8 julio 2010 a las 17:03 por elsuperviviente19

Celebrando el triunfo con langostas rojas

Muchos miembros del equipo de Supervivientes celebraron el pase de España a la final del Mundial cenando una buena langosta. Y yo podría haber cenado el doble para celebrar también el pase de Holanda. En efecto, la final se disputa entre mis dos nacionalidades. ¡Gano el mundial sí o sí!
Y es que va a quedar muy mal decir esto cuando tenemos a siete personitas pasando hambre en los Cayos Perlas, pero el equipo del programa llevamos ya una semana poniéndonos ciegos a langostas. ¿Por qué? Pues porque hace tan sólo siete días, el 1 de julio exactamente, se levantó la veda y comenzó por fin la temporada del preciado crustáceo. Antes podías pedirla, pero era congelada o medio ilegal. Y El Caribe no es del todo Caribe si no puedes meterte entre pecho y espalda un bicho feísimo de ocho patas y dos pinzas cuando te venga en gana.


Cosa que hasta ahora no habíamos podido hacer y que resultaba de lo más frustrante, porque el restaurante al que íbamos, restaurante que mostraba una kilométrica sección en su carta con un listado superapetecible de langosta en todas sus variantes: a la plancha, a la brasa, a la barbacoa, con salsa de tomate, al ajillo, al estilo caribeño, bañada en oro… Y la frustración venía porque justo cuando empezabas a salivar y hacías un gesto con los ojos a la camarera para preguntar si estaban disponibles todos esos platos, la mujer truncaba la fantasía marisquera con una mirada al calendario de la pared y un repetitivo: “hasta el 1 de julio no tenemos langosta”. Entonces la langosta caricaturizada en el menú parecía cobrar vida como el Sebastián de ‘La Sirenita’, empezaba a agitar la cola en un desafiante gesto de “me mirarás pero no me catarás”, y bailaba alegre desde el papel de la carta al son del ‘chincha rabiña’.
Pero las tornas han cambiado. Me río yo ahora de todas esas langostas dibujadas en los menús. Días antes de la llegada del mes de julio, empezaron a proliferar de manera alarmante estas cajas por la isla:


Esas cajas son las trampas con las que se atrapan las langostas. Un hombre al que pregunté mientras apilaba un montón en su barca me contó cómo funcionaban. Primero se les pone un poco de cebo en el interior. Un cebo que, por cierto, me pareció rarísimo: cuero de vaca. Después las trampas se lanzan al fondo del mar y se dejan allí durante días. Las langostas, atraídas inexplicablemente por la piel endurecida de La Vaca Paca, entran en la jaula y ya no pueden salir. Pobres. Momento en que el pescador sube las trampas y… ¡tachán!, langostas para todos.

Qué pena que los concursantes que aún permanecen en el programa no tengan acceso a este blog porque si leyeran esto podrían construirse una trampa con cuatro palos y la piel de la maleta de Parada y darse un buen festín como un cámara, redactor o guionista cualquiera. Se me ocurre que, en futuras ediciones, podría ofrecerse como recompensa de uno de los juegos, un minuto de acceso a Internet. ¿Qué mirarían primero los concursantes? ¿Sus correos electrónicos para comunicarse con sus familias? ¿La cotización de la bolsa? ¿La audiencia del programa en Vertele? ¿El blog Desde el Palafito? ¿Preferirían actualizar su estado de Facebook? ¿Sería alguno tan astuto como para entrar a la página de Carrefour y hacer una compra on-line? Mira, ya hay una razón más para hacer Supervivientes 2011: descubrir qué harían nuestros concursantes con un minuto de acceso a la red.

Pero volvamos al mundo de la langosta, toda una institución aquí. Un taxista me contaba que el 80% de la población de la isla vive de ella. Debo decir que el taxista conducía y bebía cerveza al mismo tiempo así que nos tomaremos el dato con prudencia, pero sirve para pillar la idea básica: que es muy importante. La gran mayoría se exporta a Estados Unidos y Canadá (seguimos manejando datos del taxista cervecero), y la minoría se queda para consumo local. Consumo que habrá aumentado considerablemente con la presencia de decenas de españoles victoriosos aprovechando la ganga que supone para nuestros bolsillos.


Si hace dos semanas lo más cool entre el equipo era haber sido invitado a una cena con lentejas, hoy en día no eres nadie si todavía no has probado la langosta. Conversaciones y más conversaciones se van hilando con recomendaciones sobre los mejores restaurantes, las mejores recetas, valoraciones del sabor según la intensidad del rojo de la cáscara, debates que enfrentan al marisco caribeño contra el gallego, y disertaciones surrealistas como una que comenzó con la pregunta: “lo que tienen las langostas en la cara, ¿son antenas o bigotes?”.
De nada sirvió intentar desviar la conversación. “¿Os habéis enterado de que Parri y María José ya no se llevan bien con el resto del grupo?”, se atrevió a preguntar un incauto. Entonces alguno del grupo le miró, le chistó, y se llevó el índice a la boca para indicarle que se callara. Después prosiguió la conversación: “no sé si serán antenas o bigotes, pero ya te digo yo que las langostas no tienen cara”.


Gracioso ha sido el equívoco que he tenido yo con la misteriosa leyenda de La Langosta Blanca. Resulta que durante estos dos meses de veda, he escuchado a alguna gente de la isla hablar de la langosta blanca. Yo imaginaba que sería una especie autóctona de aquí, alguna variante albina del crustáceo, y la idea no me podía resultar más exótica. Creo que hasta he debido decirle a algún compañero: “pues en cuanto empiece la temporada, yo me voy a pedir langosta blanca. Seguro que está más rica que la normal”.

Ahora que por fin ha empezado, me dio por preguntar al cocinero del hotel a qué sabía la dichosa langosta blanca. Primero se rió pensando que bromeaba. Luego frunció el ceño. Y después ladeó la cara pensando para sus adentros “pobre inocente”. Resulta que la “langosta blanca” es un término que se utiliza en el argot del narcotráfico en ciertas partes de la costa nicaragüense. Cuando un barco cargado de cocaína es perseguido por las autoridades, los traficantes optan por lanzar la mercancía al mar. Más tarde, espontáneos de los pueblos costeros cercanos al lugar del lanzamiento salen a “pescar” los paquetes de droga para revenderla. De ahí lo de “langosta blanca”. Ya sabéis qué no hay que pedir en un restaurante de Nicaragua. Si se pide langosta, se pide Roja. Como nuestra selección.

17 junio 2010 a las 8:25 por elsuperviviente19

¡Malena Gracia y Sonia Arenas ya están aquí!

Hoy mismo, jueves por la mañana, Malena y Sonia han aterrizado en Corn Island. ¡Las tengo a menos de dos kilómetros a la redonda! En estos momentos estarán ultimando los preparativos para su gran aparición en la gala de esta noche, que se prevé movidita con la llegada de ambas mujeres, curtidas ya en materia de realities: Sonia en Gran Hermano 4, y Malena en Hotel Glam. Y yo confieso que he votado en la encuesta que tiene en marcha Telecinco.es para decidir quién queremos que concurse en Supervivientes. ¿A quién habré votado? La prueba definitiva de que se acerca del advenimiento de estos dos animales televisivos es el hecho de que yo ya dispongo de sus caritas en mi programa de catalogación.

Son las ventajas de Internet. Que ya puedes estar en la isla más recóndita del Caribe que, si tienes una conexión a mano, lo mismo actualizas el facebook para presumir de trabajo, que votas en una encuesta para decidir entre Malena y Sonia. Y es que seremos trabajadores de Supervivientes, amantes de la aventura y todo eso, pero disponemos de una conexión a internet parecida a la que tendríamos en casa. Un lujo. La productora se ha preocupado de tenernos contentos y en los principales hoteles de trabajo disponemos de un wi-fi que nos permite, siempre hablando en términos caribeños, hablar con nuestras familias por Skype, recibir y mandar mails o ver los movimientos de nuestras cuentas. Y no sólo quienes trabajamos en Corn Island. ¡Los que duermen en los cayos también tienen internet allí, en medio de la nada! El nombre de nuestra red no podía ser otro: Supervivientes. Y nuestra contraseña: *******.


En el hotel donde están las salas de montaje y desde donde se envía y recibe la señal de satélite que nos comunica con Madrid, el mejor sitio para pillar buena señal es el comedor. No es raro el momento en que dicho comedor se transforma súbitamente en un cibercafé. Al fondo, una editora habla a su pantalla y se muere de la risa con el chiste que le ha debido contar su novio desde Madrid. A su izquierda, Eva González y su peluquero echan la sobremesa repasando en YouTube grandes éxitos de la copla de hoy y de siempre. A su derecha, un cámara nocturno actualiza su Facebook desde el iPhone mientras se le caen los ojos porque el pobre no ha dormido desde ayer. Un poco más acá, la guionista pide silencio porque está escribiendo un mail de trabajo a Madrid enumerando el contenido de los vídeos que va a enviar por el satélite.

El cocinero, que está bromista, la ve quejarse y sube el volumen del reggeatón para picarla, momento en que entra en escena desde la calle el asistente de la presentadora, que viene con su netbook en la oreja hablando a gritos con su compañero de piso en España y, al oir la música, grita “¡culazo!” y se marca allí mismo unos segundos de perreo. Ay, qué felices nos hace internet.

Lo malo es que podemos pasar de la alegría al llanto con la misma facilidad que Trapote. Porque justo en el momento en que la editora ríe con más fuerza, el peluquero se arranca con las palmas, el cámara nocturno consigue abrir los ojos y la guionista tiene listo el mail del trabajo, se oye una tímida vocecilla que pregunta en alto: “¿se ha caído internet?” Los gestos se ralentizan. Las caras se alargan. Los ojos se abren en señal de incredulidad.

Sólo faltaría que el cocinero DJ pinchara el típico “wua-wua-wuaaaa” de los dibujos animados para poner banda sonora a la escena de crisis. Entonces comienza el baile de técnicas para recuperar la señal. La editora reinicia el ordenador. El asistente de la presentadora se sube a una silla y alza el netbook para ver si por allá arriba se pilla alguna onda. Y uno que se cree muy listo intenta ver si metiendo otra contraseña la cosa funciona y empieza a probar con palabras relacionadas con el concurso: cabaña, telecinco, magnolia, ermitaño… Pero en el fondo todos saben que la única solución verdadera es sentarse a esperar. Que alguna razón habrá para la desconexión y, como ocurre con las hormigas voladoras pero al revés, igual que se va, viene. Éste es el hotel en el que ocurre todo:

Pero además de las redes en el trabajo, y ya dependiendo de la suerte de cada uno, en nuestros alojamientos también tenemos internet la gran mayoría. Mis compañeros que viven en casas particulares tienen más espacio y lujos con los que ni me atrevo a soñar (¡una cocina!), pero a cambio no suelen tener internet en la comodidad de su habitación, cosa de la que sí disfrutamos quienes vivimos en hoteles. Sobre el tema de las casas particulares en las que viven algunos, ronda ahora la leyenda urbana de que uno de los informáticos vive en una que tiene hasta jacuzzi. Entre todos estamos intentando investigar. A ver si logramos confirmar estas informaciones.

Por cierto que, además del de nuestro comedor, en la isla existe otro cibercafé. Uno de verdad.

Y no es que yo quiera criticar ni nada de eso, pero creo que si hubiera un certamen internacional de nombres de negocios poco afortunados, “Inversiones Downs” quedaría, por lo menos, finalista. ¿Cómo puede asociarse la palabra Downs (bajones) a la palabra Inversiones? ¿Qué ganas tendría nadie de invertir en algo así?

Malena y Sonia, seguro que ninguna. Sobre todo porque seguro que se les ocurren otras formas de hacer caja aprovechando el tirón de Supervivivienets. Yo apuesto por una canción del verano cantada a dúo por las dos rubias y con un videoclip de inspiración náufraga.