17 mayo 2011 a las 10:52 por elsuperviviente19

Mi salto del helicóptero. Más o menos

Una de las cosas buenas que tiene trabajar rodeado de selva es que en un minuto determinado puedes estar metido en una reunión como el más profesional de los profesionales, y al minuto siguiente puedes estar en una poza de agua dulce, con catarata incluida y mariposas tornasoladas volando a tu alrededor como el más Indiana Jones de los Indiana Joneses. Porque digo yo que el plural de Jones será Joneses. Otra cosa que tampoco está nada mal es salir de una reunión y poder tomarte un zumo de papaya con estas vistas:

A pocos kilómetros de nuestras casitas amarillas de Perdidos se encuentra la llamada Poza de la Sirena. De las atracciones turísticas que tenemos al alcance te enteras lógicamente en los pasillos o en el comedor. No creo que exista ninguna guía turística que recoja tanta información como la que puedes recibir entre sala y sala de edición. Siempre hay alguien que habrá abierto camino, generalmente alguno de los más veteranos. Hay gente en el equipo, unos pocos elegidos, que viven ya su sexta edición en el programa, y su cuarto año en Honduras. Me contaba el otro día una editora que entre dos ediciones del programa que se emitieron más seguidas de lo habitual (las de 2007 y 2008), había tenido la sensación de ser residente en Honduras y haberse ido de vacaciones a España unos meses. Son estas almas experimentadas quienes abren la veda y recomiendan destinos.

Después, la información vuela de redactor a redactor en las barcas que los llevan a los cayos; de guionista a minutadora mientras repasan los cangrejos que ha cazado Sonia Monroy durante la noche; y de auxiliar de producción a alguien de taller mientras ultiman algún detalle del juego de inmunidad.

La Poza de la Sirena resultaba ser uno de los destinos más recomendados para una primera excursión porque queda bastante cerca. Tanto, que casi te da tiempo a ir sin que Kiko Rivera se haya levantado todavía de su siesta diaria. Así que el otro día, dos aguerridos guionistas de Supervivientes partimos hacia la legendaria poza. Yo, que entro en modo cinematográfico en un plis, me imaginé enseguida como Michael Douglas en Tras el corazón verde. Si tuviera la capacidad para el disfraz del extraterrestre Roger de Padre made in USA (o de Mortadelo, sin ir más lejos), habría salido por la puerta con un un pantalón de dieciocho bolsillos, un látigo, un sombrero, una cantimplora colgando del pecho y blandiendo un machete a diestro y siniestro. La realidad fue más de andar por casa: bañador, chanclas, camiseta y toalla.

Y eso que el camino tenía su aquel. Desde la carretera, hay que subir por un camino cada vez más salvaje, sorteando las lianas, huyendo de las termitas y escuchando a lo lejos los tambores de alguna civilización perdida que quería cocinarnos en una enorme olla con cebollas flotando. Vale, estoy exagerando. Se llega a pie más o menos cómodamente. Pero es que el escenario invita a la exageración. Yo hasta tenía la sensación de que el Dr. Livingstone se nos iba a aparecer en cualquier momento. Al final, lo que se nos apareció fue esto:

Ni la piedra verde de Michael Douglas hubiera tenido mejor pinta. La poza es un salto de agua situado entre un montón de vegetación en donde lo único que se oye es la caída de agua y los cantos de las aves y los insectos. El típico lugar paradisíaco que se utiliza en los anuncios de gel de ducha. Y esas mariposas enormes que son oscuras con las alas cerradas pero que las abren y te deslumbran con un azul tornasolado, existen. Volaban por allí tranquilamente mientras nosotros alucinábamos con lo fría que estaba el agua. Acostumbrados ya a la alta temperatura nivel infusión de las piscinas, y a la temperatura nivel café con leche de bar de menú del día que tiene el Mar Caribe, casi perdemos el dedo gordo al introducirlo en las heladas aguas de aquel lugar.

Si algo tiene de bueno La Poza de la Sirena, más allá de su publicitaria belleza, es que cuenta con unas rocas altísimas desde las que saltar al agua. Y claro, la analogía es inmediata: todo trabajador de Supervivientes que se ha lanzado desde ellas ha sabido lo que deben sentir los concursantes al saltar del helicóptero. Y puedo asegurar que ese salto tiene incluso más mérito del que parece. El de los concursantes, digo. Que el de la poza en realidad no es para tanto, por mucho que impresione cuando subes. Ahí estábamos los dos guionistas, con los dedos de los pies asomando por la roca, mirando hacia abajo, hacia las profundidades del agua cristalina, pero con los talones tan clavados a la piedra como clavada estaba Rosa Benito al asiento del helicóptero.
Tres niños que no nos llegaban ni a la cintura aparecieron de repente, subieron a las rocas con habilidad caprina, y saltaron al segundo haciendo piruetas que ni Greg Louganis. Éste es uno de ellos cayendo al agua:


Y nosotros ahí, mirando como pasmarotes. “¿Ustedes no saltan?”, nos dijo uno de los chicos después de su exhibición, gritando desde el agua sobre el estruendo de la catarata. En el tiempo que nosotros tardamos en decidirnos, él y sus amigos saltaron unas treinta y cuatro veces más.
Pero finalmente llegó el momento. Me imaginé a Jorge Javier Vázquez dándome paso después de publicidad. “¡Es el turno de Paul!”, gritaba el presentador desde plató. La corriente de aire de las hélices me empujaba hacia abajo. Un compañero cámara hacía equilibrios en el pedal del helicóptero para capturar mi salto. Pobre. Así que desclavé un talón. Después el otro. Y salté. He aquí la prueba:

Lo dicho: no era para tanto. Pero ahora puedo certificar que si los concursantes se agarran a las puertas de ese helicóptero como los niños a la puerta de casa en el primer día de colegio, es porque un salto así impresiona más de lo que parece.

14 julio 2010 a las 9:48 por elsuperviviente19

El Superviviente 19 en la isla de los concursantes: La Trilogía. (Parte I)

Tanto Superviviente 19 que me hago llamar, y todavía no había pisado la isla de los concursantes. Habráse visto semejante morro. Pero tranquilos todos, la tremenda carencia ha sido ya subsanada. El pasado viernes éste que escribe pisó Wild Cane Cay, el cayo en el que aún luchan por la victoria Trapote, María José, Parri, Deborah, Malena y Sonia Arenas Beach.

Cuando salté de la panga y mis pies se hundieron en la misma arena de playa en la que se tumban los concursantes, casi sentí la necesidad de arrodillarme para besar el suelo, como hace el Papa, y después salir corriendo en dirección a la cabaña, plantarme junto al fuego, y ponerme a maquinar estrategias diciéndole a Parri “yo también quiero estar en la final”. Pero claro, no pude hacer nada de eso. Los traslados del equipo a la isla de los concursantes tienen que ser sobrios, discretos e impersonales. Además la barca encalla a bastante distancia del campamento de los concursantes. Ni se dieron cuenta de que llegábamos.

Así que simplemente contuve las ganas de involucrarme, agarré una bolsa con comida para los redactores, y me dirigí hacia la caseta del equipo como si tal cosa. Un pequeño demonio apareció en mi hombro derecho con el sonido de un chispazo y me dijo: “pues vaya superviviente 19. Viviendo tranquilamente en Corn Island. Con comida, techo e internet de banda ancha. Parada sí que fue el Superviviente 19. O Malena, o Sonia. Tú eres un fraude“. La tortura psicológica del bichejo rojo continuó hasta que un angelito amable apareció en mi otro hombro acompañado por un sonido de arpa y me dijo: “sólo tú eres el Superviviente 19. Tú llegaste antes. Parada, Malena y Sonia son los supervivientes 20, 21 y 22″. Por supuesto, decidí quedarme con la versión del angelito. Qué respiro.

Pero empecemos por el principio. ¿Qué demonios (“tú eres un fraude…”) hacía yo en la isla de los concursantes? Pues a ver. Como ya sabrán los seguidores del blog, gran parte del equipo que hacemos el programa trabajamos exclusivamente en Corn Island. Cayos Perlas nos queda a veinte minutos en helicóptero. Que no sale barato y rara vez puede transportar a gente que no vaya por motivos de trabajo. Por eso hay que aprovechar las ocasiones en que pueda haber una plaza libre en el helicóptero para ir de visita a ese otro mundo. Y a mí me tocó el pasado viernes.

Anda que no iba yo contento caminando por la pista del aeropuerto con la imagen del helicóptero militar al fondo. Automáticamente, el discurrir del tiempo se ralentizó. Me imaginé caminando a cámara lenta, el sol pegándome en la cara, y gotas de sudor resbalando por mi cara. A mis espaldas, una muchedumbre emocionada asistía al inicio de mi arriesgado viaje. Sobre los hombros de sus padres, los niños me miraban y pensaban “de mayor quiero ser como él”. Una chica agarraba la alambrada con la mano, acercaba su rostro al metal y susurraba: “que tengas suerte, estaré esperándote”. Y mi madre, en algún lugar, se enjugaba las lágrimas con un pañuelo blanco, orgullosa pero temerosa del destino de su hijo.

Cuando llegué a la escalerilla, escoltada por tres hombres vestidos de camuflaje, pensé en llevarme la mano a la frente, cuadrarme y decir: “ánimo señores, esta guerra es nuestra”. Pero cuando abrí la boca, mis palabras fueron otras: “¿puedo hacer una foto?”. Entonces todo volvió a la normalidad. Miré hacia atrás y no había muchedumbre, ni niños admirados, ni chica en la verja. Y mi madre estaría en casa preparando unas lentejas viendo ‘Sálvame’ (o El Canal de las Estrellas, que desde que tenemos digital está enganchada al canal principal de su México natal).

“Las fotos quedan más bonitas cuando llegamos al cayo”, me dijo uno de los militares. Decidí hacerle caso, no llegué a sacar la cámara, y subí al helicóptero. Sólo faltaba una jaula de gallinas y un paracaidista temeroso diciendo que no saltaba para sentirme en un episodio de ‘El equipo A’.

Fue entonces cuando caí en un dato que, sorprendentemente, no había pensado hasta ese momento. ¡Estaba en el mismo helicóptero desde el que Consuelo Berlanga se había lanzado al vacío! Por supuesto, me puse uno de esos chalecos salvavidas y me asomé a la puerta por la que saltan (ahora mismo no sé si es una puerta o un simple agujero, porque nunca la vi cerrada) mientras sobrevolábamos el Mar Caribe.

Uno de los militares me observaba desde un ojo de buey en la puerta de la cabina. Y seguro que pensó: “pff, turistas”. Pero bueno, ahí estaba yo, con medio cuerpo asomado al vacío, la camiseta inflada haciéndome parecer King Africa, la matraca de la hélice taladrándome el oído, y poniéndome en la piel de tantos y tantos concursantes que han convertido el salto del helicóptero en uno de los momentos álgidos de cada edición. Y debo decir que la altura impresiona. Aunque miedo no me dio. De hecho hasta me tentó la idea de dar un pasito y dejarme caer cual Trapote a merced del viento. Pero claro, tenía la cámara en la mano y no me venía nada bien. Otro día.

Mientras sobrevolábamos Cayos Perlas, con la cara estirada hacia atrás por la fuerza del aire, un manto azul a mis pies, y un montón de islitas verdes desperdigadas por ahí, recreé en mi cabeza la banda sonora de ‘Piratas del Caribe’ y me sentí protagonista de una peli de aventuras en toda regla. Por eso le dije al loro que apareció de repente en mi hombro: “este es uno de los mejores momentos de esta aventura en Nicaragua. Ahora, a por los doblones”.

El helicóptero aterrizó, como hace siempre que traslada al equipo, en un cayo diminuto, poco más que cuatro palmeras y una pista de arena. He visto a niños jugar en cajones de arena más grandes que el Cayo Helipuerto. Y comprobé que los militares tenían razón: las fotos quedan mejor en el cayo.

Con una mano en la frente para hacerme sombra en los ojos, miré hacia el horizonte. Allí estaba la silueta de Wild Cane Cay. La aventura no había hecho más que comenzar.

Continuará…