post it de nevera. Crac. Cuando la torsión de la muñeca recuperó una verticalidad olvidada. Crac. Cuando el índice tuvo que apretar algo más que las letras T, Y, G, H, B y N. Crac. Cuando el cúbito y el radio hicieron que la mano comenzara a arrastrarse sobre el papel.

Y aunque los primeros días mis apuntes no había quien los leyera, poco a poco he ido recuperando mi caligrafía de siempre. Llevábamos mucho tiempo sin vernos. Un día, cuando tengamos tiempo, la voy a invitar a un café para que nos contemos qué ha sido de nuestras vidas. Hablando de café, ésta es la cafetera del pasillo donde editamos. Parecerá una tontería, pero parte del tremendo éxito que está teniendo el programa (¡un 25% en segunda gala) podría ser cosa suya:

Y está claro que allá donde haya escritura rápida, surgirán las abreviaturas. Como en los apuntes de la facultad. En el universo supervivientes hacemos cosas como dibujar un sol para indicar un plano recurso de naturaleza. Ya sea un sol realmente o un ermitaño. Yo muchas veces opto por apuntar los nombres de los concursantes sólo como iniciales. Y si el redactor nos cuenta en la reunión que está habiendo un acercamiento entre José Manuel y Jessica, yo apunto “JM ♥ J”. El otro día, sólo por hacer la gracia, decidí apuntar todos los nombres en inglés, que suelen ser más cortos. Jacobo se convirtió en Jack y Rosa en Rose. Lo dejé cuando me di cuenta que aquello parecía el guión de ‘Perdidos’.

En fin, voy a coger mi cuaderno y mi boli y me voy a la reunión. Que este fin de semana vuelve a estar, como siempre, lleno de sorpresas. Crac. Crac. Crac.