28 mayo 2011 a las 4:44 por elsuperviviente19

La forma correcta de ver una gala de Supervivientes

Otra vez rozamos el 25% de share con la gala del pasado jueves. Es lo que pasa cuando una tonadillera viuda de un célebre torero llama a un hijo que ha naufragado en una isla con cámaras de televisión y valora la posibilidad de abandonar por una enfermedad crónica. Si algún otro programa ha ofrecido un espectáculo así en la historia de la televisión en España, que me mande un mail y me lo cuente. SMS, burofax, twitter o whatsapp también me sirven. Ante tal panorama, la gente se quedó pegada a la pantalla, claro. Gente con gota y sin gota. Por cierto que si Isabel Pantoja pudo ver y pudo hablar con su hijo Kiko, fue gracias a este aparato, que envía nuestra señal de los cayos a España:

Ya casi se está convirtiendo en tradición que, la noche de los jueves, el equipo hagamos tiempo hasta la 01.00h de la mañana de aquí para esperar a que se publiquen los datos de audiencia en las webs televisivas españolas. Unos esperan en el bar comentando los grandes momentos de la gala. Otros pasan el rato en sus casitas amarillas dando un paseo por los cien mil canales que tenemos sintonizados. A muchos otros les toca trabajando. Sin ir más lejos, una mitad del departamento de guión y edición del resumen diario siempre estamos liados a esas horas haciendo precisamente eso: el resumen de la gala que se emite los viernes en La Siete.

En realidad, a partir de las 00.50h, ya estamos todos con los pulgares en el Smartphone, o las garras sobre el portátil, dando como posesos al botón de actualizar el navegador. Si saber el dato de audiencia fuera un duelo del lejano Oeste, el más rápido con las pistolas sería nuestro guionista de Debate. El chico tiene sus hilos y maneja ciertos contactos inalcanzables para el resto de los mortales (por seguir con el símil del western, yo diría que debe ser hijo del sheriff). Un día le voy a proponer que peguemos nuestras espaldas en alguno de los caminos que comunican nuestras casas y que avancemos quince pasos en direcciones opuestas. Sólo el que antes se dé la vuelta y grite al otro el share de la última gala se librará de la horca en la plaza del pueblo. Aunque casi  mejor sería inventar una condena a la orca, sin la h, que queda más de Supervivientes morir a las fauces de un mamífero marino asesino que a las de una vulgar cuerda.

Aunque mejor no me pongo demasiado creativo con el castigo al perdedor del duelo porque estoy seguro de que lo perdería yo. Ese guionista de Debate es realmente el Billy el Niño de las audiencias. Quince minutos antes de que nos enteremos los demás, él ya ha publicado el dato hasta en su Facebook. Es como el Lucky Luke de los ratings, que era capaz de disparar antes de que su propia sombra desenfundara el arma.

Estas primeras cuatro semanas, el momento de comunicarnos la audiencia unos a otros ha sido siempre un triunfo para todos. Porque creo que casi nadie esperaba realmente unos datos tan impresionantes. Así que los “¡bien!”, los “¿veinticinco otra vez?” y los, “¡el próximo jueves llegamos al 30!” son las frases con las que venimos acabando cada jueves desde hace un mes.  Una nueva tradición que se une a otras tantas de cada jueves de gala.

En efecto, los trabajadores de Supervivientes desplazados a Honduras somos hombres y mujeres de costumbres. Como los amish. Generación tras generación, año tras año, una serie de costumbres milenarias se han transmitido de editores veteranos a editores noveles. De redactores en la edición dominicana, a redactores en las ediciones hondureñas. Ritos y costumbres que nos unen unos a otros y hacen que pervivan la esencia y la identidad de la tribu de los prime times. Tradiciones inquebrantables como ésta:

En efecto: comerse un helado viendo la gala es toda una institución cultural en la población supervivientil. Y mira que hace frío en la sala de visionado, pero si el peso de la tradición dicta que en alguna de las pausas publicitarias debe bajarse a la tienduca de recepción a por un helado, se baja. Y punto. Polos de piña colada, de fruta tropical, y el equivalente al Magnum que hay por estas tierras, que se llama Giga, son nuestros claros favoritos. Se ve que aquel helado de nance que probé y no me gustó, tampoco ha tenido gran calado entre mis compañeros.

Otra tradición: vestir con la ropa oficial del programa en día de gala. Todos los jueves, en los pasillos de edición, se impone la etiqueta. Y la etiqueta consiste en ponerse la clásica camiseta con el logo de Supervivientes. No es que se prohíba el paso a quien no la lleve, que tampoco somos una de esas discotecas de postín, pero tiene su punto ver nuestra puesta de largo semanal vestidos precisamente así: de largo. Aunque lo de ‘de largo’ no sea más que un decir. Si la camiseta ya es de por sí de manga corta, la gran mayoría hemos optado por hacerla aún más corta a golpe de tijera. Los chicos solemos hacer desaparecer las mangas completamente. Las chicas, además, cortan por lo sano y adiós cuello.  Y es que, aunque la gente que trabaja en los cayos lleva siempre esta equipación cuando está entre concursantes, al personal de tierra firme nos hace ilusión llevarla aunque sea ese día. Que para algo la tenemos. He aquí una muestra del pelotón SV en formato Cinemascope:

Así que helado en mano y uniformados con la camiseta oficial tijereteada al gusto asistimos el pasado jueves a esa llamada telefónica que tuvo en vilo, no ya al 25% de la audiencia, sino al 40%, que fue el share que alcanzamos en ese momento. Si el helado y la camiseta son los talismanes que tanta suerte nos están dando, veo a estas tradiciones permaneciendo vigentes por los siglos de los siglos. Amén.

12 mayo 2011 a las 7:02 por elsuperviviente19

Un hombre contra el sol

Me he quemado. Tenía que ocurrir. Lo que pasa es que me da rabia porque ha sido por un error de principiante. Mira que he estado yo pendiente de ponerme crema. Me la he puesto incluso en ocasiones que, en total, habré estado expuesto al sol un total de quince minutos. Porque al final siempre pasa algo y hay que quedarse en la sala de edición mucho más de lo que pensabas. Si la luz de los monitores quemara como la del sol, ahora mismo mi cráneo descansaría en el suelo del hotel como una de esas calaveras con cuernos que se ven en el desierto. Con su gusano saliendo por el agujero de lo que fue una nariz y entrando en la cuenca del ojo que ya no está.

Pero después de todas esas aplicaciones de crema que al final no sirvieron para nada, hoy he tenido por fin mis dos horas seguidas de exposición al sol junto a la piscina. Con su emepetrés, su agua, su toalla y su todo.  Por cierto que por aquí, en muchos sitios, si pides una botellita de agua en un puesto callejero te dan esto:

Literalmente, una bolsa. Que la abres de un mordisco en una esquina y te la bebes apretando cual bota. Y te la bebes de un trago claro, porque eso no hay quien lo cierre o lo apoye en ningún lado.

Pero a lo que iba. Que estaba listo para irme a la piscina. Sólo me faltaban las gafas de buceo para transformarme en el Curro aquel de los anuncios. ¿Qué le suele pasar a la gente despistada? Que se olvida de las cosas. ¿Y qué me ha pasado hoy a mí? Que se me ha olvidado, no sé muy bien cómo, extenderme la crema precisamente en la parte delantera del cuerpo. Lo que viene a ser el pecho y la tripa. O el abdomen, que suena mejor. En algún momento del consabido circuito cara-brazos-hombros-pecho-abdomen-piernas se me ha debido ir el santo al cielo (quizá pensando en si acabarán tirándose de los pelos literalmente Aída y Rosa Benito), y he acabado saltándome una cuarta parte de la superficie de mi cuerpo. Paradójicamente, la frontal. La más accesible. La que nunca se olvida nadie. Empeines, corvas y costados son grandes olvidadas, pero el pecho… ¿a quién se le olvida el pecho?

Así que me ido para allá, todo confiado con mi invisible traje a prueba de rayos solares, y me he tumbado como un pepe desafiando a un sol tropical que no se anda con chiquitas. Imaginemos el sol más duro, del día más caluroso, del mes de julio del año más seco de la última década en España.  Pues bien, ese sol es Tony Genil. Y el sol de aquí es Jacobo Ostos.

Y ahí estaba yo. Disfrutando de la música, moviendo el piececito sobre la tumbona al ritmo de alguna canción de Robyn. Todo ello creyéndome el más listo en mi ten con ten frente al Astro Rey. En mi duelo personal contra Ra. Mi careo con Lorenzo (nombre éste que, por cierto, sirve de título a un antiguo éxito de Sonia Monroy que bien merece una búsqueda en google). Mi batalla contra Helios. Ahí, a panza descubierta. Si la crema solar fuera ropa, yo estaba vestido con un pantalón y dos medias de futbolista en los brazos desde los puños hasta los hombros. El resto, al aire.

Hago un inciso para mostrar otras cosas que el Sol sabe hacer por aquí. Hace dos días, un arco iris perfectamente circular lo rodeó durante horas. Los famosos lo vieron en Cayo Paloma. Y nosotros lo vimos aquí. La foto me la ha prestado amablemente una de las minutadoras, que yo no tuve la cámara a mano en ese momento:

Mola, ¿eh? Pero volvamos a mis quemaduras. El huevo que me fríen en una plancha en el desayuno del hotel recibe menos calor que el que ha debido recibir mi piel descremada esta mañana. Y yo tan contento dentro de mi imaginaria escafandra de Nivea. Porque resulta que la piel es un poco traicionera y no te avisa en el momento. No es una Aída que grita a la primera de cambio, no. Es más bien una Jessica Bueno que se aguanta y llora en silencio. Así que feliz y contento me he tomado hasta un helado mientras mi epidermis se sofreía a fuego lento. El helado era éste:

De sabor a nance. Que hay que probarlo todo y esto sonaba exótico. El nance son unas bolitas amarillas que son primas de las cerezas pero mucho menos dulces. Seamos francos: no me gustó nada. Por eso no me importó que el invento se me derritiera entre los dedos en un nanosegundo. De hecho no sé muy bien si me lo comí yo o mi codo, porque desde allí goteó al suelo más de la mitad del polo.

Comido el helado, bebida el agua, escuchada la lista de reproducción y empapada la toalla, terminó la freiduría y partí hacia la primera reunión de contenidos para conocer lo ocurrido en la isla durante la mañana. Y no fue hasta por la tarde, cuando me preparaba precisamente para la segunda reunión, la del fin del día, cuando me quité la camiseta frente al espejo y descubrí que me había convertido en Sebastián, el cangrejo de La Sirenita.

Ahora mismo, si me coloco en una esquina de una calle, los coches se pararían. Estoy más rojo que mi móvil Bird de Tigo. Y si me bajo un poco el pantalón, la marca dibuja por toda mi cintura la bandera de Indonesia. Preveo una noche complicada. Y mañana toca gala. La segunda. Sólo puedo pensar en una cosa: verla tumbado boca abajo en el suelo de la sala de visionado. Ese que siempre está tan frío. Oh, fríoooo…

4 junio 2010 a las 11:03 por elsuperviviente19

¿Qué se habla después de una gala?

El comedor, los jueves por la noche, es el mejor lugar para enterarse de cómo ha ido el directo de puertas para adentro. Eso sí, hay que hacerlo rápido, porque todos los implicados en la grabación de la gala llegan derrotados de vuelta a Corn Island y huyen despavoridos hacia el primer taxi que pasa en cuanto le dan el último mordisco al flan. Eso cuando no es la propia comida la que amenaza con pegarte un mordisco a ti, porque a veces en el comedor tenemos esto:


Hasta da miedo acercarse. Cualquiera le clava un tenedor a ese bicharraco. El caso es que entre conversaciones sobre lo rico que ha quedado precisamente el flan, lo mucho que pica el repelente cuando te tocas la boca después de haberte rascado una zona donde te lo habías aplicado, y a cuánto hay que poner el aire acondicionado porque con esto de los Fahrenheit nadie nos enteramos de nada, lo más normal es que comentemos los nominados, los expulsados y la entrevistas en plató como si fuéramos espectadores del programa. Así que anoche hablamos de la expulsión de Víctor, de la nominación de Óscar, Mireia y Trapote, del rebote de Parada… También debatimos durante un rato sobre si a Trapote la está manteniendo en la isla la gente que la quiere o la gente que la odia.

Pero lo más divertido es enterarse del backstage de la gala. Ayer por ejemplo, el realizador me contó que, de repente, se había encontrado al operador de la cabeza caliente andando por el cayo con un huevo en la mano. ¿Por qué? Pues porque una gallina había entrado en el lugar donde duerme el equipo que trabaja allí, y había puesto ese huevo sobre su cama. Además, mientras el operador le contaba esto al realizador, un perro pasó al lado de ellos con la escaleta del programa en la boca. Llegamos a la conclusión de que no existe ahora mismo otro programa en la televisión en el que el equipo pueda protagonizar una situación de este calibre.
Por la mañana, antes de que empezara el visionado de la gala, y como tenía el día libre, decidí darme un paseo por uno de los cementerios de la isla. Ése en el que podría haber acabado si el coco que cayó delante de mí lo hubiera hecho sobre mi cabeza. Si las coladas tendidas dicen mucho de los habitantes de una casa, los cementerios también dicen mucho de los habitantes de una comunidad. De éste, lo que más llama la atención es, sin duda, su ubicación en primera línea de playa.

También me ha sorprendido lo pequeño que parecía, puesto que me había dicho un taxista que era uno de los principales de la isla. Cuando le comenté este hecho a otro taxista, se dispuso a explicarme la razón de tan inquietante misterio. Entonces la radio de su coche se desintonizó. Nubes negras cubrieron el cielo. Las hojas de las palmeras se agitaron a merced de un viento huracanado. El graznido de un cuervo se escuchó cerca. Un rayo cayó justo delante del coche y erizó nuestros cabellos con electricidad estática. Fue cuando el taxista me miró, abrió unos ojos inyectados en sangre y, con voz de ultratumba, me dijo: “es que hay gente que entierra a sus muertos en su propio jardín”. Evidentemente la cosa no ocurrió tal cual, pero bien podría haberlo hecho, porque sí que fue ésa, literal, la explicación que el buen taxista me ofreció. Durante unos segundos me sentí protagonista de un episodio de ‘Historias de la cripta’. Y como yo tiendo a creerme lo que la gente me cuenta, a partir de ahora miraré a los jardines de las casas de por aquí con otros ojos. ¿Quién sabe qué misterios pueden esconderse, por ejemplo, tras las paredes de esta casa tan de película?:


Tras bajarme del taxi de Jason Voorhees, todavía con el susto en el cuerpo, descubrí en una pulpería el que puede ser el helado de la temporada. Llevaba tiempo observando a gente variada disfrutar por las calles de un apetitoso polo de color rojo chillón. Pues bien, resulta que el invento no es más que un Flash al estilo nicaragüense. Ahora mismo no sé si la palabra Flash se utiliza igual en toda España, así que me refiero a esos polos de agua congelada con sabor a cosas súper artificiales que vienen como en cilindros de plástico. Pues bien, he aquí la versión isleña:

Más casero, imposible. Una bolsa cualquiera, un montón de agua, colorante, algo de sabor y hala, a congelarlo. El 100% de los colegiales de por aquí y un servidor, no necesitamos más para alcanzar la felicidad que ir chupando un plástico helado que además luego te deja la lengua roja. Justo cuando me lo terminé y acabé con la cara y las manos pegajosas, recordé una de esas preguntas que tanto nos hacemos la gente del equipo: ¿harán los hielos con agua purificada? Casi me entra la risa. Lo que acababa de comerme no era un hielo. Era casi un iceberg. Así que la suerte está echada. Si estos flashes de por aquí no están hechos de agua purificada, veremos hasta qué punto mi organismo se ha adaptado a estos ambientes.