16 junio 2011 a las 9:52 por elsuperviviente19

Cosas tontas a las que jugamos algunos trabajadores de Supervivientes

De tanto ir a venir a La Ceiba en taxi, el equipo de Supervivientes ya prácticamente nos conocemos a la perfección cada palmera, cada pulpería (una mezcla de chiringuito y ultramarinos) y cada guijarro que nos encontramos en nuestro camino hasta la gran ciudad. En los primeros viajes íbamos fijándonos en cada detalle, y sólo nos faltaba sacar medio cuerpo fuera y dejar la lengua colgando agitándose en el aire para disfrutar más del trayecto.

Pero hoy, seis semanas y cuarenta idas y vueltas después, el paisaje se nos repite como en una serie de animación de Hanna & Barbera. Así que hay que inventar nuevos entretenimientos para estos viajes. Lo normal es comentar los últimos acontecimientos del concurso (¡vuelven a tener fuego en Playa Uva!, ¡Sonia ha lanzado un vaso de isotónico a Tony!), pero el otro día, un grupo de trabajadores del programa inventamos, en un alarde de creatividad, tres juegos de carretera que nos están solucionando los trayectos desde entonces. Son juegos que están evidentemente relacionados con el reality show que nos traemos entre manos. Y que, como bien escribía un redactor hace dos días, es el más visto de España. Ahí es nada:

Pero basta de presumir. Volvamos a los juegos. Tres guionistas, la minutadora de los leotardos a rayas y un archivador, nos pasamos todo un viaje de vuelta al hotel participando en los siguientes concursos. Que tienen nombres sospechosamente parecidos a ¿Quién quiere ser millonario? Ya veremos si no terminamos vendiendo el formato a alguna productora:

1. ¿Quién recuerda más nombres de concursantes de Supervivientes?

Las reglas son sencillas. Cada participante debe decir el nombre de algún concursante de la edición actual o de cualquier edición pasada. Bueno, no de cualquiera: como somos de un corporativo que tira para atrás, decidimos limitarnos a las seis ediciones con famosos emitidas por Telecinco. Además, hay que recordar el nombre pero también el apellido. Quien no sea capaz de añadir ningún nombre, será eliminado. El primero en abrir fuego fue el guionista de Debate, y la cosa empezó muy fluida con los nombres de esta edición: que si Kiko Rivera, que si Sonia Monroy, que si José Manuel Montalvo… Incluso recordamos los apellidos de la mayoría de anónimos: Diego Durán, Carolina Córdoba, Rosi Arcas… Al fin y al cabo, llevamos seis semanas leyéndolos diariamente en las paredes de las salas de edición:

Después de agotar la edición 2011, la mayoría tiramos por nombres de ganadores: Nilo Manrique, Miriam Sánchez, Mayte Zúñiga… La minutadora y el archivador fueron los primeros en quedarse sin recursos. Un guionista del resumen de La Siete cayó después. Al final, el guionista de Debate (el mismo de los duelos semanales con el dato de audiencia, el Billy el Niño del share) y yo, quedamos enfrentados en la gran final. En la que recordamos nombres de lo más variopinto: Verónica Hidalgo, Aída Yéspica, Rebeca Loos, Pedro Oliva o Miguel Such. Que no se diga que nos somos seguidores del programa.

Tras un duro enfrentamiento lanzándonos nombres el uno al otro, al final fui yo quien se alzó con la victoria. El último nombre que mencioné fue el de Esmeralda Marugán. A esos niveles nos movíamos ya. Si hubiera sido un concurso de verdad, acordarse de la participación de la periodista en 2006 equivaldría sin duda a responder la pregunta del millón de dólares.

2. ¿Quién sabe cantar la música de la cabecera de Supervivientes?

Parece fácil, pero no lo es. Y lo sabemos porque ya hemos estado algún jueves, esperando impacientes a que comience la gala, intentando tararear la musiquita con la que da comienzo el programa. Por alguna razón, la melodía es bastante difícil de recordar. Y no sólo eso, sino que es habitual salirse por peteneras y acabar tarareando otras sintonías.

Aquel día, en el taxi, el juego consistía en ver quién era capaz de tararear la música del tirón, sin equivocarse, y en una sola oportunidad. Yo casi siempre empiezo bien: tan, tan, tan, tan, tan…, pero llega un momento alrededor del quinto tan en el que la melodía se me escapa a Los Ángeles de Charlie. No puedo evitarlo. Al archivador, la minutadora y el guionista les pasa parecido. Una terminó tarareando Piratas del Caribe, otro viró voluntariamente a Se me enamora el alma y el último no recordaba ni la primera nota. Fue el guionista de Debate, cómo no, el único que fue capaz de emular la sintonía a la perfección: tan, tan, tan, tan, tan, tan, TAAAAN Y es que el truco resulta estar en ese séptimo tan. Que es mucho más agudo e intenso de lo que yo pensaba. Gracias a ese truco, ahora ya soy capaz de no entonar Los Ángeles de Charlie. La próxima vez que juguemos, gano.

3. ¿Quién puede repetir tres veces el nombre de un redactor?

Pero no el de un redactor cualquiera. Se da la circunstancia de que uno de nuestro redactores tiene un nombre trabalingüístico que ni Pablito el del clavito. Atención: Gabriel Clavero. Leído así no parece para tanto. Pero reto a todos los lectores a decir ese nombre, en alto, tres veces seguidas, sin liarse. Tranquilos que no es Bitelchús y no va a aparecerse a vuestro lado en forma de fantasma juerguista. Nosotros tuvimos que hacer varias rondas hasta que por fin uno de los guionistas consiguió culminar la hazaña. Y no es sencillo. Cuando le conté al mismísimo Gabriel Clavero que habíamos utilizado su nombre como trabalenguas, me reconoció lo difícil que es pronunciarlo. Ahora que lo pienso: ¿será capaz el propio Gabriel Clavero de repetir su nombre tres veces seguidas? Esta tarde, en la reunión, le lanzaré el desafío.

 

31 mayo 2011 a las 11:19 por elsuperviviente19

Los autobuses amarillos de las series americanas

Viviendo en este microcosmos en el que vivimos el equipo de Supervivientes, lo más lógico es que cuando consigues unas horas libres entre reunión y reunión, resumen y resumen, o edición y edición, te apetezca salir de nuestro particular barrio residencial para descubrir nuevo mundo. Más o menos como cuando Cristóbal Colón miraba al mar y se preguntaba qué habría más allá, nosotros miramos hacia el camino que lleva a la salida del hotel, con una mano a modo de visera sobre los ojos y con la boca abierta, y nos preguntamos: “¿qué habrá allá fuera?”.

El destino principal es La Ceiba, la ciudad que tenemos a unos treinta kilómetros de distancia. Sea para ir al cine, para ir a buscar un ventilador de repuesto para el portátil (que tiene especial tendencia a estropearsepor estos lares, doy fé), o para hacer la compra porque siempre llega un momento en que se te acaban los Froot Loops, La Ceiba es la gran metrópolis a la que dirigirse. Y son tres las opciones principales de transporte que tenemos para llegar hasta ella: primero el taxi, que apenas tiene gracia; después el auto stop, que mola bastante; y, por último, el autobús escolar, que es la repanocha.

Son varios los países latinoamericanos que cubren su infraestructura de transporte público con los clásicos autobuses escolares americanos. Son vehículos que el gobierno de Estados Unidos exporta a estos países una vez que ellos los retiran de sus calles. Y sí, son los típicos autobuses amarillos que hemos visto en tantas series y tantas películas. El que conduce Otto, de Los Simpson. El que cogía Kevin Arnold para llegar al colegio en Aquellos maravillosos años. Esos autobuses campan a sus anchas por Honduras y son lo que más a mano nos pillan al equipo del programa para llegar hasta La Ceiba.

Los que saben de mi tendencia a transformar la realidad en película entenderán cuál puede ser mi reacción ante uno de estos autobuses. Y porque no tengo la cocina muy surtida, que si no, siempre que voy a La Ceiba me llenaría una lonchera con sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada. Y saldría corriendo por la puerta de casa con una mochila a cuestas para no perder el autobús. Y me pondría en la parada que queda justo a la salida del hotel a esperar el School Bus, preparado para un nuevo día de High School tratando de inventar alguna excusa para explicarle a la Señorita Krabappel porque no tengo hechos los deberes de matemáticas.  Pero no. Cuando subes al autobús no te encuentras en los primeros asientos a un empollón resolviendo el cubo de Rubik ni a unos abusones fumando en los asientos traseros. Te encuentras al conductor, al revisor, y al montón de gente que se dirige, digo yo, a sus trabajos, sus casas o las casas de sus parejas. El trayecto cuesta menos de medio euro, no te lo cobra el conductor sino una especie de revisor con muy buena memoria para las caras, y te plantas en La Ceiba en poco más de media hora.

Que los autobuses son norteamericanos se nota por todas partes. Y no porque cuando subes casi parece que va a sonar una cancioncilla y van a sobreimpresionarse en el aire los nombres de los actores de la teleserie que de repente protagonizas, sino porque dentro abundan las banderas de barras y estrellas y las pegatinas del tipo “God Bless America”. Cuando llega el revisor fisonomista y te reclama el precio del billete, casi resulta extraño pagarle con una decena de lempiras y no con un puñado de dólares.

El otro día, en uno de estos viajes fugaces a la ciudad, descubrí en mi asiento, justo debajo de la ventanilla, una inscripción que ponía:

P – R
29-05-1993.

Y claro, viendo eso, y sabiendo de donde vienen estos autobuses, no pude evitar imaginarme la escena. Imaginé a Penny y a Robert encontrándose en esos mismos asientos una calurosa mañana de mayo. Seguro que a Robert le encantaba la forma en que Penny se colocaba su pelirrojo cabello detrás de la oreja. O la manera en que el sol de la mañana brillaba en su aparato dental cada vez que ella le sonreía al verle subir al autobús. Debió ocurrir en algún pueblo de Ohio, o quizá de Missouri. Seguro que se cogieron de la mano aquella mañana. Y seguro que escribieron sus iniciales y marcaron aquella fecha debajo de la ventanilla junto a la que yo iba sentado porque fue ese el momento en que supieron que estarían juntos para siempre.

La razón de mi viaje a La Ceiba ese día era conseguir unos pósters para decorar mi habitación, que tengo los típicos cuadros marineros que no me convencen lo más mínimo. Ni en papelerías ni en supermercados encontré nada. Pero fue justo cuando ya me volvía dando la misión por imposible, cuando encontré un videoclub que tenía la entrada empapelada con carteles de películas. Me costó un poco convencer a la dueña de que me vendiera algunos, pero al final lo conseguí. Así que el mundo puede respirar tranquilo: ya no duermo bajo el dibujo desgastado de un barco velero, sino bajo un cartel de Scott Pilgrim contra el mundo, que fue lo mejor que encontré. Habría que chequearlo, pero es más que probable que en esa película también aparezca uno de esos autobuses escolares amarillos.

29 abril 2011 a las 10:06 por elsuperviviente19

Lo que nos queda por delante

Hola, hola. Probando. Un, dos, tres. ¿Se me lee? Aquí El Superviviente 19 emitiendo directamente sobre el Océano Atlántico. ¡He vuelto!

Con una nueva edición de Supervivientes a punto de comenzar (¡y qué edición, señores!), regreso yo también para contar cómo me irá la vida en estos tres meses de grabación del programa. Ya hemos barrido las hojas secas del blog, hemos soplado la capita de polvo que se le había formado por encima, hemos quitado algunas telarañas de las esquinas y ha quedado listo para ponerlo a funcionar otra vez. Este año con twitter incorporado. Bienvenidos a la Segunda Temporada de El Superviviente 19. Qué ganas tenía de volver. Qué. Ganas. Tantas, que ni siquiera he esperado a llegar a Honduras para ponerme a escribir. Así que aquí estoy, tecleando mientras floto en el aire, encajonado en el centímetro cúbico de espacio vital que ofrecen las aerolíneas a sus sufridos pasajeros.

A mi lado duerme uno de los cámaras del equipo, que posee el don de quedarse dormido allá donde sea. “En cualquier cosa que tenga motor, me quedo frito al instante”, me ha explicado mientras se tapaba con la manta. “Incluso en el helicóptero que nos llevaba a la isla el año pasado”, ha añadido antes de cerrar los ojos. Ahora duerme ya a pierna suelta. Sólo le ha faltado el colacao calentito. Y eso que en este vuelo él y yo estamos sentados en los sitios malditos de cualquier avión transatlántico: los dos que quedan en el medio de la fila central de cuatro asientos. Es decir, tienes gente a un lado, a otro, delante, detrás, y ni siquiera puedes consolarte mirando el ala del avión a través de una triste ventanilla de plástico. Con lo que me gusta a mí imaginar que una criatura malvada camina por el ala rompiendo los motores y cortando cables, movimientos que se adivinan cuando le iluminan los relámpagos de la increíble tormenta que ha estallado en el exterior. El juego que da la ventanila de un avión (y haber visto todos los capítulos de ‘En los límites de la realidad’), y yo aquí en el asiento más aburrido de todo Iberia.

Qué iluso, que me he venido de casa con un cojín a cuestas, con su funda del Ikea y todo, pensando que así aumentaría el confort de estas once horas de travesía. Al final me encuentro encerrado en una celda no mucho mayor que las que usan las abejas para criar a sus larvas. Y el cojín, pues en el suelo, que no tengo donde apoyarlo. Para eso me hubiera traído el felpudo de casa, que ocupa menos y sabe decir ‘hola’. Por suerte traigo un ordenador pequeñito, que más o menos encaja en la mesilla plegable: si abriera aquí un portátil de tamaño medio la tecla de la letra A me quedaría sobre el regazo del cámara (y le despertaría en cuanto quisiera escribir ‘Aída’), y el Intro sobre la rodillas de la mujer salvadoreña que tengo al lado. ¿Duerme ella también? Anda, pues sí. Qué bien. En fin, intentaré no hacer ruido con las teclas.

Pero bueno, a lo que iba. ¡Que vuelve Supervivientes! Y la edición se presenta interesante con esa lista de famosos (los anónimos aún están por descubrir) que prometen mantener bien agitados los Cayos Cochinos, el curioso nombre del archipiélago hondureño al que regresa el programa. Volvemos a la localización en la que ya transcurrieron tantas ediciones anteriores. Al clásico por excelencia del concurso. Con su Cayo Paloma y su Cayo Timón. Como debe ser. El equipo en esta ocasión estaremos alojados en tierra continental, en la ciudad de La Ceiba, a unos cuarenta minutos en lancha de la isla de los concursantes. Pero ya habrá tiempo de contar todo eso.

Porque ahora mismo La Ceiba se ve tan lejana como la Ciudad Esmeralda de Oz. Sólo que nuestro camino no se compone de baldosas amarillas, sino de horas: once horas de avión hasta San José de Costa Rica; tres o cuatro horas de escala en ese aeropuerto; otro par de horitas de avión para viajar hasta San Pedro de Sula, ya en Honduras; y tres horas más de autobús para llegar a nuestro destino. Cuando lleguemos, mi hijo que aún no ha nacido se estará graduando en la universidad. Le llamaré desde allí a Boston para que me cuente qué tal le ha ido en Harvard.

Pero como bien dicen los americanos: ‘no pain, no gain’. O lo que es lo mismo: sin dolor no hay victoria. Así que este dolorcito pasajero de tener que escribir con los codos juntos (y rezando para que el pasajero de delante no decida reclinar su respaldo y seccionarme por la mitad con el teclado de mi propio ordenador) no es más que una chuchería comparado con la victoria que supone volver a estar al comienzo de una nueva edición de Supervivientes.

Justo ahora empiezan tres meses de aventura. Sólo en este preciso momento puedo decir que aún lo tengo todo por delante. Y es increíble lo bien que me suena la idea.