10 julio 2011 a las 20:57 por elsuperviviente19

Aventuras durante la grabación de la gala más vista (1ª parte)

El pasado jueves, tras unas cuantas gestiones burocráticas –cosa fácil: solicitarlo amablemente a nuestro Jefe de Producción-, conseguí ganarme un puesto en una de las barcas que lleva al equipo, cada semana, hasta Cayo Menor. El cayo de la palapa y el control de realización. El lugar en el que se hace el programa. A cuarenta minutos en barca del hotel donde transcurre mi habitual jornada laboral. Quién me iba a decir a mí que iba a estar presente, precisamente, en la grabación de la gala de mayor audiencia de lo que llevamos de edición. La que será recordada por la bronca a Aída y el reencuentro entre Amador y Rosa homenajeando la mítica escena del beso en De aquí a la eternidad.

Los jueves son muchas las barcas que van llevando, desde muy temprano, equipo y material hasta Cayo Menor, para tenerlo todo listo a eso de las dos de la tarde, que es cuando comienza el prime time para nosotros. Sin olvidar las barcas que llevan al equipo habitual a grabar a los concursantes, que ya puede ser jueves de gala o miércoles de ceniza, que a los supervivientes no se les quita una cámara de encima ni a la de tres. Mientras en la playa de acá Ráquel Sánchez Silva graba su entradilla para el resumen diario, en la playa de más allá los nominados hacen sus sacos y un cámara y un redactor del equipo están ahí para grabarlo.

Tuve la suerte de que me citaron en una de las barcas que salen a una hora decente. Las nueve de la mañana. Porque las hay que salen a horas que ni existen. ¿Las seis de la mañana? ¿Eso qué es? Yo creo que es una leyenda mitológica como las quimeras, los grifos y Medusa, pero hay redactores que me aseguran que es su hora habitual de citación. Tendré que investigar.

Una vez repuesto del infarto diario al que me tiene condenado mi móvil hondureño, me planté en el muelle a esperar la llegada de Barracuda, una de nuestras tres carabelas. Aparte de mí, otra Planta Blanca venía de visita, una de las editoras con las que trabajo habitualmente. Acostumbrados como estamos a la oscuridad de la sala de edición tuvimos que aprender a parpadear de nuevo, incapaces nuestros ojos de enfrentarse a tal cantidad de luz solar. Pasando tantas horas frente a los monitores, creo que poco a poco estamos mutando en una suerte de criaturas terroríficas de piel pálida, enormes ojos y agudo sentido del oído. Un día de estos aparecerá un murciélago en la reunión de contenidos, explotará en una nube de humo, y seré yo ataviado con un capa negra y mi cuaderno en ristre para apuntar códigos de tiempo. De hecho, debió ser un milagro que la editora y yo no nos derritiéramos como vampiros, sobre el muelle, en un humeante charco de carne y pelo.

Así que con alma de turistas nos subimos a la barca, que hacía el viaje no por nosotros, claro, sino para llevar al equipo de juegos casi al completo. Esa prueba de recompensa en la que compiten los supervivientes durante todas las galas, se prepara desde días antes (las estructuras no se construyen solas) y se testa durante la mañana del mismo día de emisión para comprobar que todo funciona como debería.

Precisamente probar el juego que se vio durante la última gala fue lo primero que hice nada más llegar a Cayo Menor. Por allí andaba el Director de Juegos (probable poseedor de la tarjeta de visita más divertida del sector empresarial,  con el permiso de los Oompa Loompas de la fábrica de chocolate de Willy Wonka), buscando voluntarios para meterse en la piel de Sonia, Rosa, Jeyko, Rosi y compañía, y acometer la labor encomendada en el tiempo marcado. Yo ya estaba descamisado y gritando sobre la plataforma de madera antes de que el hombre hubiera terminado de decir: “¿os apetece probar el juego?”.

Tal y como se vio en la gala, el juego consistía en ir pasando unos frutos de cacao de una plataforma a otra utilizando unos columpios. No me tocó la posición más divertida, la de los columpios, la que en el directo desempeñaron Sonia y Arturo, pero me metí en el papel igualmente. Ahora que caigo, yo me sitúe en el puesto que después ocuparía Tony. ¿Cómo debería tomármelo? Es igual. Junto a mí, haciendo también de figurante en la prueba, se colocó Raquel Sánchez Silva. Más tarde ella misma explicaría el juego a los concursantes. ¿Qué mejor forma de explicarlo que haberlo probado una misma? Siguiendo con los paralelismos, ella ocupó la posición de Rosa Benito.

El juego se prueba con la duración real que tendrá después y con el mismo número de participantes, para que todo esté medido al milímetro. Allí estábamos todos: la editora cogiendo los frutos de la cesta y pasándoselos al del columpio, el del columpio a la otra del columpio, la del columpio a mí, yo a Raquel… Superamos la prueba con nota. Tanto que, y esta es la razón por la que se prueban los juegos, en ese momento se plantearon algunos cambios.

Tanto el Director como el Subdirector del programa, aparte del propio Director de Juegos, estaban presentes en el ensayo (no sé si existe otro trabajo en el que tu jefe máximo pueda verte en bañador empujando un columpio y siga la tarea con atención). Tras ver nuestra participación, decidieron hacer algunas variaciones en las posiciones de los concursantes. Inicialmente, estaban todos subidos a las plataformas. Después se prefirió que dos de ellos, los que estaban en contacto con las cestas, se colocaran en el suelo. Por eso Rosi y Rosa, a la hora de la verdad, estuvieron situadas donde se las vio por la tele.

Finalizada la prueba del juego, el siguiente punto en el programa de actividades de nuestra visita a Cayo Menor era la grabación de entradilla. “¿Quieres verla?”, me preguntó el Subdirector. Yo, otra vez, ya estaba detrás del cámara antes de que él hubiera terminado la pregunta.

Continuará…

¿Qué tal fue la grabación de la entradilla? ¿Dónde estaba El Superviviente 19 en el momento en que Amador y Rosa se besaron apasionadamente a la orilla del mar? ¿Qué pasa en la palapa durante las publicidades? ¡Descúbrelo todo en próximas entradas de El Superviviente 19!

 

16 junio 2010 a las 9:55 por elsuperviviente19

Probando uno de los juegos de recompensa

Los Juegos de recompensa y liderazgo son toda una institución en Supervivientes. Tanto, que prácticamente tienen su propio equipo: tienen su propio subdirector, su propia producción, su propia editora, su gente de atrezzo, otro montón de gente de taller encargada de montar toda esa maquinaria que hace sufrir a los concursantes semana tras semana… Y es que todas esas poleas, pizarras, relojes de arena, plataformas, piezas de puzzle o lo que sea que forme parte de cada juego, está construido aquí mismito. Estos son, al día siguiente, los palos que se usaron en la prueba de líder del pasado jueves:


Para que todo salga perfecto, un día antes de la realización del juego con los concursantes, el equipo tiene que probarlo. Esto sirve para medir tiempos, comprobar la dificultad real del juego, y planificar la realización. Dicho así suena un poco rollo. De esta otra forma suena mejor: ¡necesitan extras para hacer de concursantes! Que fue justo lo que hice el pasado domingo.

Estaba yo tranquilamente en el comedor disfrutando de una paella… Un momento, ¿cómo? ¿Paella? Pues sí. El domingo pasado, ésta fue nuestra comida:


Gazpacho, pan y paella. Vamos, que sólo nos faltaba un mantel de papel lleno de manchas circulares de vino tinto, un aperitivo de olivitas y un camarero que nos cantara el “tengo-gambas-tengo chopitos-tengo-croquetas-tengo -jamón” con un palillo entre los dientes para sentirnos como en un chiringuito de playa de Almuñécar (localidad que por cierto posee mi gentilicio favorito).

El caso es que estaba yo apurando el último camarón de la paella tropical, cuando un compañero me dijo que esa tarde probaban el juego que se vio ayer martes en el resumen. El juego consistía en que los nueve concursantes que quedan hicieran girar una rueda gigante a modo de timón para ir acercando un navío en forma de plataforma hacia la playa.

Pues bien, antes de que Rafa, Trapote, Mireia, Guille y los demás se subieran a la plataforma para conseguir ese montón de pasta (de comer) que ganaron ayer, nueve figurantes del equipo de Supervivientes hicimos exactamente lo mismo unas horas antes. No, el paquete de pasta no nos lo dieron, ni falta que hacía, que veníamos todos felices con los estómagos llenos de gazpacho y paella.

El juego tuvo lugar en una playa conocida como La del Sapo, que está muy metida en el pueblo y es mucho más frecuentada por locales que turistas. Los niños se arremolinaban en torno al enorme árbol que caracteriza esta playa para asomarse a ver qué hacían ese montón de adultos que jugaban a dar vueltas sobre una plataforma de madera. Seguro que alguno pensó: “¿de verdad son estos los descendientes de los conquistadores? Ahora entiendo muchas cosas”.

A mí me tocó agarrar uno de los cuatro mástiles del peculiar timón. A mi lado, agarrando el mismo mástil, la psicóloga del programa, que no se pierde ninguno de estos ensayos para luego entender mejor lo que sienten los concursantes. Ella, mucho más lista que yo (lógico, es psicóloga), se cogió el lugar más cercano al centro del artefacto y me dejó a mí la parte exterior. Cuando el director de juego nos dio la señal de salida (cuya voz modulé mentalmente para convertirla en la de Eva González y sentirme con un concursante con todas las de la ley), los nueve extras empezamos a empujar el invento para hacerlo mover. El timón de la plataforma empezó a girar y, con él, todos nosotros.

Poco a poco comenzamos a dar vueltas como locos hasta que los de fuera acusamos gravemente los efectos de la fuerza centrífuga. Yo resbalé en una de las vueltas y casi salgo volando. Creo que si me hubiera agarrado fuerte al palo y me hubiera dejado llevar, el ímpetu con el que empujaban los Parris y las Debbies de mentira me hubiera permitido girar en horizontal y con los pies en alto como una bandera. Mientras la psicóloga gritaba “que alguien pare estooooo”, algún otro, muy metido en el papel, vociferaba “¡a por la recompensa!”. Y mientras el minutador bromeaba diciendo “Román, has hecho trampa, estás eliminado”, otro preguntaba “¿pero de verdad estamos avanzando?”.

Y es que realmente no había forma de saber si avanzábamos hacia la orilla o no, porque lo único que veíamos eran un montón de pies girando sin cesar, que sonaban como un tropel de caballos a galope. Ganas le pusimos: empujábamos como si de verdad estuviéramos pasando hambre y necesitáramos el montón de pasta de la recompensa. Nadie diría que veníamos de comer de Almuñécar. Yo, tras el resbalón, recuperé el equilibrio y conseguí terminar la prueba con el resto de mis compañeros. O por lo menos, con los que quedaban en pie, que el esfuerzo resultó agotador y más de uno se tiró al agua a descansar. Creo que esta prueba me ha hecho reafirmarme aún más en la idea de que lo que hacen los concursantes realmente tiene mucho mérito. Como lo tiene también lo que hace el Equipo de Juegos semana tras semana.

Una vez terminado el ensayo, y después de volver a llevar a nado la plataforma hacia su posición original mar adentro, nos cayó una de estas trombas de agua que no paran de caer desde el viernes. ¿Problema? Ninguno. Todos decidimos quedarnos dentro del agua porque bajo la única lona en la orilla ya se arremolinaban cámaras, regidores y espontáneos varios. Cuando la lluvia cayó con toda su fuerza, pudimos disfrutar de una imagen única. De espaldas a la arena, con la cabeza sumergida hasta la nariz, mirar al horizonte era mirar hacia un infinito gris. Las olas y el cielo se mezclaban y las gotas que caían de arriba a abajo, y salpicaban de abajo a arriba, generaban una especie de neblina de lo más apocalíptica. Bañarse en Júpiter (si es que hay agua por allí) debe parecerse a esto. Claro que luego el minutador repitió “Román, has hecho trampa, estás eliminado”, y me trajo de vuelta a la Tierra.

NOTA: Lamentablemente, tanta agua por todas partes me impidió usar la cámara y por eso no tengo fotos de nada de lo ocurrido. Pero tengo una idea: os emplazo a ver el resumen diario de ayer en la web del programa para seguir el transcurso de la prueba. Imaginad que Deborah es la psicóloga y yo soy Román. Ahí lo tenéis. Y para conseguir la sensación del baño apocalíptico, meted los pies en agua y mirad fijamente esta imagen de Júpiter: