6 julio 2010 a las 9:09 por elsuperviviente19

¡El especial musical del Superviviente 19!

En una entrada anterior del blog dejé caer la idea de que Malena y Sonia podrían montar un dúo musical aprovechando su paso por Supervivientes. Pues bien, el pasado viernes por la noche, pude asistir al posible nacimiento de dicho conjunto.

Malena y Sonia, que bien podrían formar el grupo Solena (mezcla del nombre de ambas que además contiene la palabra Sol), se pasaron la noche cantando juntas grandes éxitos de hoy y de siempre. “Tengo el corazón contento”, “Mujer contra mujer”, “Rayando el sol”… Y cantándolos bien: con sus coros, sus armonías, y todo eso. De hecho, la propia Sonia llegó a gritar, literalmente, “¡vamos a hacer un grupo!”, a lo que Malena respondió, “sí, las Spice Girls españolas”.

Me he tomado la molestia de hacer unas fotos del momento (¡exclusiva! ¡material inédito!), para que permanezcan en la hemeroteca de telecinco.es por si de verdad se convierte este instante en el del nacimiento del grupo del verano.


Hasta he ideado una portada para el posible single:


Vaya, mientras escribo esto, escucho por el walkie-talkie en la reunión de redacción que Malena y Sonia prosiguen con su idea de montar el grupo, pero que ya se han buscado su propio nombre. Adiós a Solena. Con lo bonita que había quedado la portada… Ellas quieren llamarse Las Survivors. ¿Cuál nos gusta más?

La música, no sólo la de Sonia y Malena, es algo que está muy presente en Corn Island. Eso sí, limitada prácticamente a dos géneros: el Reggae, y el Country. ¿Y qué pasa con el reguetón? ¿Y la bachata? ¿No hay en la isla? Pues sí que lo hay. Pero mucho menos de lo que cabría esperar. Aunque en un laborioso proceso de investigación he encontrado esta joya en la tienda de cassettes de Brig Bay:

Que el reggae suene en una isla de estas características resulta bastante apropiado, porque el ritmo de vida del lugar tiene mucho del perezoso compás de la música jamaicana. No es raro el día que salgo de la cabaña, descubro que el sol brilla, el mar es azul, las palmeras se mecen con la brisa de la mañana y, sin querer, empiezo a tararear esa canción de Bob Marley que dice “the sun is shining, the weather is sweet here” (el sol brilla, el clima es dulce por aquí). Y eso que, en general, el reggae no es una música que me guste. Pero aquí es difícil huir de él y acaba atrapándote.

Te subes a un taxi y lo primero que escuchas es “No woman no cry”. Bueno, lo segundo, porque lo primero es el “hey man” del taxista que dota a la escena de aún mayor autenticidad. “Pues este Supervivientes en Jamaica está resultando muy entretenido”, le dije el otro día en broma a un compañero cuando subimos a un taxi, “a ver si el próximo año vamos a Nicaragua”.

También, si vas andando por la calle, de la mayoría de casas que tengan aparato de música (y cuando lo tienen, lo tienen enorme), saldrá música reggae. Creo que no existe mejor banda sonora que el reggae para un paseo por Big Corn Island. Oliendo la humedad, el sol y las múltiples hogueras, y viendo a las familias sentadas en el porche de sus casas: el padre tumbado en la hamaca meciéndose al ritmo de Sean Paul, la abuela en una mecedora quedándose traspuesta con la poca brisa que se levanta, la madre jugando de rodillas con el niño pequeño, que corre descalzo por el barro detrás de un perro atravesando las sábanas húmedas que cuelgan del tendedero, y los hermanos mayores apoyados en el marco de la puerta intentando aprovechar al máximo el aire de un ventilador oxidado que une el sonido de sus aspas y su giro quejumbroso al de los instrumentos de la canción en cuestión.

E incluso cuando voy al comedor a desayunar, es reggae lo que sale de este pedazo de altavoz que tenemos. No bromeaba cuando decía que aquí los aparatos de música son como las cucarachas: tamaño XXL.

Y aunque el reggae hable muchas veces de paz, amor y buen tiempo, también existen canciones de contenido más chungo. Cuando aún no te has tomado tu primer café, escuchar letras como la de “Bad Boys”, un hit muy pinchado en el comedor, puede quitarte la ilusión de vivir y tentarte a una vida de vicio y desolación (¡pues ahora me tomo tres cucharadas de azúcar! ¡Y doble ración de Nutella! ¡A vivir el lado salvaje de la vida!).

Pero bueno, nada que no anime la tradicional bienvenida a mi departamento: “cintaaaaa, cinta de la nocheeee”. Y es que ya tengo identificadas a las camareras del comedor, que son una muestra perfecta de la realidad musical de la isla. Una, pincha siempre reggae. Y la otra, pincha siempre country. Una de las dos, además, pincha de vez en cuando “¿Y quién es él?” −ya me ha tocado encontrarme a guionistas y editores cantándola a pleno pulmón mientras esperan que salten las tostadas−, pero todavía no sé cuál de las dos es. Seguiré investigando.

El country, la música típica del oeste y las zonas rurales de Estados Unidos, es la otra banda sonora permanente en Corn Island. Cómo ha llegado a tener tanto calado en una isla perdida del Caribe es algo que nadie ha sabido explicarme más que con un “porque nos gusta”. Y gusta tanto que las discotecas de aquí dedican al género una de las dos noches grandes de cada fin de semana. Hagamos un inciso para matizar lo que aquí entendemos por discoteca. Este es el Nico’s, uno de los templos de la noche cornisleña.


Imaginadlo de noche, totalmente oscuro, con una luz de neón azul emergiendo del interior, flashes constantes de colores, y decenas de personas agolpándose a su alrededor. Pues ése es nuestro Amnesia. Nuestro Kapital. O nuestra Posada de las Ánimas, para que nos entiendan los seguidores de Mujeres y Hombres y Viceversa. En la isla, las noches fuertes del fin de semana, los días que se sale, son los jueves y los domingos. Según me han explicado varios locales esto es así por temas religiosos. Aquí se aglomeran varias confesiones, y los días principales de misa son los sábados y los domingos. Así que nadie sale en viernes o sábado para poder ir a la iglesia en plenas facultades. Los días de resaca (“goma” lo llaman aquí) quedan así reservados para el viernes y el lunes. Pues bien, de esos dos días fuertes, el Nico’s, por ejemplo, dedica todas las noches de los jueves a la música country. Los domingos programa reggae.

A mí el country me fascina desde siempre, y creo que no existe mejor música para los atardeceres. Concretamente, para ese momento del día que los franceses llaman “La hora azul” y que los fotógrafos valoran especialmente. El momento mágico en que no es de día ni es de noche. Cuando no hay sombras. Que es también cuando mejor suena una voz femenina sobre una steel guitar cantando sobre amores imposibles, bares, granjas y hombres y mujeres llenos de tentaciones.

Puede que no me convenza del todo empezar el día con el ritmo reggae de un taxista. Pero me encanta recibir la noche escuchando el country lejano de algún vecino. Sobre todo si la escucha se acompaña con un vaso de té helado en la mano, el olor de una parrilla cercana, y el sonido del suelo de madera del porche crujiendo bajo mis pies cuando me asomo para entornar los ojos y despedir el día distinguiendo entre las hojas a la primera luciérnaga de la noche.

17 junio 2010 a las 8:25 por elsuperviviente19

¡Malena Gracia y Sonia Arenas ya están aquí!

Hoy mismo, jueves por la mañana, Malena y Sonia han aterrizado en Corn Island. ¡Las tengo a menos de dos kilómetros a la redonda! En estos momentos estarán ultimando los preparativos para su gran aparición en la gala de esta noche, que se prevé movidita con la llegada de ambas mujeres, curtidas ya en materia de realities: Sonia en Gran Hermano 4, y Malena en Hotel Glam. Y yo confieso que he votado en la encuesta que tiene en marcha Telecinco.es para decidir quién queremos que concurse en Supervivientes. ¿A quién habré votado? La prueba definitiva de que se acerca del advenimiento de estos dos animales televisivos es el hecho de que yo ya dispongo de sus caritas en mi programa de catalogación.

Son las ventajas de Internet. Que ya puedes estar en la isla más recóndita del Caribe que, si tienes una conexión a mano, lo mismo actualizas el facebook para presumir de trabajo, que votas en una encuesta para decidir entre Malena y Sonia. Y es que seremos trabajadores de Supervivientes, amantes de la aventura y todo eso, pero disponemos de una conexión a internet parecida a la que tendríamos en casa. Un lujo. La productora se ha preocupado de tenernos contentos y en los principales hoteles de trabajo disponemos de un wi-fi que nos permite, siempre hablando en términos caribeños, hablar con nuestras familias por Skype, recibir y mandar mails o ver los movimientos de nuestras cuentas. Y no sólo quienes trabajamos en Corn Island. ¡Los que duermen en los cayos también tienen internet allí, en medio de la nada! El nombre de nuestra red no podía ser otro: Supervivientes. Y nuestra contraseña: *******.


En el hotel donde están las salas de montaje y desde donde se envía y recibe la señal de satélite que nos comunica con Madrid, el mejor sitio para pillar buena señal es el comedor. No es raro el momento en que dicho comedor se transforma súbitamente en un cibercafé. Al fondo, una editora habla a su pantalla y se muere de la risa con el chiste que le ha debido contar su novio desde Madrid. A su izquierda, Eva González y su peluquero echan la sobremesa repasando en YouTube grandes éxitos de la copla de hoy y de siempre. A su derecha, un cámara nocturno actualiza su Facebook desde el iPhone mientras se le caen los ojos porque el pobre no ha dormido desde ayer. Un poco más acá, la guionista pide silencio porque está escribiendo un mail de trabajo a Madrid enumerando el contenido de los vídeos que va a enviar por el satélite.

El cocinero, que está bromista, la ve quejarse y sube el volumen del reggeatón para picarla, momento en que entra en escena desde la calle el asistente de la presentadora, que viene con su netbook en la oreja hablando a gritos con su compañero de piso en España y, al oir la música, grita “¡culazo!” y se marca allí mismo unos segundos de perreo. Ay, qué felices nos hace internet.

Lo malo es que podemos pasar de la alegría al llanto con la misma facilidad que Trapote. Porque justo en el momento en que la editora ríe con más fuerza, el peluquero se arranca con las palmas, el cámara nocturno consigue abrir los ojos y la guionista tiene listo el mail del trabajo, se oye una tímida vocecilla que pregunta en alto: “¿se ha caído internet?” Los gestos se ralentizan. Las caras se alargan. Los ojos se abren en señal de incredulidad.

Sólo faltaría que el cocinero DJ pinchara el típico “wua-wua-wuaaaa” de los dibujos animados para poner banda sonora a la escena de crisis. Entonces comienza el baile de técnicas para recuperar la señal. La editora reinicia el ordenador. El asistente de la presentadora se sube a una silla y alza el netbook para ver si por allá arriba se pilla alguna onda. Y uno que se cree muy listo intenta ver si metiendo otra contraseña la cosa funciona y empieza a probar con palabras relacionadas con el concurso: cabaña, telecinco, magnolia, ermitaño… Pero en el fondo todos saben que la única solución verdadera es sentarse a esperar. Que alguna razón habrá para la desconexión y, como ocurre con las hormigas voladoras pero al revés, igual que se va, viene. Éste es el hotel en el que ocurre todo:

Pero además de las redes en el trabajo, y ya dependiendo de la suerte de cada uno, en nuestros alojamientos también tenemos internet la gran mayoría. Mis compañeros que viven en casas particulares tienen más espacio y lujos con los que ni me atrevo a soñar (¡una cocina!), pero a cambio no suelen tener internet en la comodidad de su habitación, cosa de la que sí disfrutamos quienes vivimos en hoteles. Sobre el tema de las casas particulares en las que viven algunos, ronda ahora la leyenda urbana de que uno de los informáticos vive en una que tiene hasta jacuzzi. Entre todos estamos intentando investigar. A ver si logramos confirmar estas informaciones.

Por cierto que, además del de nuestro comedor, en la isla existe otro cibercafé. Uno de verdad.

Y no es que yo quiera criticar ni nada de eso, pero creo que si hubiera un certamen internacional de nombres de negocios poco afortunados, “Inversiones Downs” quedaría, por lo menos, finalista. ¿Cómo puede asociarse la palabra Downs (bajones) a la palabra Inversiones? ¿Qué ganas tendría nadie de invertir en algo así?

Malena y Sonia, seguro que ninguna. Sobre todo porque seguro que se les ocurren otras formas de hacer caja aprovechando el tirón de Supervivivienets. Yo apuesto por una canción del verano cantada a dúo por las dos rubias y con un videoclip de inspiración náufraga.