2 febrero 2009 a las 8:41 por elsufridorencasa

El cine, eso tan poco televisivo

La gala de la XXIII edición de los premios Goya tuvo diez minutos muy divertidos a cargo de los responsables de Muchachada Nui, continuamente interrumpidos por una serie de planos estáticos de unos amigos que hablaban como si se tomaran unas cañas, que fue la gala en sí. “¡Con dos cojones!”, chilló el siempre excesivo y cansino José Corbacho cuando entregó un Goya. La gala de los Goya, como absolutamente todos los años, fue el equivalente televisivo al silencio incómodo que se produce en la mesa cuando alguien cuenta un chiste que no tiene ninguna gracia. Nacho Vigalondo, antes de introducir un vídeo, tuvo que explicar “y este era el gag” para intentar arreglarlo al mismo tiempo que fruncía el ceño en señal de vergüenza antes de que el plano cambiase para mostrar a los nominados. Pues eso, la noche con más glamour del cine español.

La industria del cine español tiene todo el derecho del mundo a llevar a cabo este excesivo y larguísimo acto de masturbación en el que caben desde Penélope Cruz hasta una de las protagonistas de Escenas de matrimonio paseando sobre una alfombra verde -pffff- con el logo de una bebida alcohólica estampado cada medio metro. Pero que año tras año la televisión pública siga gastándose tres horas de prime time para emitirlo tiene delito. Las críticas son siempre devastadoras y la gala no hace más que mantenerse torpe, con un guión que parece escrito en un cuarto de hora y enviado por e-mail y una realización digna de un programa de llamadas telefónicas. Lo que más se oye cada año tras la gala es que “los españoles no sabemos montar espectáculos”. Pero sí que sabemos: montamos espectáculos en la final de Operación Triunfo o en la de Gran Hermano. Gusten o no ese tipo de programas, la cuestión es que con fines meramente de entretenimiento, la cosa acaba resultando al menos interesante. Pero los Goya son esos premios que se dan a esos personajes (en su mayoría) tan aburridos llamados actores de cine español, que ni salen de un reality, que no tienen mucho que contar de interés al público televisivo y en cuyos destinos el televoto y los SMS no han influido para nada. Vamos, veneno televisivo para el espectador del nuevo milenio. ¿Para qué hacer una gala divertida? “Que alguien escriba una entradilla para cada actor, luego damos paso al vídeo y lo tenemos”, deben de decir cada año sus responsables. Estamos listos.

La labor de Carmen Machi como presentadora este año lleva desde su anuncio dando bastante que hablar. Y no estuvo a la altura. Los actores con una estupenda vis cómica no siempre son presentadores con una estupenda vis cómica, porque una cosa es ponerse en la piel de otro personaje y otra ser gracioso siendo uno mismo. Y la pobre Machi, que hizo todo lo que pudo, tenía la partida perdida desde el principio con uno de los guiones más vergonzosos que se recuerdan en las últimas ediciones de los Goya… o no, permítanme que cambie de opinión. No es uno de los más vergonzosos, simplemente igual de vergonzoso que todos los demás.

Lo más divertido de la noche fue ver a Carmen Machi leyendo críticas ficticias a la gala en los periódicos del día siguiente. Divertido por absurdo y bajo, claro. Eso es más o menos lo que los guionistas de la gala de los Goya entienden como sentido del humor: extasiarse con su propia incompetencia. Si ese es el truco, si demostrar ser conscientes de que han hecho una gala torpe y aburrida es la clave para irse con las manos limpias, pongámoslo todos en práctica. “Este edificio está hecho con materiales de lo más endebles”, podría decir un arquitecto. “En dos o tres años se derrumbará y se llevará vidas por delante y dirán que soy un arquitecto sin talento y que este edificio es un churro, bla, bla, bla. ¡Tonterías!”.