8 junio 2010 a las 9:56 por elsuperviviente19

Un fin de semana de descubrimientos

El fin de semana ha transcurrido tranquilo aquí en Corn Island. Aunque el equipo trabajamos los siete días de la semana, y un sábado puedes tener el mismo trabajo que un martes, parece que nos resistimos a abandonar la tradición del finde y es en viernes y sábados cuando se organizan las jaranas.

Durante este fin de semana además hemos tenido de invitados a Víctor, que no ha tardado ni un segundo en afeitarse, y a Parada que, sorprendentemente, ha permanecido con los pantalones puestos durante toda su estancia.

Yo, además, durante estos días he hecho cuatro descubrimientos importantes:
1. Quienes sigan este blog conocerán la historia de mi gorra desaparecida. También conocerán la historia de la mujer coleccionista de billetes a la que doné un billete de 5 euros por el bien del legado numismático en Corn Island.

Pues bien, estaba yo llegando a trabajar el sábado (lo dicho, aquí trabajamos todos los días) cuando vi, justo detrás de la pulpería que regenta La Coleccionista, al taxista que me devolvió la gorra lavando su taxi a manguerazos. Fue como una revelación. Dos de mis personajes favoritos de la isla, de repente, compartían un espacio. ¿Cuál sería la relación entre ellos?

El caso es que yo venía de pedalear durante veinte minutos bajo el abrasador sol tropical de las ocho de la mañana -lo cual se traduce en: camiseta empapada hasta el nivel de transparencia total (“ese chico va desnudo”, creo que se cuchichearon dos niñas al verme pasar), crema expulsada en forma de ríos blancos por los brazos y respiración entrecortada-, así que no era el momento más apropiado para entrar a preguntar nada.

Pero después, por la tarde, en la sagrada hora de la merienda, me fui para allá y me encontré con La Coleccionista. Que fue cuando metí la pata hasta el fondo. Porque ya aviso que a mí esto de adivinar las edades no se me da muy bien.

Calculé, a ojo, la edad del taxista, y la edad de la mujer, y llegué a mis propias conclusiones. “¿Su hijo es taxista?”, le pregunté. Ella me miró con esa sonrisa que no pierde nunca y me contestó: “No, el taxista es mi marido”. Supongo que en ese momento los dos nos dimos cuenta de lo que implicaba mi inoportuna pregunta, pero ambos decidimos dejarlo pasar y proseguimos la conversación como si nada, los dos celebrando las casualidades de la vida.

Yo no sé si esto es producto de vivir en un territorio de 12 km2 o si es el Universo el que maquina un plan supremo que lo equilibra todo a nuestras espaldas, pero anda que no es fuerte que la coleccionista a la que yo di 5 euros y el taxista que guardó mi gorra durante días para poder devolvérmela… ¡sean marido y mujer! ¿Cuál sería el siguiente paso en este ciclo karmático? Creo que algo así:


2. También quienes sigan este blog sabrán cuál es la comida que más echo de menos en la isla: el Whopper. Ya pedí perdón en su momento por no echar de menos el ibérico y las tapas así que no creo que sea necesario reiterarme en la disculpas. Pues bien, no es difícil imaginar cómo se me quedó la cara cuando leí lo siguiente en la carta de un restaurante de por aquí:


“Hamburguesa de carne. Igualita que la del Burger King, pero mucho mejor”. No podía creer lo que veían mis ojos. Celebré el descubrimiento con voces y algarabía. Me faltó tiempo para pedir una. Esto fue lo que me trajeron:


¿Veredicto? Lo que dice la carta es mentira. Nada que ver con la original de la cadena americana. Aún así, era bastante mejor que la que comí la otra vez. Y me ha servido para quitarme el mono. Ya hablo como una Bea La Legionaria de las hamburguesas…

3. Mi tercer descubrimiento del fin de semana han sido los plátanos cuádruples. Aquí en la isla, todo el equipo somos clientes del mismo operador de telefonía móvil (ya le hice la publicidad en la entrada correspondiente).

Pues bien, esta compañía nos somete a un desasosiego constante porque, dependiendo del día, la recarga de dinero que metas a tu tarjeta puede duplicarse, triplicarse… ¡e incluso cuadruplicarse! De esto te enteras el mismo día gracias a los mensajes que envía la compañía. Pero claro, ¿y si recargo hoy, que es doble, y mañana resulta que es día cuádruple, cómo voy a mirar a la gente a la cara? Aunque visto de otra forma, ¿y si no recargo hoy, que es doble, y mañana es sencilla, y no hay triple hasta dentro de una semana y la boda de mi hermana es el sábado y llego sin saldo al día D? Total que esto de las recargas es un sin vivir.

Pero lo realmente curioso es que algo similar, por increíble que parezca, ocurre con los plátanos. Volvía yo de un descanso en la playa cuando decidí alimentarme del producto local y comprar unos plátanos en esta frutería tan apetecible:


Me pedí unos plátanos que compartí con una compañera. Y sí, a ti te dan un plátano. Pero lo que te comes, en medidas españolas, no es un plátano. Porque una sola banana de ésas tiene alimento para cuatro familias numerosas, y aún sobra plátano para hacer un par de Banana Split. ¡Qué barbaridad! “Yo creo que he comido tres plátanos españoles”, dije al acabar el mío. “Lo mío equivaldrían a cuatro”, dijo mi compañera tirando la única monda a una papelera. Así que, igualito que con las recargas telefónicas, aquí un plátano puede valer por dos, por tres, o incluso por cuatro.

4. Y, por último, alegría al descubrir que Parri y Eva González publicitaron subliminalmente mi blog con el resultado de la prueba de líder del pasado jueves:

21 mayo 2010 a las 9:12 por elsuperviviente19

Un toque de surrealismo

Tres semanas por esta isla y no he hablado extensamente de ninguna de sus playas. Me voy a inventar sobre la marcha la excusa de que no lo he hecho porque quería solidarizarme con esos concursantes anónimos que tanto se han quejado de haber pasado dos semanas en la selva, y no en una playa como ellos esperaban. Ahora que ya están todos unificados en Buttonwood Cay y que Miguel y Román, los que más lo pidieron, podrán echar horas y horas en la playita, no hace falta que me solidarice con nadie y puedo hablar ampliamente sobre las fantásticas playas de Big Corn Island.

Silver Sand fue la primera que conocí. Que significa Arena Plateada, para aquellos que no terminaron el curso del Opening. Es la playa que tenemos más cerca quienes trabajamos en South End, uno de los centros neurálgicos de la producción.

El dato de la proximidad es relevante: si las cintas que estás esperando llegan más tarde de lo normal porque la barca o el helicóptero que las transporta ha tenido alguna incidencia, puedes incluso regalarte un chapuzón rápido si te das mucha prisa.

Aunque lo suyo es ir a Silver Sand con tiempo, durante una mañana libre, para que no te suene el móvil justo en el mágico momento en que estás haciendo el muerto en el agua, escuchando las olas sobre tu propia respiración. Porque una llamada de trabajo mientras estás flotando con el sol en la cara provoca una sensación de coitus interruptus similar a la de pasarte horas acomodándote en el sofá, arremetiendo la manta por aquí y por allá para que no te entre frío y, justo cuando vas a poner la cabeza en el reposabrazos para disfrutar de un telefilm basado en hechos reales, descubrir que te has dejado el mando encima de la tele.

Aquí ya me ha tocado tener que volver corriendo a mi puesto de trabajo con el bañador chorreando, las gafas de bucear puestas, una ristra de algas enganchadas al tobillo, y un montón de locales gritándome “¡Corre Forest, corre!”.

Vale, puede que no ocurriera exactamente así, pero yo es lo que imaginaba mientras me desvivía por llegar a tiempo y no perderme un solo segundo del material grabado. Que uno nunca sabe cuando Bea la legionaria va a destapar un complot, o cuando Carla va a decir que se quiere ir por enésima vez. Y ya os digo también que no es buena idea meterse en una estancia con el aire acondicionado a todo meter, el bañador calado, y un montón de aparataje eléctrico a tu alrededor.

Si alguna vez Informativos Telecinco cuenta que un trabajador de Supervivientes ha muerto electrocutado, es muy probable que sea yo y este blog deje de actualizarse. Sólo espero que alguien tenga el detalle de quitarme las gafas de buceo y la ristra de algas del tobillo antes de enterrarme.


La playa de Silver Sand mola porque tiene arena muy blanca y agua muy azul. Pero además tiene algas y rocas que siempre te garantizan un mínimo de fauna. Que las playas exclusivamente arenosas son muy bonitas para tomar el sol y pasear, pero son un rollo si llevas aletas y gafas.

El otro día me aburrí tanto en una de ésas (venga arena blanca, venga arena blanca), que me limité a observar detenidamente a través de mis gafas de buceo cómo se me iban arrugando las yemas de los dedos. Que, por cierto, me explicó un guionista que eso se produce porque se te llena de agua el espacio entre la dermis y la epidermis. Y me dio un poco de grima, la verdad.

En cualquier caso, la arena de Silver Sand es fantástica para hacer cosas como escribir mensajes promocionales de este tipo:


En un extremo de la playa de Silver Sand se encuentra un restaurante regentado por una mujer llamada Lola, a la que el equipo conocemos como Mamá Lola. De hecho, también llamamos Mamá Lola al sitio en sí (es la casa roja que se ve al fondo en la primera foto). “¿Dónde cenas hoy?”, dice uno. “En el Mamá Lola”, contesta otro. Creo que todas las noches hay alguien del equipo que cena allí. Y son varias las fiestas que ya han acontecido en su interior. Mejor dicho exterior, que estando enclavado en ese entorno cualquiera se queda dentro.

El sitio tiene fama por lo bien que se come, aunque mi experiencia personal fue un poco frustrante. Si le preguntáramos a mis compañeros qué es lo que más echan de menos de la comida en España, la gran mayoría contestaría sin dudarlo: “el jamón serrano”. Pues bien: yo lo que más echo de menos es un Whopper.

Sé que no es español, pero ahora mismo es la cena que más echo de menos de Madrid. Pido perdón mil veces a la excelencia culinaria de mi país, pero es lo que hay. Soy así. Por eso viví con alegría el momento en que alguien me dijo que en Mama Lola servían hamburgesas. El único lugar de toda la isla que lista tan delicioso sándwich en su menú.

Tanta era mi ilusión que la decepción estaba prácticamente garantizada. Y al final me la llevé. Pero me sirvió para aprender la lección: ¿qué hago yo pidiendo una hamburguesa en un sitio que sirve langosta a la caribeña y camarones al ajillo? Mea culpa. Me autocastigaré obligándome a escribir cien veces en la arena de Silver Sand: “no volveré a anteponer comida basura a marisco del bueno”. Y ya que me pongo, escribiré otras cien: “aprenderé a valorar el jamón serrano como se merece”.

A un extremo de Silver Sand está el Mamá Lola. Al otro, andando unos minutos por la orilla, te encuentras con un paisaje que podría haber pintado Salvador Dalí. Un paisaje como éste:


Un montón de troncos y árboles que han llegado hasta tierra arrastrados por la corriente y que se amontonan formando esta imagen tan surrealista. Un día voy a conseguir un reloj. Voy a colocarlo sobre una de esas ramas. Voy a esperar a que el calor del sol lo derrita. Y voy a recrear “La persistencia de la memoria”, en vivo, aquí en Corn Island.