elsufridorencasa a 29 septiembre 2009 a las 10:27

Mira quién negocia

Hay una serie de realities que triunfan por el mundo pero uno nunca se imaginaría funcionando aquí. Supermodelo es -o era- un ejemplo de ello, y pese a algunos momentos de lucidez de los espectadores, nunca terminó de arrancar, hasta estamparse directamente en su segunda edición. Se trata de realities que intentan explotar la pericia de sus concursantes seleccionados en algún campo que va más allá de cantar o bailar. Los hay de todo tipo, pero aquí, visto lo visto, no estamos preparados para ello. Nos importa un pito la moda, o al menos todo lo que se salga de algunos momentos oligofrénicos de las concursantes que intentan arañar un nombre en ese mundo. Ahora el canal más improbable para intentar otra vez ese camino se saca de la manga El aprendiz. ¿Quién me iba a decir a mí que un reality de La Sexta podía revelarse como una de las propuestas más interesantes en este campo?

El aprendiz intenta crear a empresarios y gente de negocios. Está inspirado en un formato inglés que tiene la particularidad de necesitar a un gran nombre detrás para existir y no sólo un buen casting. En el original inglés, sir Alan Sugar, creador de Amstrad, era el encargado de guiar a los futuros grandes empresarios a través de las pruebas para llegar al final. El programa adquirió una fama mundial cuando en la edición norteamericana fue el mismísimo Donald Trump quien tomó ese papel. En España ha sido Luis Bassat, el empresario del mundo de la publicidad, el que se encarga de la labor. Y su calma extraña, su tono amable a la vez que autoritario, demuestra que es un acierto de -¿podremos llamarlo así?- casting. Sobre todo, porque el programa no tiene un presentador, y eso es uno de los puntos a favor de El aprendiz.

El programa se deshace directamente de todo un añadido absurdo que ha hecho mucho mal últimamente a muchos ejemplos de telerrealidad: la supuesta necesidad de una gala, de un presentador, de unos opinadores que la mayoría del tiempo no cuentan nada. Probablemente el mayor ejemplo es El topo, de Telecinco, un programa que no fallaba en su planteamiento y pruebas, pero hacía gala de un tono demasiado apolillado en sus galas, presentadores y colaboradores, que acababa por hacerlo tedioso. El aprendiz sólo se vale del montaje, de rótulos sobre la pantalla y de las palabras de Bassat para conducir sus episodios, lo que le aporta un dinamismo que ya querríamos para otros recientes programas de más negra fortuna. A esto ayuda una realización que recuerda más a la película Wall Street que a Gran Hermano -no es necesaria la comparación entre ambos realities, ojo, afortunadamente hemos pasado ya ese momento- y que nos lleva volando por oficinas y rascacielos de Madrid. Y en el fondo lo que hace es enfocar continuamente los mismos cuatro rascacielos de reciente construcción en Madrid, pero puede que eso establezca un paralelismo con el mismo programa: este es un reality más pequeño, pero que se basa del apropiado enfoque de sus armas para resultar tan elegante.

Una vez dicho esto, ¿cuándo empiezan las peleas y las puñaladas? De eso sí que no nos hemos olvidado. Después de “reality” viene “show”, recordemos.

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