14 septiembre 2009 a las 8:15 por elsufridorencasa

Más de lo mismo (en el buen sentido)

Vivimos en una época en la que algunos realities se han gastado y otros siguen dando de sí, pero recurriendo siempre a meter novedades. Gran Hermano se caracteriza, en cada una de sus últimas ediciones, por dar un giro al concepto (este año, con ese invento de una segunda casa donde los habitantes son espectadores de la primera, han estado especialmente acertados). Operación Triunfo se revalorizó gracias a la lengua de Risto Mejide y, según muchos críticos, debería volver con un nuevo concepto el año que viene si no quiere repetir los resultados algo decepcionantes de esta última edición. He aquí que Pekín Express llega en su segunda edición con un concepto exactamente igual al de la primera. Una de dos, o nadie se ha roto mucho la cabeza o es que simplemente no hace falta. Yo creo que es lo segundo.

Eso sí, en un reality show previamente grabado en el que el público no tiene voz ni voto los personajes son muy importantes. Muchos de esta edición pueden dar mucho de sí y por ahora están a la cabeza esa madre y esa hija que son capaces de poner verdes a los chinos por no entenderlas cuando hablan en castellano y, cinco minutos después, de llorar junto a una familia de la misma nacionalidad que les ha ofrecido casa y comida. Las virtudes siguen siendo las mismas que el año pasado: un montaje y un ritmo impecables. Pero tienen también el mismo peligro: uno se pregunta a veces si no ha visto más bien un avance rápido de lo que debería ser la primera entrega del reality estrella de la cadena. Hacer un programa tan dinámico también implica que el espectador puede perderse completamente si se levanta cinco minutos a hablar por teléfono o que tengan que pasar unos cuantos domingos de gala hasta que sabe cómo se llama el personal y cuál le puede empezar a caer lo suficientemente bien como para desear que gane.

Pero dejando esos inconvenientes a un lado, vuelven a ser más los pros de un reality como Pekín Express: es directo, divertido, sencillo y no se mete en los mismos berenjenales absurdos que llevan a muchos otros programas del mismo género a alargar las galas hasta el infinito y darse demasiada importancia a sí mismos. Eso sí, Raquel Sánchez Silva podía poner un poco más de ganas. Puede que sea por su tono, por su gris y aburrido vestuario o directamente por su ausencia de maquillaje y peluquería: si no fuera porque no es china, uno diría que está allí simplemente porque se ha colado en medio del plano.

3 septiembre 2009 a las 9:31 por elsufridorencasa

Este no es el Risto de siempre

Venía dispuesto a empezar este post, aún antes de ver el programa, sobre la inconveniencia de coger a un personaje que funciona bien como parte de un programa y darle su propio espacio. Y también de la manía de todas las cadenas por hacerlo. En su día fue sonado el fracaso de El anfitrión, presentado por el entonces casi recién descubierto Boris Izaguirre. Muchos personajes funcionan bien dentro de una mecánica poniendo una réplica que no puede poner nadie más, porque son los que sobresalen en un grupo de gente que suele ser más aburrido que ellos. Pero cuando se les deja solos su personalidad no brilla en absoluto porque no choca con ninguna otra. Se tambalea hacia aquí y hacia allá, sin llegar a hacer ruido al golpearse contra algo.

Esto es lo que venía dispuesto a contar, esperando a ver entero el primer programa de G-20 si debía tragarme mis palabras y reconocer que Risto funciona por sí solo o todo lo contrario. Pero resulta que me encuentro con que el problema, sorprendentemente, no está en Risto: es el propio programa el que no sabe qué es, el que se tambalea hacia aquí y hacia allá sin llegar a dar con ningún lado. A veces es un monólogo de Risto, que no convence como monologuista. A veces es un refrito de Sálvame, que tira de imágenes de archivo de esos personajes a los que repudia para ocupar dos o tres minutos de programa. A veces se parece más a lo que hace años ya hizo El Informal, mezclando cine con actualidad para hacer unos sketches que aquí quedan peor parados que entonces. Pero el mayor problema es un guión aburrido: técnicamente no difiere mucho de Aquí hay tomate, utilizando un montaje rápido y una voz en off sarcástica que habla veloz. Pero aquí se quiere buscar un golpe de efecto innecesario con mucho populismo -aunque Risto no quiera ni oír hablar del término- y, lo más desagradable de todo, se busca un punto de macarrismo mal entendido plagando el guión de tacos. Un taco queda incluso gracioso y hasta poético cuando surge de modo espontáneo. Pero no es más que una ordinariez y un quiero y no puedo cuando está en un guión y es recitado por una cristalina voz en off pregrabada.

Finalmente, algo hace que Risto no convenza criticando aquí cuando convencía y divertía criticando en Operación Triunfo: su objeto de análisis no está delante, de pie, mirándole a los ojos. No se crea el ambiente enrarecido y tenso que existía en el reality musical, donde el triunfito podía salir rebelde y responder, salir sensible y echarse a llorar o Risto podía llegar a encararse directamente con el público u otros miembros del equipo del programa. Es más, lo divertido de aquello también consistía en ver cómo Risto machacaba a un personaje que, por otro lado, solía ser querido y admirado por el público y tener su buena porción de fans. Esto no es más que Risto leyendo un guión -y no muy bien, por cierto, aunque eso puede disculparse en un primer programa- a cámara y criticando exactamente a la misma gente -Zapatero, Losantos, el ministro de trabajo, Curry Valenzuela o Urdaci- que critica el españolito de a pie. Es posible que los responsables del programa pensasen que esta coincidencia propiciaría una provechosa situación de empatía con el espectador, pero al final sólo deja una sensación de déjà-vu. No es que ya lo hayamos visto, es que ya lo hemos pensado, dicho y oído.

14 julio 2009 a las 19:46 por elsufridorencasa

Extra rosa

Casi se podría decir que los programas de cotilleos están por encima de la crítica. Eso no quiere decir que deban estar libres de que cada cual comente que éste está bien o el de más allá apesta, pero me pregunto de qué sirve la crítica en programas que no tienen ni muestran valores de ningún tipo (ni falta que hace, viendo los que luego supuestamente sí los muestran, como Operación Triunfo). Su único valor es el entretenimiento y, a veces, el humor. Pero da la sensación de que el humor siempre le pilla de sorpresa y aparece inevitablemente cuando están sobre la mesa personajes tan pasados de rosca que harán cualquier cosa por su momento televisivo. Actualmente Sálvame ha sacado a flote en gran medida las tardes de Telecinco, y Antena 3, que desde hace muchos años lleva ya innumerables intentos de encontrar un formato de corazón para la tarde, se ha sacado de la manga Vaya par. La diferencia es que en Sálvame el humor sale, sea de forma casual, inesperada o patética, cada poquito. En Vaya par no está por ningún lado. Y eso lo convierte en un auténtico aburrimiento.

El programa de Cuarzo ha querido rescatar a algunos miembros de un circo (¿Dónde estás, corazón?), sin darse cuenta de que sin el resto de repertorio estos no funcionarán. La diferencia entre los dos productos rivales es que Sálvame funciona como un circo completo, con su maestro de ceremonias, su bufón, sus leones furiosos e incluso algún mago escapista. Vaya par suena a producto inacabado. María Patiño no es nada sin un rival sentado en el sofá de enfrente que haga que se hinche su celebérrima vena y empiece a pedir cuentas por cosas que ni le van ni le vienen. Y un poco lo mismo se puede decir de Mariñas, que necesita o bien a un famoso al que enfrentarse o incluso a algún compañero que le lleve la contraria con buena mano. Y María Patiño no hace ni eso.

Todo esto suena a que la información de corazón al uso ya no funciona en un formato exclusivo para ello. Llenan horas y horas de espacios ajenos, sí, ¿pero qué interés tiene a estas alturas ver a dos periodistas más o menos respetuosos comentando con un humor un poco apagado cosas acerca de Scarlett Johansson? De Sálvame se pueden decir -y se han dicho ya- mil cosas horribles, pero es cierto que ha inventado una especie de nuevo lenguaje rosa en el que nada de lo que ocurre de las paredes del plató para afuera importa (excepto cuando los invitados huyen despavoridos, eso sí) porque la endogamia social que han creado es tal que todo está allí: los propios invitados producen la noticia.

Algún analista cuyo nombre no recuerdo ahora inventó un término para el nuevo consumidor de Internet surgido de las redes sociales llamado, en lugar de consumidor, “prosumidor”, por su capacidad para generar contenido al mismo tiempo que lo consumía. Algo así podría decirse de lo que ocurre en Sálvame: sus contertulios son también protagonistas de la noticia. Podríamos llamarlos “protatulios”. De ese modo, teniendo en cuenta que en el canal rival seis “protatulios” se tiran los trastos a la cabeza y se persiguen por el plató y los pasillos de la cadena, suena apolillado y aburrido el formato de Vaya par, en el que contertulios y protagonistas de la noticia siguen igual de separados que hace diez años. Hasta la telebasura, para quien quiera llamarla así, conoce de avances y nuevos códigos.