5 julio 2011 a las 7:31 por elsuperviviente19

La batalla contra los mosquitos

Existe un escuadrón de batalla que nos tiene declarada la guerra a los trabajadores de Supervivientes. Sus soldados tienen seis patas, dos alas y una trompa chupetona. En efecto: son los mosquitos.

Nuestros compañeros que trabajan en los cayos, Los Pies Negros, que son quienes más sufren su ataque, poco pueden hacer para huir de ellos aparte de vestirse con ropa larga o embadurnarse de repelente. Y es que si Jeyko está haciendo las paces con Rosi, ni redactor ni cámara pueden apartarse de la escena por mucho que un enjambre de chupópteros les robe un litro de su hemoglobina.

Ya en casa tenemos todos más recursos para defendernos de los mosquitos. El primer paso es, precisamente, prohibirles el paso. Y, por ello, todas las ventanas de nuestras casas disponen de estas preciosas mosquiteras que hacen que veamos el mundo exterior tal que así:

Perfectamente cuadriculado. Pero como todos sabemos que los mosquitos miden exactamente una micra menos que los agujeros de la tela mosquitera, al final siempre estás viendo la tele por la noche y oyes alguno zumbarte en el oído. Te lavas los dientes y otro pasa por delante de tus ojos. Repasas los partes de redacción para montar el resumen del día siguiente y, de un golpe, estampas el cadáver de un mosquito junto al renglón: “14.42 – Sonia Monroy interpreta su éxito ‘Salvaje’ colocando sus pechos en la cara de Tony”.

Al final, más que insecticidas y repelentes variados, no hay mejor arma contra los mosquitos que un buen manotazo. Incluso las reuniones de contenidos parecen a veces un tablao flamenco de la cantidad de aplausos que vamos dando los unos y los otros para matar a los mosquitos que sobrevuelan tan magno lugar. Las tramas de todo lo que acontece en Cayos Cochinos se narran casi siempre entre un montón de palmadas al aire. Cualquiera que nos escuche desde fuera debe pensar que estamos contentísimos con lo bien que nos quedan los resúmenes diarios y los vídeos de las galas de los jueves y los martes (recordatorio: a partir de hoy el debate se emite los martes) que se planifican en esas reuniones.

El otro día, una redactora, un guionista y yo conversábamos, antes de una de estas reuniones, sobre las razones que llevan a estos dípteros a inclinarse por ciertas personas a la hora de extraerles la sangre. Ejemplos de que ese hecho es una realidad los teníamos a mano en la propia sala: mientras que el guionista de Debate (el Billy el niño de las audiencias, recordemos) tiene varias extremidades marcadas a placer por estos vampiros de pacotilla, yo apenas pude encontrarme en ese momento dos tristes picaduras. Y una de ellas apenas perceptible. Asunto aún más curioso cuando resulta que dicho guionista porta en su muñeca una de las armas más extendidas entre el equipo para luchar contra los mosquitos. Esto:

Se trata de una pulsera que lleva incorporada una gran pastilla de repelente. Como una medalla de plástico que huele a algo que ahuyenta (supuestamente) a las jeringuillas voladoras. Y a los guionistas también, porque el otro día pasé una reunión entera al lado de una compañera que llevaba uno de estos artilugios y casi muero panza arriba y sacudiendo las patas tras una hora inhalando el insecticida que emanaba de la pulserita.

Pero bueno, a lo que iba. Que al guionista de Debate los mosquitos lo tienen  acribillado aun poniendo medidas para evitarlo, y a mí, que paso de repelentes, es que ni me tocan. Si los mosquitos fueran turistas, la piel de mi querido compañero sería una playa de Benidorm en pleno agosto, y la mía una parcela incomunicada del desierto del Sáhara.

La redactora fue la primera en lanzar su teoría, la cual defendió con absoluta convicción: “existe gente con la sangre más dulce que otra”. Cuando le preguntamos si los mosquitos preferían la más dulce o la más amarga, no supo responder.  Y otro redactor que se unió a la conversación hizo una observación que tiró por tierra toda su teoría: “¿y cómo sabe el mosquito que tienes la sangre dulce o amarga antes de picarte?”.

Yo aproveché el momento para exponer mi opinión al respecto: que el factor determinante es la temperatura de la piel. No sé de dónde me saco yo esta información, pero por algún lado he leído que los mosquitos son capaces de percibir pequeñísima variaciones en la temperatura de la piel y que, según lo caliente que estés, deciden si posar sus patas sobre ti o no. “¡Pues entonces Arturo debería estar lleno de picaduras!”, soltó alguien del equipo. Y aunque traté de explicar que no iban por ahí los tiros, las risas de todos los demás me lo impidieron.

Después la cosa fue desvariando hasta que alguien dijo que los mosquitos picaban más al guionista de Debate que a mí, guionista del resumen diario, porque los mosquitos, como la audiencia, preferían el programa que presenta Christian Gálvez a la tira diaria. Fue, lógicamente, un comentario de broma, pero aproveché la coyuntura para recordar que el resumen de La Siete está logrando unos índices de audiencia que  duplican, y a veces casi triplican, la media de la cadena en la que se emite. Pero que no se puede comparar el share de un programa en prime time en Telecinco, a uno que se emite en la tarde de La Siete. Así que un respeto.

Al final acabamos concluyendo que nadie teníamos ni idea de por qué los mosquitos prefieren picar a unos y dejarnos en paz a otros, así que tiramos de Smartphone y red inalámbrica del hotel para dar con la explicación. Ni sabores, ni temperaturas. Lo que atrae o ahuyenta a los mosquitos resulta ser el olor corporal. Parece ser que todos tenemos nuestras propias esencias y  que en eso se basan los mosquitos – o las mosquitas, porque también descubrimos que las que pican son exclusivamente las hembras– para decidir si te sacan la sangre o no. Viendo la cantidad de picaduras del guionista de Debate el muchacho debe oler a brownie y tener sirope de chocolate en vez de sangre.

En cualquier caso, la guerra de los trabajadores de Supervivientes contra los mosquitos sigue su curso. Y cada vez llegamos más lejos. Uno de los archivadores del programa, contra el que competí y perdí en la primera edición de La Ceiba Express, se ha llevado la palma también en esto de buscar métodos para ahuyentarlos. Ayer precisamente me vino con su teléfono para enseñarme una aplicación que se había descargado y que, al parecer, emite una serie de ultrasonidos que obliga a los arpones alados a salir volando despavoridos de la estancia.  Yo no termino de creérmelo, pero le preguntaré dentro de unos días a ver cómo ha resultado el experimento.

 

25 mayo 2010 a las 9:49 por elsuperviviente19

La fauna de mi habitación

El sábado por la noche, cuando iba a salir de casa en dirección a la primera gran fiesta que el departamento de Producción preparó para el equipo, me encontré con un documental aconteciendo en mi propia puerta. En lugar de echarme la siesta típica, saqué la cámara e inmortalicé el momento. La voz de Félix Rodríguez de la Fuente comenzó a reproducirse en mi cabeza mientras una lagartija blanca engullía a su víctima: una hormiga alada que aún movía las patas luchando contra el inevitable destino que la conducía hacia el estómago del reptil. Oh, el ciclo de la vida. El reptil, por lo que pude comprobar, estaba más que orgulloso de su caza, porque si no, no se entiende que posara para mí de la forma en que lo hizo, permitiéndome obtener esta sesión. Creo que hasta me hizo caso cuando le indiqué: “y ahora, mirada sensual”:

Encontrarte a una lagartija de éstas masticando en tu rellano puede ser algo más o menos excepcional. Pero las lagartijas como tal están más que presentes en nuestras vidas en Corn Island. Se pasean por nuestras habitaciones, comedores y salas de edición como si tal cosa. Hay gente del equipo que las llama salamandras, otros las llaman gecos, otros lagartijas… Yo las llamo Pepa y Pepe, porque a las que viven en mi habitación ya las reconozco y, después de más de tres semanas durmiendo juntitos, les he cogido hasta cariño. Además de su mortecino color blanco, estas lagartijas tan comunes por aquí se distinguen sobre todo porque hacen algo propio de las gallinas. Sí señora. Estás lagartijas cacarean. La primera vez que estás a solas en tu cuarto y escuchas un “cloc, cloc, cloc” a volumen considerable, te dan ganas de salir corriendo anunciando al mundo una invasión de gallinas gigantes. Es un ruido muy curioso, muy claro y muy alto. Desde luego no es lo que uno espera que salga de la garganta de un reptil de seis centímetros. Pero lo es. Mientras te estás duchando: “cloc, cloc, cloc”. En mitad de la madrugada: “cloc, cloc, cloc”. Yo es que ya no puedo dormir sin que Pepa o Pepe me arrullen con su “cloc, cloc, cloc”.

Según me ha contado una mujer nacida en Corn Island, aquí las llaman “cherepos”. En cuanto a su relación con el equipo (la de las lagartijas, no la de la mujer nacida aquí) la mayoría, excepto los reptilófobos, simpatizamos con estas lagartijas por un motivo fundamental: según nos han aconsejado los locales, es bueno tenerlas en casa porque se comen los mosquitos. Aunque creo que se los comen a un ritmo muy pausado -como de banquete de boda con postre, chupito, copa y puro-, porque a pesar de los dos cherepos que comparten alquiler conmigo, me sigo levantando todas las mañanas con varios centilitros menos de sangre que los vampiros de la noche caribeña me chupan sin permiso.

Hormigas aladas, cherepos y mosquitos tengo a montones en casa. Pero la cosa no acaba ahí. El dueño de las habitaciones en las que me alojo, nos ha recomendado dejar encendida una luz que hay encima de cada puerta cuando no estemos en casa. Pues bien, cada vez que vuelvo, la mosquitera de la puerta es un vergel de vida que haría las delicias de cualquier entomólogo. A la izquierda, mi puerta. A la derecha, una polilla al azar.

Observar a estos insectos es divertido. Pero tener que abrir esa mosquitera para entrar a tu habitación, no tanto. Todos esos organismos huyen despavoridos en cuanto perciben al humano gigante que los amenaza. Ojos y boca son proclives a la inserción de insectos. En la espalda, dentro de la camiseta, es común notar cómo algo aletea. Y todos los bichos que no escapan, ni se introducen en alguna mucosa, se dirigen, obligados por su instinto, hacia otra luz: la del interior de la habitación. Aprovecho la coyuntura para una lección de entomología básica: la pulsión de algunos insectos por ir hacia la luz se denomina fotoaxis y no es más que un intento fallido de volar hacia la luna. Hoy nos acostamos sabiendo una cosa más.

Así que entrar de noche en la habitación es todo un espectáculo. Con una mano tienes que controlar la puerta para mantenerla abierta sólo durante un microsegundo. Con la otra debes sujetar la mosquitera para evitar que golpee el marco y termine de agitar a los únicos bichos que no hayan caído sobre ti como si fuera el arroz de tu boda. Todo esto con los ojos cerrados, no vaya a ser que se te meta algo. Total, que tan sólo dispones de la punta de la nariz para accionar el interruptor. Y no es tan fácil acertar. Lo peor es que después de todo ese via crucis, cuando cierras la puerta a tus espaldas y abres por fin los ojos, triunfante… descubres que hay un escarabajo del tamaño de una nuez revoloteando como loco alrededor de la bombilla.

Mi vecina de abajo en Madrid hace menos ruido cuando golpea el techo con la escoba que esos escarabajos al darse una y otra vez contra el techo. Además no se cansan. Ni se posan nunca. Pueden estar siguiendo su luna imaginaria durante media hora, sonando como un motor de avión, y haciendo ‘clín’ o haciendo ‘plom’ según si golpean con la cabeza en la bombilla o en el techo respectivamente. Y a mí, que en el fondo no me gusta matar a estos bichejos, me toca llamar a mi compañero de abajo, que trabaja de minutador en el programa, para que venga con su chancla aniquiladora a aplastar al coleóptero.

Por lo menos mi habitación es un segundo piso y no sufro la otra gran amenaza de esta isla. Los cangrejos. Yo, cuando pienso en cangrejos, pienso en esos animalillos pequeños y naranja que quedan tan bien en la paella. Pero los de aquí son de un color chungo y muy grandes. De noche, decenas de cangrejos enormes, casi mutantes, cruzan la carretera: desde el interior de la isla a la playa y viceversa. Son tan comunes, que tienen hasta señal de tráfico propia, uno de mis símbolos favoritos de esta isla:

Me contaba el otro día el maquillador que en su habitación es muy habitual encontrarse alguno. Y que hacen un ruido muy curioso al andar. Como los esqueletos de los dibujos animados: claca, claca, claca. A mí verlos por la carretera desde un taxi me hace gracia. Igual que la tiene jugar con el taxista a esquivarlos, cosa que no deben hacer todos porque cada mañana la calzada aparece con nuevos cadáveres de crustáceo. Pero de ahí, a encontrártelo al lado de la cama… mejor que no. Creo que ni la chancla aniquiladora del minutador podría acabar con este engendro:

Por cierto, después de la sesión fotográfica a lo Félix Rodríguez de la Fuente proseguí mi camino hacia la fiesta de Producción. En la playa, con dos hogueras, barbacoa y una temática: el tuning. Desde la presentadora hasta el catalogador, todos vestidos de chonis y poligoneros. Ahora mismo tengo en la cámara suficientes fotos para ochenta perfiles de Tuenti. Suerte que soy discreto.