elsufridorencasa a 3 septiembre 2009 a las 9:31

Este no es el Risto de siempre

Venía dispuesto a empezar este post, aún antes de ver el programa, sobre la inconveniencia de coger a un personaje que funciona bien como parte de un programa y darle su propio espacio. Y también de la manía de todas las cadenas por hacerlo. En su día fue sonado el fracaso de El anfitrión, presentado por el entonces casi recién descubierto Boris Izaguirre. Muchos personajes funcionan bien dentro de una mecánica poniendo una réplica que no puede poner nadie más, porque son los que sobresalen en un grupo de gente que suele ser más aburrido que ellos. Pero cuando se les deja solos su personalidad no brilla en absoluto porque no choca con ninguna otra. Se tambalea hacia aquí y hacia allá, sin llegar a hacer ruido al golpearse contra algo.

Esto es lo que venía dispuesto a contar, esperando a ver entero el primer programa de G-20 si debía tragarme mis palabras y reconocer que Risto funciona por sí solo o todo lo contrario. Pero resulta que me encuentro con que el problema, sorprendentemente, no está en Risto: es el propio programa el que no sabe qué es, el que se tambalea hacia aquí y hacia allá sin llegar a dar con ningún lado. A veces es un monólogo de Risto, que no convence como monologuista. A veces es un refrito de Sálvame, que tira de imágenes de archivo de esos personajes a los que repudia para ocupar dos o tres minutos de programa. A veces se parece más a lo que hace años ya hizo El Informal, mezclando cine con actualidad para hacer unos sketches que aquí quedan peor parados que entonces. Pero el mayor problema es un guión aburrido: técnicamente no difiere mucho de Aquí hay tomate, utilizando un montaje rápido y una voz en off sarcástica que habla veloz. Pero aquí se quiere buscar un golpe de efecto innecesario con mucho populismo -aunque Risto no quiera ni oír hablar del término- y, lo más desagradable de todo, se busca un punto de macarrismo mal entendido plagando el guión de tacos. Un taco queda incluso gracioso y hasta poético cuando surge de modo espontáneo. Pero no es más que una ordinariez y un quiero y no puedo cuando está en un guión y es recitado por una cristalina voz en off pregrabada.

Finalmente, algo hace que Risto no convenza criticando aquí cuando convencía y divertía criticando en Operación Triunfo: su objeto de análisis no está delante, de pie, mirándole a los ojos. No se crea el ambiente enrarecido y tenso que existía en el reality musical, donde el triunfito podía salir rebelde y responder, salir sensible y echarse a llorar o Risto podía llegar a encararse directamente con el público u otros miembros del equipo del programa. Es más, lo divertido de aquello también consistía en ver cómo Risto machacaba a un personaje que, por otro lado, solía ser querido y admirado por el público y tener su buena porción de fans. Esto no es más que Risto leyendo un guión -y no muy bien, por cierto, aunque eso puede disculparse en un primer programa- a cámara y criticando exactamente a la misma gente -Zapatero, Losantos, el ministro de trabajo, Curry Valenzuela o Urdaci- que critica el españolito de a pie. Es posible que los responsables del programa pensasen que esta coincidencia propiciaría una provechosa situación de empatía con el espectador, pero al final sólo deja una sensación de déjà-vu. No es que ya lo hayamos visto, es que ya lo hemos pensado, dicho y oído.

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