27 julio 2011 a las 8:01 por elsuperviviente19

Lo que ya se queda atrás

En estos momentos cuento las horas para que venga a recogerme el autobús con el que iniciaré el viaje de vuelta a España. Ese larguísimo viaje de regreso a casa en el que casi da tiempo a sacarse unas oposiciones. O a que evolucionen un par de especies animales. Si cuando baje del avión en Madrid las ranas han empezado a volar, no me extrañará lo más mínimo. Al fin y al cabo, desde que se publique esta entrada hasta que pueda leer vuestros comentarios -decidme adiós, que me hará ilusión-, habrán pasado casi dos días enteros.

Aún no he hecho la maleta ni he empezado a recoger nada, pero da igual. Salimos a una hora tan intempestiva que me da tiempo a hacerlo todo incluso después de cenar. Nuestra última cena, qué increíble. Tengo la sensación de que desayuné mis primeros Froot Loops esta misma mañana. ¿Y cuál será mi última cena? Pues aún no lo sé, pero si hay opción de pasta, será pasta. Que para enfrentarse a una maratón viajera como a la que nos vamos a enfrentar parte del equipo de Supervivientes hay que surtirse bien de energía en forma de carbohidratos.

Y digo parte del equipo porque estamos volviendo en bandadas. Como los pelícanos de Cayos Cochinos, pero sin pico ni pescados en el buche. Aunque un sandwichito de pollo sí que habrá que meter en la mochila que luego te da el hambre a las seis de la mañana en San Pedro Sula y las cafeterías no han abierto todavía. A lo que iba: que yo, y otros muchos, ya hemos terminado nuestra labor en el programa, pero aún se queda gente aquí con mucho trabajo por delante.

La última cena aún no sé cuál será, pero la última comida ha sido ésta:


En efecto: unas hamburguesas del Wendy’s en la piscina del hotel. Wendy’s es una cadena de hamburgueserías norteamericanas, que tiene por logo a una pizpireta niña de trenzas y que, por alguna razón, no triunfó en España. Resulta que estábamos esta mañana apurando las últimas horas de sol -yo metido en el agua, con la cabeza apoyada sobre los brazos flexionados en el bordillo, escuchando la emisora country que tenía sintonizada un vecino- cuando hemos tenido la idea de hacer algo diferente para esta última comida.
Nadie quería abandonar la piscina, así que se imponía comer en las tumbonas. Solución: llamar a nuestro taxista de confianza para que hiciera nuestro sueño realidad. Una hora y 850 lempiras más tarde, y tras hablar directamente con la cajera del Wendy’s via Tigo, cinco hamburguesas aparecían sobre las toallas de un cámara, un digitalizador, un minutador y dos guionistas. Y no unas hamburguesas cualquiera, no. Unas que se llaman Baconator: nombre de cyborg mitad robot mitad tocino que helaría la sangre de cualquier vegetariano. Saborear comida rápida bajo el sol y junto a la piscina: experiencia veraniega recomendada.

Lógicamente, mientras masticábamos las hamburguesas hemos dicho unas cuantas veces que era nuestra última comida en Honduras. Y eso que ya hemos superado la fase esta-es-la-última-vez-que. Ahora estamos en la fase del adiós. Al menos yo. Que llevo desde esta mañana despidiéndome de todo cuanto cruza frente a mí. Sea el Director del programa o el último tazón de Froot Loops. Adiós comedor. Adiós muchacha de la plancha, echaré de menos tus baleadas. Adiós casa. Adiós lagartija del techo, mis noches no serán igual sin tus cacareos. Adiós piscina. Adiós sala de edición, siempre recordaré lo divertido que era escuchar al revés los diálogos de los concursantes o sus nombres en boca de Jorge Javier: Aaasor, Anaaitát, Aiiinós (porque resulta que si la editora le daba a no sé qué tecla la reproducción se hacía a la inversa y lo escuchábamos todo en plan mensajes satánicos de disco de Los Beatles). Adiós escolopendras. Adiós autobuses escolares. Adiós todo.

Y, oh qué pena, adiós blog. El blog también acaba. Porque acaba el viaje y mi aventura en Supervivientes (mi concursante favorita la desvelaré a través de Twitter durante la gala final). Tres meses después de aquella primera entrada del blog titulada Lo que nos queda por delante, todo eso que me quedaba por delante acaba de quedarse atrás. Y aunque ya entonces suponía que se me venían encima noventa días intensos, no imaginé ni de cerca que Supervivientes 2011 fuera a convertirse en lo que se ha convertido. De hecho, creo que nadie lo esperaba: un fenómeno televisivo que hacía tiempo que no se daba en la televisión española. Ya todo el mundo sabe lo que ha significado para la cadena y para la audiencia gracias a la televisión y las noticias. Pero sólo vosotros sabéis lo que ha significado para mí gracias a este blog.

Porque también vosotros habéis vivido durante tres meses en unas casitas amarillas sacadas de la serie Perdidos. También vosotros habéis creído ver el logo de Supervivientes allá donde posarais la mirada. Habéis estado sentados en un muelle con los pies colgando, habéis sentido el escalofrío cuando la minutadora de los leotardos a rayas se aparecía junto a vosotros, habéis pasado un día entero descalzos. Habéis estado conmigo dentro de la palapa buscando una llave en el jardín de fuego. También vosotros habéis sentido el aire golpear vuestra cara al viajar en una pick up, habéis olido las muñequeras de repelente de mosquitos, y habéis descubierto a qué sabe el nance o lo que hay detrás de una catarata.

Y por eso ante vosotros me quito la gorra, la gorra de El Superviviente 19, para dirigirla al cielo de Honduras y sacudirla en un sincero y amistoso: “¡Hasta pronto!”.


19 julio 2011 a las 6:26 por elsuperviviente19

Con los dedos de dos manos

Justo hoy llegamos al día en que podemos contar las jornadas que nos quedan aquí en Honduras con los dedos de un único par de extremidades. Qué pena. Además, señales de que esto se acaba las hay ya por todas partes.


El otro día estaba yo en el comedor esperando que la simpática muchacha de la plancha terminara de prepararme una baleada para desayunar (una exquisitez típica del desayuno hondureño a la que me he enganchado tarde, y que consiste una tortilla de harina rellena con frijol machacado y queso en formato ligeramente empanadillesco), cuando llegaron dos compañeros hambrientos que habían pasado la noche en el cayo y se pidieron una tortilla. Una tortilla de huevos, de la de siempre, pero a la que aquí se refieren como omelette para no confundir, precisamente, con las tortillas con las que se hacen las baleadas.

Oí que hablaban de cosas del concurso, que si Aída tal, que si Sonia tal cual, que si Jeyko no sé qué. Hasta ahí todo bien. Pero entonces, estando yo aún con el plato en ristre esperando que la consabida baleada cayera sobre él, les escuché mencionar una palabra prohibida. Maleta. ¡Estaban hablando ya de cómo iban a hacer la maleta de vuelta! La definitiva. La de esto-se-ha acabado-nos-volvemos-a-Madrid.

Para mí fue como si la música del comedor se interrumpiera y saliera de los altavoces la tocata y fuga en re menor. Escuchar hablar por primera vez de esa inminente maleta que sobrevuela nuestro futuro próximo supuso todo un impacto. ¡Pero si ayer estaba yo cerrándola en Madrid! De hecho creo que incluso tengo cosas que aún no me ha dado tiempo a sacar. Habrá camisas a las que he me llevado tres meses de viaje y desplazado un total de 20.000 kilómetros para trasladarlas desde un cajón… hasta ese mismo cajón. Pobres.

El recuerdo constante de que estamos en la recta final de esta edición acecha allá donde vayas. Desde el mencionado comedor, hasta tu propia sala de trabajo. No me había yo repuesto aún de la tragedia maletera del desayuno, cuando me toco entrar a editar mi parte del resumen del día siguiente. Y me tocaba precisamente resumir la noche y las primeras horas del pasado sábado, que es el tramo en el que colocamos el rótulo que indica el número de jornada en que se encuentran los concursantes. Aluciné cuando miré el calendario que tenemos para ello:

Día 73. Increíble. Tengo la sensación de que hace nada el editor y yo escribimos Día 4 (aviso: que nadie saque conclusiones precipitadas de los días extras que aparecen en ese calendario). Jacobo andaba por allí, los anónimos estaban en un barco fantasma, y casi nadie en esa isla era capaz de pescar o abrir un coco. ¿Y ahora? Ahora Rosa es capaz de abrirlo con los dientes y hasta Jessica se desenvuelve bien con el machete. Lo que han aprendido. Por cierto que, ahora que menciono el coco, parte del equipo estamos viviendo nuestra propia obsesión paralela con el fruto de las palmeras. Últimamente no hay comida, cena, merienda, partida de cartas, visionado de película, reunión casual, o apertura de sobre en la que falte el coco.

No llegamos a sufrir de ansiedad como Rosi, pero si en la mesa no hay un vaso con agua de coco ni rulan platos con los trocitos que alguien logra separar de la corteza en el fregadero, como que nos falta algo. Y claro, ¿qué hacen un montón de trabajadores de supervivientes cuando se les pone un coco delante? Pues tratar de demostrar lo mucho que han aprendido observando a los concursantes durante meses. Que ya adelanto que no es mucho.

El primer paso del enrevesado proceso para comerse un coco lo tenemos todos muy claro. Perforar dos agujeritos para sacar el agua. Los cocos que conseguimos nosotros son de esos que ya están duros, no los verdes enormes que los concursantes tienen que pelar durante horas. Los mismos que te venden en los supermercados españoles, para entendernos. Pero a partir de ahí, las técnicas varían.

“Dale golpecitos con el cuchillo, que llega un momento que se abre solo por la mitad”, indicaba en una comida una redactora que ha visto hacerlo así a Montalvo, con el machte, un montón de veces. El digitalizador procede a ello con un triste cuchillo de cocina y claro, quince minutos y ochocientos golpes después, el resultado no es el mismo. El coco sigue intacto. “Meted el cuchillo por el agujero y haced palanca”, aconseja uno de Producción. Y el digitalizador, obediente él, se dispone a hacerlo. Pero no hay forma. El cuchillo no cabe en ese agujero.

Yo siempre recomiendo la misma técnica: meterlo en una bolsa y golpearlo contra el suelo una y otra vez hasta que se hace pedacitos. Lo bueno: roto, queda. Lo malo: puedes acabar comiendo guijarros de coco. Así que mi idea no fue muy tenida en cuenta. Al final, tuvo que ser una compañera la que se levantara de la mesa, arrebatara el coco al digitalizador, y lo abriera por el clásico método de a lo bestia. El cual consistió en impactos repetidos contra el suelo, degollamiento con cuchillo, estrangulamiento a dos manos y, finalmente, desmembramiento en cuatro partes. Algunos considerarían que más que abrir el coco, lo asesinó. No es exatamente como lo hacen los concursantes, pero cumplió con su cometido. He aquí las pruebas del delito:

Volviendo al tema de esta recta final de concurso, el pasado sábado celebramos ya la fiesta oficial de fin de curso (la que anunciaba el cartel al inicio de este post). El 98% del equipo (un par de cámaras nocturnos no pudieron asistir por razones obvias) despedimos la edición con una cena de gala, hogueras en la playa y fuegos artificiales. Como tiene que ser. Mirando las explosiones de color en el cielo pensé: ¿que quedan muy pocos días? Pues bienvenidos sean. A disfrutarlos.

23 julio 2010 a las 11:13 por elsuperviviente19

Así hemos vivido nuestra última gala

Escribo esto justo después de que haya terminado la última gala que hemos hecho desde Nicaragua. La final será el domingo, pero para el equipo desplazado a Corn Island, la gala de hoy −en la que hemos sabido que los finalistas de Supervivientes 2010 serán María José, Parri y Debbie− ha significado nuestra despedida.

Paradójicamente, la gran mayoría del equipo que hemos trabajado en la isla no podremos ver en directo la gran final. Cosas de vuelos y billetes. En el momento que Jesús Vázquez diga el nombre del ganador o ganadora, un montón de guionistas, cámaras, redactores, minutadores, productores y demás (muy morenos todos, eso sí), estaremos sobrevolando algún lugar del Océano Atlántico. Una lástima. Ya nos imagino aterrizando en Barajas el lunes por la mañana, encendiendo el móvil en cuanto se apague la señal de “abróchense los cinturones”, y llamando a nuestras familias, no para avisar de que ya hemos llegado y estamos bien, sino para preguntar: “¿quién ha ganado?”.

Con esto de ser el último día de trabajo para la gran mayoría, la sensación que predomina en la isla es la de fin de curso. Los redactores han escrito sus últimos partes de redacción, los guionistas y editores dan ahora los últimos toques al resumen de mañana, y yo minuté hace unas horas mi última cinta. Como curiosidad, diré que mi último minutado ha sido una declaración de Parri muy definitoria: “Dios mío, día 79”, ha dicho el matemático. Y me parece que ha sido una buena frase para terminar mi trabajo (aunque para mí sea el día 82 en la isla). En realidad, no ha sido lo último que he introducido en el programa de minutado. Me he reservado un espacio extra para escribir esto:

Como cada jueves, nos hemos reunido los más seguidores del programa a ver la gala en las salas de edición. Digo los más seguidores porque (todos tranquilos, que no salten las alarmas), hay mucha gente del equipo que no sigue las galas. Unos porque trabajan y otros porque libran y prefieren dedicar su tiempo libre a hacer snorkel, jugar al voleibol o tirarse al sol. Que nadie los culpe. Es de lo más entendible que alguien no quiera invertir su tiempo de ocio en la misma labor en la que ocupa su tiempo de trabajo. ¿Tendrá una cajera que trabaje en un Burger King ganas de cenar un whopper en su día libre? Supongo que no. Pues esto es lo mismo. Aunque, sinceramente, a la cajera sí la culpo, porque negarse a un whopper es un sacrilegio en cualquier circunstancia. Aún así, hoy la afluencia de público ha sido bastante mayor de lo habitual. El enfrentamiento entre María José y Trapote a las puertas de la final era un momento digno de ver.

Ha sido prácticamente a las 14.00h cuando ha empezado la gala para nosotros. Las 22.00h en España. Después de tres meses en Nicaragua hacemos la suma de ocho horas con la misma facilidad con la que nos echamos crema por todo el cuerpo en un nanosegundo, pero para los más torpes disponemos de este práctico reloj doble en la sala de visionado.


Con un rápido vistazo a esa pared, te haces una idea inmediata de si en España están cenando o ya acostados. Si lo miras bien, claro. En esta sala se han vivido varios sustos monumentales cuando alguien ha mirado al reloj equivocado. Por la cara que vi en un compañero, pensar durante un segundo que se te ha olvidado asistir a la reunión de redacción debe ser una sensación de lo más desagradable.
Minutos antes del inicio del programa, los walkies han comenzado a proferir las últimas frases de ánimo, agradecimiento y deseos de suerte de esta edición. Y es que hoy es también un día de agradecimiento. Así se despedían un redactor y un cámara en su último parte:


Y es que hoy todo el mundo da gracias por todo a todo el mundo. “Gracias por estos tres meses de gran trabajo”, se oye en el comedor. “Gracias por haberme aguantado”, dice un comprensivo jefe. “Muchas gracias por alimentarnos estos tres meses”, le he dicho yo al cocinero. Y así todo el día. Creo que en algún momento vamos a perder el norte y vamos a acabar diciendo: “gracias por darme las gracias”. “No, no, gracias a ti por darme las gracias por darme las gracias”. Lo veo venir.

Quien quizá no esté tan agradecida con la decisión de la audiencia ha sido la primera expulsada de la gala. Porque salir a un paso de la final debe ser bastante frustrante. Trapote ha estado exactamente los mismos días que los finalistas y sin embargo tiene que conformarse con un quinto puesto. Así es el juego. Y así hemos vivido el momento de la expulsión en la sala de visionado:

Puedo confesar que una de las dos nominadas era mi favorita. Así que ahora estoy o muy contento, o muy triste. En cualquier caso, el programa seguía y había que descubrir cómo se resolvían las tres pruebas que elegían al segundo finalista. Y eso que hoy, permanecer en una sala cerrada y oscura mirando una pantalla era algo difícil de hacer. Parece que Corn Island quiere despedirse de nosotros dejándonos buen sabor de boca y estamos teniendo algunos de los mejores días de playa de toda la edición. El dueño de las cabañas donde me alojo, Ike, me ha dicho que ha sido él quien ha enviado un mail para que nos haga buen tiempo estos días. Que simpático es.

Así que desafiando el instinto de ir a remojarnos y retozar al sol, un nutrido grupo hemos permanecido en la sala de edición viendo como Parri se alzaba con el puesto de segundo finalista. Y como María José, minutos después, se colaba también en la final con esa votación tan sorprendentemente ajustada contra Malena. Emocionante ha sido también el momento en que Eva se ha despedido de la isla y de todo el equipo. Hasta hemos aplaudido a la pantalla cuando ha apagado el fuego como hacen los concursantes.

Durante el tiempo que he tardado en escribir esto, a los cinco supervivientes que hoy han abandonado la isla les habrá dado tiempo de llegar a Corn Island. Ahora mismo estarán a pocos metros de mí, mirándose por primera vez en un espejo después de casi ochenta días. Y como yo ya me he mirado en el espejo más que suficiente durante este tiempo, me apetece más mirar uno de los últimos atardeceres que veré por aquí. Se ve que Ike envió el mail a alguien influyente porque lo que veo ahora mismo desde mi cuarto es esto:


Pero aviso: aunque se haya acabado mi trabajo, aún me quedan dos días en Corn Island. Y eso me da para una entrada de blog más.