25 junio 2011 a las 7:09 por elsuperviviente19

¡Arrrranca La Ceiba Express! (2ª parte)

Ahí estábamos la minutadora y yo, en el arcén de una carretera hondureña, luchando contra otro equipo por llegar antes que ellos a La Ceiba sin poder utilizar dinero. Tras barajar la posibilidad de subir a un autobús escolar y racanear el billete, optamos por recurrir al pulgar para ver si algún conductor se apiadaba de nosotros.

Hay un factor que facilita bastante el mundo del auto stop en las carreteras americanas: la abundancia de pick ups. Las pick ups son las clásicas camionetas que disponen de una zona de carga descubierta en la parte de atrás, de tal forma que el autoestopista puede subirse ahí como si fuera una vaca o una bala de paja. Y todos salen ganando: tú puedes escapar fácilmente si resulta que el conductor es Leatherface y pretende cortarte en pedacitos con una sierra eléctrica, y el conductor no tiene que dar conversación a un extraño ni va a recibir quejas por estar fumando o tener sintonizada la emisora de los predicadores (que hay bastantes, por cierto).

Fue sacar el pulgar y, al segundo, una pick up azul paró junto a nosotros en el arcén. Metido en mi papel de concursante de Pekín Express comencé a explicarme con señas, pero enseguida me di cuenta que esto no era Vietnam y que el conductor y nosotros  compartíamos idioma. “¡Son de la madre patria!” nos dijo él en cuanto reconoció nuestro acento, una forma muy común de referirse a España en todo latinoamérica. Le dijimos entonces que nos dirigíamos a La Ceiba, sin entrar en pormenores del concurso ficticio que nos traíamos entre manos. Él nos dejó subir a su camioneta aunque nos avisó que sólo llegaría hasta Corozal, un pueblo costero que está a medio camino de La Ceiba. Mejor eso que nada. Sobre todo porque el otro guionista y el de archivo ya estaban en el arcén con unos siete pulgares fuera y cuatro pares de brazos agitándose en el aire. No extendían la pierna y se subían la media para enseñar pantorilla porque no llevaban, que si no…

Subimos a la camioneta, di los clásicos dos golpes contra la carrocería, y el conductor pisó el acelerador levantando una nube de polvo que hizo que perdiéramos de vista al equipo rival. Viajar en una pick up es la mejor forma de sentir la carretera. Con el aire golpeándote la cara, los oídos ensordecidos por el viento y teniéndote que agarrar donde sea a cada mínimo bache para no salir volando, cualquier pequeño trayecto  se convierte en toda una aventura.

La minutadora y yo íbamos comentando a gritos el plan a seguir una vez llegáramos a Corozal. Digo la minutadora porque, por eliminación, tenía que ser ella, aunque en esos momentos pareciera un ser sin rostro engullido por su propia melena, convertida en una maraña de cabello agitándose a lo loco. Mientras yo hablaba a gritos con Chewaka, un coche nos adelantó. De una de las ventanillas traseras emergió de repente un guionista, como los payasos esos que salen de sopetón de una caja con manivela: “¡os vemos en el mall!”, nos gritó con retintín.

Así que llegamos a Corozal como últimos de la carrera. Si de verdad estuviéramos  en Pekín Express era el momento perfecto para que mi pareja y yo nos enfadáramos, tiráramos las mochilas al suelo, y las pateáramos amenazando con abandonar el concurso. Pero nada de eso. Agradecimos el viaje al conductor de la pick up y volvimos a salir a la carretera en busca de otro medio de transporte. Friéndonos bajo un sol tropical que calentaba a mala idea, la minutadora y yo debatíamos cuál será el calor máximo que es capaz de aguantar el cuerpo humano.

Y  mientras inventábamos teorías sobre si el agua de las células podría llegar a entrar en ebullición, un taxi paró a junto a nosotros. Un taxi ocupado ya por cinco personas: el conductor y cuatro pasajeros. Le explicamos al taxista que no íbamos a poder pagarle el servicio, a lo que él contestó: “bueno, tampoco voy  a llevaros en un asiento”. Durante unos segundos nos imaginé a mi compañera y a mí sentados en el techo de aquel coche, pero entonces el taxista salió y nos abrió el maletero. Ella y yo nos miramos, nos encogimos de hombros, y para allá que fuimos. Era un maletero bastante amplio, así que con unas cuantas torsiones de las articulaciones logramos encajar como piezas de Tetris.

Fue en este taxi ocupado por siete personas en el que llegamos a nuestro destino.  Y lo hicimos mirando como locos por las ventanillas exclamando: “¿dónde está la bandera?”, “¡no veo la bandera!”, “¡ahí está Raquel!”. Como procede en un final de etapa. En cuanto el taxista nos abrió de nuevo el maletero salimos corriendo en dirección a la entrada del mall.

Pisamos una alfombra roja imaginaria con el logo de Pekín Express como está mandado: de la mano, y saltando los dos a la vez para pisarla. A falta de libro de rojo en el que firmar y sin una Raquel Sánchez Silva que nos recibiera y nos diera la enhorabuena por haber completado la etapa, nos abrazamos entre nosotros, y listo.

Aunque aún estaba por desvelar la gran incógnita: ¿quién conseguiría el amuleto por haber llegado primero? Desde que nos adelantaran cuando íbamos en la pick up no habíamos vuelto a ver a nuestros rivales, así que la cosa pintaba mal. Tras mirar durante algunos minutos a nuestro alrededor, el guionista y el archivador salieron del mall sorbiendo con sendas pajitas los jugos de mango que se habían pedido en el Super Jugos (un establecimiento de zumos naturales quequitaelsentío).

Nos miraron por encima del hombro haciendo slurp slurp con sus pajitas y tuvimos que aceptar lo ocurrido: habíamos perdido la carrera. El Superviviente 19 y su pareja quedaban eliminados de La Ceiba Express. Momento de coger las mochilas, despedirnos de Raquel, y que alguien pusiera un vídeo con los mejores momentos de nuestro paso por la primera edición de La Ceiba Express…

Pero como no hay nada mejor para olvidar las penas que gastar un poquito de dinero, procedimos a cumplir el objetivo por el que estábamos en el mall: hacer la compra. Esta compra:

Ahora sólo nos queda presentarnos al casting de la segunda edición. ¿Tegucigalpa Express?

 

23 junio 2011 a las 20:27 por elsuperviviente19

¡Arrrranca La Ceiba Express! (1ª parte)

La frase que titula esta entrada doble debe leerse de la forma en que Raquel Sánchez Silva la pronunciaba al inicio de cada edición de Pekín Express (sin duda uno de los mejores programas de la televisión: sí, lo acepto, hay vida más allá de Supervivientes). El caso es que, además de servirme ahora como homenaje a nuestra presentadora, este titular lo gritamos a voz en grito el otro día cuatro miembros del equipo que somos muy seguidores del programa.

¿El motivo? Que teníamos que ir a hacer la compra al mall. El mall es un centro comercial en La Ceiba  al que vamos día sí, día también. Porque sirve para todo: sacar dinero del cajero, recargar nuestro móvil Tigo, comer el mejor brownie del mundo en el restaurante Applebee’s, comprar más cajas de Froot Loops… lo típico. La palabra mall es un término estadounidense para referirse a los grandes centros comerciales y parece ser que por aquí está bastante arraigada.

Así que un archivador, una minutadora y dos guionistas teníamos que ir al mall para hacer una comprita en el supermercado. Y, como somos como somos, ¿para qué íbamos a hacer el trayecto como personas normales subidos en un taxi jugando a repetir nombres de antiguos concursantes de Supervivientes? Esta vez decidimos montarnos nuestro particular Pekín Express. Al que denominamos, no podía ser de otra forma, La Ceiba Express.

El objetivo, el mismo que en el programa original: separados en parejas debíamos completar a la carrera el camino desde el hotel al mall. Eso sí, sin poder hacer uso de dinero alguno. Quien usara un solo lempira durante el recorrido, perdía automáticamente. Todo lo demás estaba permitido: subir a autobuses, taxis, coches particulares, correr, andar, nadar… Yo hice equipo con la minutadora. Nuestros rivales: el otro guionista y el archivador.

El punto de partida fue la recepción del hotel. El libro rojo que marca la meta lo imaginamos en la entrada al supermercado del mall. Con una temperatura rondando los tropecientos grados a la sombra, y con más de treinta y pico kilómetros de asfalto y selva por delante, tomé aire, elevé el pecho y grité: “¡Arrrrrrranca La Ceiba Express!”. Una pena que Raquel anduviera liada en uno de los últimos juegos de recompensa del programa, porque hubiera sido un puntazo que la salida nos la hubiera dado ella. Y para allá que nos fuimos. Cada pareja por un lado de esta rotonda, con banderas y todo como el verdadero Pekín Express:

Sólo llegar a la carretera ya es un trecho importante. Nuestras casitas de Lost se extienden durante metros y más metros antes de salir de los límites del complejo, y es un trecho que suele llevarnos veinte minutos andando a velocidad normal. Claro que aquel día nada fue normal. Corriendo como si de verdad fueran a entregarnos un amuleto por valor de 3.000 euros, ambas parejas salimos escopetadas calle arriba. A los tres segundos estábamos todos empapados, pero no importaba.  Que para algo habíamos superado un cásting de miles de personas para poder entrar en el concurso.


A medio camino, ya con la lengua fuera, escuché un sonido familiar. Y una bombilla debió aparecer sobre mi cabeza. La sacudí con la mano para que la pareja rival no viera que había tenido una idea. Como cuando Tony Genil no quiere contar la receta de la compota de almendras al otro grupo. Le hice una indicación a mi compañera y aminoramos la marcha como si estuviéramos cansados para dejar que los otros se alejaran.

Viéndose ganadores de esa primera fase de la carrera, aceleraron su marcha y desaparecieron al tomar una curva. Y nosotros, con el plan ejecutándose a la perfección, les dejamos marchar. El sonido familiar volvió a repetirse detrás de mí. Era el traqueteo de un tren. Bueno, el de un chiquitrén. Así llamamos el equipo a una especie de trenecito tirado por un tractor que va dando vueltas continuamente por todo el complejo para transportar de un lado a otro a los turistas. Es éste:

Normalmente lo miramos con un poco de desdén, pero aquella mañana fue nuestra salvación. Fuera de la vista de nuestros rivales, desanduvimos parte del camino en dirección al chiquitrén. Me subí con ganas de gritarle al conductor: “¡siga a ese coche!”, pero ni estábamos en Nueva York ni aquello era un taxi. Y los dos turistas que iban en uno de los asientos me hubieran mirado raro. Así que simplemente nos sentamos detrás del conductor y le dijimos que íbamos a la carretera de la salida del hotel.

No tardamos en adelantar al otro equipo, que ya no corría sino que andaba a paso ligero. Al vernos en el chiquitrén, agitaron los brazos para que nos detuviéramos, pero nosotros les dijimos adiós con la mano y yo le comenté al conductor: “ellos tienen que trabajar ahora, qué pena que no puedan venir a La Ceiba”.  Y salí del hotel con una sonrisa maliciosa en mi rostro. La primera fase, estaba ganada.

Pero claro, en cuanto el chiquitrén puso una ruedecita fuera de territorio hotelero, el conductor nos indicó que era momento de bajarse. Lo hicimos, y él regresó por donde había venido con su particular traqueteo. Al confort y la comodidad de nuestro querido resort.  Y nosotros nos quedamos ahí, frente a frente con la carretera. Tirados en el arcén como perros callejeros

La verdadera carrera estaba a punto de comenzar.

Continuará…

¿Qué medio de transporte utilizó El Superviviente 19 para llegar hasta el mall? ¿Cuánto calor es capaz de soportar el cuerpo humano? ¿Pueden viajar siete personas en un taxi? La respuesta a ésta y otras preguntas, en el próximo episodio de La Ceiba Express.

 

7 mayo 2011 a las 7:28 por elsuperviviente19

La Generación del 27

Que me disculpen Lorca, Alonso, Cernuda y demás pero a partir de hoy el equipo de esta sexta edición de Supervivientes podremos ser conocidos –al igual que aquella decena de poetas–, como La Generación del 27. Del 27% de audiencia, claro. Ese fue el dato que obtuvimos el pasado jueves con la gala inaugural. Un dato de los de antes, de los que ya apenas se ven en los ránkings diarios de los programas más vistos.

Sería por los pantalones llenos de barro de Tony Genil, o por el momento Sabrina de Tatiana Delgado, o por el salto del helicóptero de Kiko Rivera, o por el nuevo aire que le dieron a toda la gala Raquel Sánchez Silva y Jorge Javier Vázquez.  Fuera por la razón que fuera, no hubo en la noche del jueves nadie que tosiera a Supervivientes. Y eso, cuando trabajas en el programa, sienta muy bien.  Que nos lo pregunten al grupo que recibimos la noticia de boca del Subdirector del programa a la una de la mañana hora hondureña, y que salimos dando saltos por los pasillos del hotel. Subdirector incluido.

Antes de conocer el dato de audiencia, el equipo vivimos la tarde de gala como de costumbre: apiñados en una de las salas de edición en la que recogemos y grabamos la señal del programa. Y cuando se trata de una gala inaugural como la del jueves, más te vale estar pronto. Porque ya podría llegar el hombre a Marte y estar emitiéndose a través de la CNN por una de las televisiones del hotel, que nosotros seguiríamos peleando por una silla frente a los monitores de la sala. Y mirando sin pestañear el fruto de nuestros primeros días de trabajo mientras el americano de turno estrechara la mano viscosa de algún hombrecito verde. En efecto, las sillas de la sala donde se ve la gala son limitadas. Como en el estreno de Avatar. Y una vez que te haces con una, mejor no volver a levantarse. Que ya se sabe lo que pasa con el que se va a Sevilla.  Un jueves de estos vamos a terminar poniendo el despertador a las ocho de la mañana para ir cogiendo sitio en primera línea de monitor, como con las sombrillas de la playa en Benidorm.

Porque quien no llegue a tiempo de hacerse con una silla, quedará relegado a sentarse en el suelo. Que está muy frío. Resulta que el aparataje que tenemos montado por aquí es de lo más sensible y tenemos que tener el aire acondicionado a todo trapo para que las máquinas no se resientan con la humedad tropical que nos envuelve. Y cuando digo a todo trapo, me refiero a todo trapo. Tanto, que una de las minutadoras se paseaba ayer por la sala de visionado con unos leotardos de lana a rayas y una sudadera hasta las rodillas. La mirabas a ella, y te sentías en Candanchú. Mirabas a las palmeras al otro lado de la ventana y regresabas a Honduras. Eso sí, la minutadora en cuestión llevaba los pies, con leotardos y todo, enfundados en unas clásicas chanclas havaianas que le dividían los cinco dedos habituales en sólo dos: uno gordo, y uno gordísimo. En plan prima hermana del Correcaminos.

A lo largo de las cuatro horas de directo, el grupo de espectadores va variando en función de quienes van teniendo obligaciones laborales. ¿Qué toca minutar una cinta que acaba de traer una barca? Pues la minutadora se va para allá con sus leotardos, exclamando mic mic y dejando una estela de humo tras de sí, y se pierde el momento en que a Tatiana le traiciona el bikini. ¿Que alguien necesita treinta y siete segundos exactos de una música cómica? Pues el músico se va a su ordenador a hacer sus cosas y no ve a Rosa Benito contar que anoche habló con las estrellas. ¿Que eres de los afortunados que tienes todo el día libre? Pues te agarras a tu silla y no la sueltas.

Aunque no llevamos bufandas, ni bombos, ni trompetas , sí nos comunicamos con la pantalla como suele hacerse en los partidos. Ayer escuché aplausos, vítores, risas y algún que otro tipo de apelativo dirigido a los concursantes. Porque cuando estás en esa sala eres, básicamente, un espectador más. Y la propia sala se convierte en el salón de una casa. Seguro que más de uno de los cuatro millones de espectadores que vio  el programa se llevó las manos a la cabeza ante alguna de las declaraciones de Aída. Pues nosotros también.  Fijo que muchos se murieron de la risa cuando Raquel Sánchez Silva tuvo que subirle los pantalones a Tony Genil. Pues nosotros también.

A Raquel Sánchez Silva la vi después de la gala. Andaba yo por los pasillos de las salas de edición montando con mis compañeros el primer resumen diario que se emitió ayer viernes, cuando apareció ella por allí. Enseguida se montó una reunión improvisada en la que la presentadora nos contó lo divertido que había sido para ella ese momento con Tony Genil. De hecho lo cuenta ella mejor que yo en su flamante nuevo blog: Infiltrada en la isla. Pero lo que más me gustó de esa conversación improvisada en el pasillo fue la defensa que nos hizo de todos los concursantes, a los que acababa de conocer. Según sus propias palabras: “a mí ya me caen todos bien”.

Un día después de la gala y tras el éxito de audiencia, la productora organizó un brindis con champán. Este era el agudo cartel que invitaba al evento:

Lo dicho, somos La Generación del 27.