VenÃa dispuesto a empezar este post, aún antes de ver el programa, sobre la inconveniencia de coger a un personaje que funciona bien como parte de un programa y darle su propio espacio. Y también de la manÃa de todas las cadenas por hacerlo. En su dÃa fue sonado el fracaso de El anfitrión, presentado por el entonces casi recién descubierto Boris Izaguirre. Muchos personajes funcionan bien dentro de una mecánica poniendo una réplica que no puede poner nadie más, porque son los que sobresalen en un grupo de gente que suele ser más aburrido que ellos. Pero cuando se les deja solos su personalidad no brilla en absoluto porque no choca con ninguna otra. Se tambalea hacia aquà y hacia allá, sin llegar a hacer ruido al golpearse contra algo.
Esto es lo que venÃa dispuesto a contar, esperando a ver entero el primer programa de G-20 si debÃa tragarme mis palabras y reconocer que Risto funciona por sà solo o todo lo contrario. Pero resulta que me encuentro con que el problema, sorprendentemente, no está en Risto: es el propio programa el que no sabe qué es, el que se tambalea hacia aquà y hacia allá sin llegar a dar con ningún lado. A veces es un monólogo de Risto, que no convence como monologuista. A veces es un refrito de Sálvame, que tira de imágenes de archivo de esos personajes a los que repudia para ocupar dos o tres minutos de programa. A veces se parece más a lo que hace años ya hizo El Informal, mezclando cine con actualidad para hacer unos sketches que aquà quedan peor parados que entonces. Pero el mayor problema es un guión aburrido: técnicamente no difiere mucho de Aquà hay tomate, utilizando un montaje rápido y una voz en off sarcástica que habla veloz. Pero aquà se quiere buscar un golpe de efecto innecesario con mucho populismo -aunque Risto no quiera ni oÃr hablar del término- y, lo más desagradable de todo, se busca un punto de macarrismo mal entendido plagando el guión de tacos. Un taco queda incluso gracioso y hasta poético cuando surge de modo espontáneo. Pero no es más que una ordinariez y un quiero y no puedo cuando está en un guión y es recitado por una cristalina voz en off pregrabada.
Finalmente, algo hace que Risto no convenza criticando aquà cuando convencÃa y divertÃa criticando en Operación Triunfo: su objeto de análisis no está delante, de pie, mirándole a los ojos. No se crea el ambiente enrarecido y tenso que existÃa en el reality musical, donde el triunfito podÃa salir rebelde y responder, salir sensible y echarse a llorar o Risto podÃa llegar a encararse directamente con el público u otros miembros del equipo del programa. Es más, lo divertido de aquello también consistÃa en ver cómo Risto machacaba a un personaje que, por otro lado, solÃa ser querido y admirado por el público y tener su buena porción de fans. Esto no es más que Risto leyendo un guión -y no muy bien, por cierto, aunque eso puede disculparse en un primer programa- a cámara y criticando exactamente a la misma gente -Zapatero, Losantos, el ministro de trabajo, Curry Valenzuela o Urdaci- que critica el españolito de a pie. Es posible que los responsables del programa pensasen que esta coincidencia propiciarÃa una provechosa situación de empatÃa con el espectador, pero al final sólo deja una sensación de déjà -vu. No es que ya lo hayamos visto, es que ya lo hemos pensado, dicho y oÃdo.








