19 julio 2011 a las 6:26 por elsuperviviente19

Con los dedos de dos manos

Justo hoy llegamos al día en que podemos contar las jornadas que nos quedan aquí en Honduras con los dedos de un único par de extremidades. Qué pena. Además, señales de que esto se acaba las hay ya por todas partes.


El otro día estaba yo en el comedor esperando que la simpática muchacha de la plancha terminara de prepararme una baleada para desayunar (una exquisitez típica del desayuno hondureño a la que me he enganchado tarde, y que consiste una tortilla de harina rellena con frijol machacado y queso en formato ligeramente empanadillesco), cuando llegaron dos compañeros hambrientos que habían pasado la noche en el cayo y se pidieron una tortilla. Una tortilla de huevos, de la de siempre, pero a la que aquí se refieren como omelette para no confundir, precisamente, con las tortillas con las que se hacen las baleadas.

Oí que hablaban de cosas del concurso, que si Aída tal, que si Sonia tal cual, que si Jeyko no sé qué. Hasta ahí todo bien. Pero entonces, estando yo aún con el plato en ristre esperando que la consabida baleada cayera sobre él, les escuché mencionar una palabra prohibida. Maleta. ¡Estaban hablando ya de cómo iban a hacer la maleta de vuelta! La definitiva. La de esto-se-ha acabado-nos-volvemos-a-Madrid.

Para mí fue como si la música del comedor se interrumpiera y saliera de los altavoces la tocata y fuga en re menor. Escuchar hablar por primera vez de esa inminente maleta que sobrevuela nuestro futuro próximo supuso todo un impacto. ¡Pero si ayer estaba yo cerrándola en Madrid! De hecho creo que incluso tengo cosas que aún no me ha dado tiempo a sacar. Habrá camisas a las que he me llevado tres meses de viaje y desplazado un total de 20.000 kilómetros para trasladarlas desde un cajón… hasta ese mismo cajón. Pobres.

El recuerdo constante de que estamos en la recta final de esta edición acecha allá donde vayas. Desde el mencionado comedor, hasta tu propia sala de trabajo. No me había yo repuesto aún de la tragedia maletera del desayuno, cuando me toco entrar a editar mi parte del resumen del día siguiente. Y me tocaba precisamente resumir la noche y las primeras horas del pasado sábado, que es el tramo en el que colocamos el rótulo que indica el número de jornada en que se encuentran los concursantes. Aluciné cuando miré el calendario que tenemos para ello:

Día 73. Increíble. Tengo la sensación de que hace nada el editor y yo escribimos Día 4 (aviso: que nadie saque conclusiones precipitadas de los días extras que aparecen en ese calendario). Jacobo andaba por allí, los anónimos estaban en un barco fantasma, y casi nadie en esa isla era capaz de pescar o abrir un coco. ¿Y ahora? Ahora Rosa es capaz de abrirlo con los dientes y hasta Jessica se desenvuelve bien con el machete. Lo que han aprendido. Por cierto que, ahora que menciono el coco, parte del equipo estamos viviendo nuestra propia obsesión paralela con el fruto de las palmeras. Últimamente no hay comida, cena, merienda, partida de cartas, visionado de película, reunión casual, o apertura de sobre en la que falte el coco.

No llegamos a sufrir de ansiedad como Rosi, pero si en la mesa no hay un vaso con agua de coco ni rulan platos con los trocitos que alguien logra separar de la corteza en el fregadero, como que nos falta algo. Y claro, ¿qué hacen un montón de trabajadores de supervivientes cuando se les pone un coco delante? Pues tratar de demostrar lo mucho que han aprendido observando a los concursantes durante meses. Que ya adelanto que no es mucho.

El primer paso del enrevesado proceso para comerse un coco lo tenemos todos muy claro. Perforar dos agujeritos para sacar el agua. Los cocos que conseguimos nosotros son de esos que ya están duros, no los verdes enormes que los concursantes tienen que pelar durante horas. Los mismos que te venden en los supermercados españoles, para entendernos. Pero a partir de ahí, las técnicas varían.

“Dale golpecitos con el cuchillo, que llega un momento que se abre solo por la mitad”, indicaba en una comida una redactora que ha visto hacerlo así a Montalvo, con el machte, un montón de veces. El digitalizador procede a ello con un triste cuchillo de cocina y claro, quince minutos y ochocientos golpes después, el resultado no es el mismo. El coco sigue intacto. “Meted el cuchillo por el agujero y haced palanca”, aconseja uno de Producción. Y el digitalizador, obediente él, se dispone a hacerlo. Pero no hay forma. El cuchillo no cabe en ese agujero.

Yo siempre recomiendo la misma técnica: meterlo en una bolsa y golpearlo contra el suelo una y otra vez hasta que se hace pedacitos. Lo bueno: roto, queda. Lo malo: puedes acabar comiendo guijarros de coco. Así que mi idea no fue muy tenida en cuenta. Al final, tuvo que ser una compañera la que se levantara de la mesa, arrebatara el coco al digitalizador, y lo abriera por el clásico método de a lo bestia. El cual consistió en impactos repetidos contra el suelo, degollamiento con cuchillo, estrangulamiento a dos manos y, finalmente, desmembramiento en cuatro partes. Algunos considerarían que más que abrir el coco, lo asesinó. No es exatamente como lo hacen los concursantes, pero cumplió con su cometido. He aquí las pruebas del delito:

Volviendo al tema de esta recta final de concurso, el pasado sábado celebramos ya la fiesta oficial de fin de curso (la que anunciaba el cartel al inicio de este post). El 98% del equipo (un par de cámaras nocturnos no pudieron asistir por razones obvias) despedimos la edición con una cena de gala, hogueras en la playa y fuegos artificiales. Como tiene que ser. Mirando las explosiones de color en el cielo pensé: ¿que quedan muy pocos días? Pues bienvenidos sean. A disfrutarlos.

16 julio 2010 a las 12:05 por elsuperviviente19

El Superviviente 19 en la isla de los concursantes: La Trilogía. (Parte III)

 Me encontraba en Wild Cane Cay. A escasos metros de mí, María José estaría avivando el fuego, Parri abriendo un coco, Debbie repartiéndolo, Trapote bailando y Malena y Sonia cantando una canción. Agazapado bajo la lona que cubre la caseta del equipo, pude ir charlando con mis compañeros a medida que venían para comer, cosa que tienen que hacer escalonadamente para no dejar desatendidos ni un segundo a los concursantes. Ya en alguna ocasión he dicho que quienes trabajan en el cayo me parecen héroes, y ese día lo reconfirmé.  Cámaras y redactores se enfrentan, igual que los propios concursantes, a las lluvias, los bichos, el calor y, por cómo recibieron la comida que les llevábamos, también un poco al hambre. Yo aproveché el momento en que todos habían comido y dejaron la caseta vacía, para avanzar por un pequeño sendero que me llevaba hasta un saliente de la playa, tapado por una palmera.

A mis espaldas tenía una isla desierta (a los concursantes y el equipo del programa los erradiqué durante unos segundos de la superficie de la tierra). Frente a mí, un mar inmenso y pequeños trozos de tierra flotando en él. La lluvia hacía que todo pareciera más arriesgado y desapacible. Me quité la capucha. Los restos del carguero en el que había naufragado volvieron a dibujarse en medio del mar. Ya apenas sobresalía una parte de la proa. Pensé en recoger un montón de conchas y escribir la palabra ‘Socorro’ en la arena de la playa. En atar mi camiseta a un palo y ondear una bandera. En encender un fuego e irlo tapando para que el parpadeo de la luz escribiera SOS en código Morse. Pero entonces escuché un walkie: “panga preparada para regresar a Lime Cay”.

Y para allá que volví, empapándome con el agua de la lluvia y con la que levantaba la barca en cada golpe contra las olas. En algún momento del viaje de vuelta, giré el cuello y miré de nuevo hacia el cayo de los concursantes. Algo estaba ocurriendo en la playa. Mi compañero minutador lo estaría viendo una hora después. Los editores lo montarían un poco más tarde. Y al día siguiente esas imágenes ya formarían parte del resumen diario emitido en Madrid. Volví a alucinar con el complejo entramado del programa del que formo parte.

Minutos después disfrutaba de unos buenos espaguetis en el porche de la casa donde hace noche el equipo. Esto es lo que se ve desde allí, el mismo muelle en el que ayer Eva, en bikini, conectó por primera vez con Madrid:

Curiosamente, sentado a la mesa en dirección al mar, lo que veía al fondo era, precisamente, Wild Cane Cay. Más allá de mi mesa llena de víveres, los seis concursantes se alimentaban a base de bígaros y pescado con arena. Sorbí uno de los espaguetis lentamente, casi sintiéndome culpable. Como si, desde su playa, los concursantes me estuvieran viendo darme el atracón. Sólo se me ocurrió una cosa: dedicar un bocado a cada concursante. “Éste por Trapote, este por Debbie, este por Parri…”. Y vale, lo confieso: dediqué un bocado de más a mi concursante favorita (¡estoy dando pistas!), que aún sigue en el concurso.

Después de comer apareció por allí McCoy. ¿Y qué haría cualquier persona normal si se encuentra a McCoy un un lugar con palmeras? ¡Pues pedirle que te enseñe a treparlas y a abrir un coco! Lo primero no pudo ser porque por lo visto la lluvia empapa los troncos y dificulta mucho la labor. Pero cuando le pedí lo segundo, me colocó el machete en una mano y el coco en la otra. Media hora después, conseguí abrirlo. Echamos la tarde comiendo trozos de coco mientras me repetía de carrerilla el nombre de sus quince hijos (diez de sangre, cinco adoptados) y mientras él echaba un ojo a una revista Cuore que apareció por allí. “Estas chichas son de fábrica”, es la frase que más repitió mientras señalaba el pecho de muchas de nuestras famosas.

Estábamos él y yo comentando el top less de Carmen Lomana, cuando una de mis compañeras de producción nos dijo que en breve salía otra barca hacia Buttonwood Cay, el cayo en el que empezó el concurso, y en el que vuelven a estar ahora los concursantes. Aquel fin de semana ya habían comenzado los preparativos para el nuevo traslado que se produjo anoche, así que aproveché la oportunidad de hacer el pack completo. Si algún touroperador me hubiera vendido el viaje, lo podría haber llamado “Supervivientes: la experiencia total”.

En este cayo pude campar a mis anchas porque no había concursantes ni equipo del programa. Toqué los restos del fuego. Me tumbé en la cabaña, que es pequeñísima y agobiante:

Recorrí la isla de una costa a otra: me llevó quince segundos. Pasé el dedo por la muesca que dejó el machete en un tronco cuando Bea La Legionaria lo clavó de un golpe mientras discutía con María José. Y no me puse a chocar piedras para encender un fuego porque el conductor de la barca nos gritó para que volviéramos.

De vuelta a la casa del equipo, asistí a la marcha de los cámaras nocturnos y la llegada de los diurnos. Cenamos todos juntos mientras hablábamos de la final del mundial que acontecería dos días después. Los miembros del equipo que estaban conmigo comenzaban un turno de tres días, así que ellos eran a quienes les había tocado perderse el mundial. Y dos más tendrían que venir para grabar el momento en que María José y Parri verían la final. Para que dos concursantes disfrutaran del momento, otros dos miembros del equipo (para colmo, les tocó a dos de los más futboleros) tuvieron que sacrificar el vivir el momento histórico como lo vivimos todo el equipo en Corn Island. Que no se diga que Supervivientes no cuida a sus concursantes.

La casa donde duerme el equipo dispone de varias habitaciones. Para cuando el número de gente es mayor (los días de gala, o cuando se graba allí un juego), existen también unos barracones con literas. Que fue donde me tocó dormir a mí. Se supone que es la opción de refuerzo, la secundaria, pero, ¿quién quiere dormir en una aburrida cama como todos los días cuando puedes hacerlo en un barracón de contrachapado y techo de lata? Desde luego, si el día había comenzado subido en un helicóptero, no se me ocurría un final más acorde que durmiendo en un barracón.

Cuando me tumbé sobre el colchón, los muelles se quejaron. Y me hubiera gustado que entrara un coronel dando un portazo y me lanzara un paquete enviado a mi nombre, con galletas hechas por mi madre y una carta de amor escrita por alguien al otro lado del océano. También pensé en proponerle a los dos guionistas que dormían conmigo en el barracón que montáramos una timba de póker o nos desafiáramos a extender la mano sobre una mesa e ir clavando un cuchillo en los espacios entre los dedos. Pero no dije nada y cerré los ojos.

En un sólo día me había montado en un helicóptero como el quinto miembro de ‘El equipo A’, había surcado el mar como en ‘Los piratas del Caribe’, había estado en una isla desierta como un protagonista de ‘Perdidos’, había nominado como un concursante de ‘Supervivientes’, me había vestido como el malo de ‘Sé lo que hicistéis el último verano’, me había tumbado en una cabaña hecha de palos como Robinson Crusoe y estaba terminando la jornada como un recluta de ‘La chaqueta metálica’. Iba a ser difícil vivir un día más televisivo y cinematográfico.

Tanto, que antes de caer dormido pensé: “menudo día. Daría para hacer una trilogía”. Y así ha sido:

12 mayo 2010 a las 9:06 por elsuperviviente19

Las luciérnagas molan un montón

Hoy he estado a punto de morir. Paseaba yo tan tranquilo por el caminito pavimentado del jardín de un hotel, cuando un coco del tamaño un balón de rugby se ha precipitado contra el suelo. He llegado a sentir el golpe de aire de su movimiento en mi flequillo. Vale, estoy exagerando: en realidad el coco ha caído dos pasos por delante de mí. Y tampoco tengo flequillo. Pero, ¿y si me hubiera dado por caminar 0,5 km/h más rápido de lo habitual?

Seguramente ahora estaría de cháchara con Elvis Presley compartiendo un café en tazas moldeadas con nubes. Elvis sí que tenía un gran flequillo.

Lo más impactante ha sido el ruido que ha hecho el fruto −que tanta maña tiene para abrir Rafa Mora− al caer contra el suelo. No quiero ni pensar qué habría pasado si me hubiera caído en la cabeza. Durante un segundo me he quedado congelado en un entorno a 40ºC de temperatura. Y lo peor de todo no es el susto.

Es la paranoia que se le queda a uno de saber que podría ocurrirnos a cualquiera. Inquieto, he hecho caso al refranero español, que dice aquello de “mal de muchos, Consuelo Berlanga”, y me he dedicado a extender la psicosis entre mis compañeros. Y es que estamos hablando de un peligro real. En Google he descubierto que George Burgess, un empleado del Museo de Historia Natural de Florida en Miami, hizo público un dato escalofriante: hay quince veces más posibilidades de morir por un impacto de coco que por un mordisco de tiburón. Lo raro es que aún no se haya dirigido ninguna película sobre el tema. Qué digo una. ¡Toda una franquicia! Aún con el susto en el cuerpo, me he topado con este cartel tan apropiado:

En el cementery podría haber acabado yo hacía cinco minutos. Y la verdad, morime ahora me vendría fatal. Con todo lo que ofrece Big Corn Island. Cómo será la isla que hasta cuando se va la luz no deja de soprenderte. Aquí los cortes de luz son tan comunes como las lluvias torrenciales de un segundo. Cuando menos te lo esperas pasas de la felicidad que proporciona tirar de amperios sin miramientos a esa cara de desconcierto que se te queda cuando sientes que el mundo voltaico se viene abajo.

Estás tú tan contento, con todo encendido: tu aire acondicionado, tu ventilador, tu ordenador, tu tele, tu cafetera, tu nevera, tu lámpara de lava, tu cartel de neón que pone “Motel No Vacancy”… Y de repente, fiuuuum. El programa de la ABC (tengo decenas de canales norteamericanos en la tele), desaparece en un circulito de luz blanco cada vez más pequeño. La nevera se rinde y decide descansar, que yo entiendo que esté agotada de mantener el agua fría en este entorno tan caluroso. Las aspas del ventilador giran cada vez más despacio hasta que se detienen. Y el aire dice adiós mientras piensa “ahí te quedas”.

Nada de lo que preocuparse. Estamos preparados para todo. A nivel profesional, todo el material técnico del programa sobrevive a los apagones gracias a los generadores que hay en los hoteles de trabajo. O sea, que por esa parte, todos tranquilos: nunca perderemos el programa editado del día siguiente porque el sistema se apague de repente.

Y a nivel de andar por choza, más o menos todos disponemos de algún sistema de iluminación personal. Yo tengo una pequeña linterna que me prestó el dueño de las cabañas donde nos alojamos unos cuantos del equipo. Quienes, por cierto, vivimos con nuestro primer apagón uno de los mejores momentos de lo que llevamos de aventura.

Estábamos ya cada uno en nuestras respectivas habitaciones dando por finalizada la jornada, cuando el suministro eléctrico se fue de repente. Extasiados ante nuestro primer apagón caribeño de este año, salimos a la puerta a comentar la jugada. Creo que nunca he visto una oscuridad tan total.

Normal: hablamos de toda una isla apagada en medio del océano. Tanteando con las manos y agarrados a las barandillas de nuestros balcones, logramos juntarnos a base de gritos como si estuviéramos jugando a Marco Polo. Nuestra excitación ante la Oscuridad Total ya era considerable. Pero entonces se nos ocurrió mirar al cielo. No sabía que podía llegar a haber tantas estrellas como para que parecieran nubes. Como diría el hermano del novio de la superviviente Beatriz Trapote: im-presionante.

Lo fuerte es que la cosa no quedó ahí. Aún con la boca abierta, descubrimos al bajar la cabeza una nueva fuente de luz. Decenas de puntos amarillos bailaban delante de nuestros ojos de manera intermitente. Era una nube de luciérnagas. Creo desde ya que debe ser el insecto más molón sobre la faz de la tierra.

Intenté hacer una foto al milagro de la naturaleza que teníamos frente a nosotros, pero esto de la fotografía nocturna y esa cosa tan horrible llamada flash me lo puso muy difícil. Si lo utilizaba, la luz de las luciérnagas se perdía en la explosión de xenón. Pero si no lo usaba obtenía una bonita foto negra. Así que he utilizado esta última para, con unos ligeros retoques fotógraficos, tratar de conseguir el efecto original. Sería algo como esto:

Después de ver una nube de luciérnagas bajo un cielo estrellado en una isla caribeña pensé que quizá no me queden por ver cosas mucho más bonitas que ésa. Si el coco me hubiera caído en la cabeza, a lo mejor tampoco me hubiera perdido tanto.

Próximamente en el blog: Una visita al cementerio, el milagro de la gorra desaparecida, la primera expulsión…