Uno se acerca con cierto miedo a estas tv-movies de Antena 3. Han demostrado que se le da mejor la ficción, como en el caso de El castigo, aunque sus créditos indicasen que estaba inspirada (que no basada) en hechos reales, que la adaptación de la realidad, como el innecesario y aburrido repaso a las últimas 48 horas de Miguel Ángel Blanco. Pero precisamente esta historia partía del problema de que un tipo secuestrado durante 48 horas, por horrible que fuesen los hechos, no daba para plantear una adaptación ficticia satisfactoria, pues su destino está marcado desde el principio y no hubo, desgraciadamente, emocionantes puntos de giro que le sacasen a él de su zulo ni al espectador de su hastío. Ayer se enfrentaron a otra historia real, pero ésta mucho más cinematográfica en todos los sentidos: por su temática y por lo interesante de su devenir. Era la historia de Marisol, la desgraciada estrella infantil que entretuvo y maravilló a la España de Franco soltando cánticos y saltitos por la pantalla mientras en la realidad era utilizada y exprimida como la gallina de los huevos de oro.
Es curioso que los errores de casting se den cada dos por tres en el cine español y, sin embargo, sea esto mismo uno de los grandes aciertos de las películas que cada vez más a menudo España rueda para la televisión. Encontrar a una niña que haga de Marisol con gracia y no sea absolutamente repelente debió de ser tarea de chinos, y más en un país que tiene antecedentes tan terribles como aquella Anita de Médico de familia que nunca pareció llegar a aprenderse ni una línea de sus diálogos. Pero Ana Mena, que en un mundo justo debería tener un futuro interesante en la interpretación (al contrario que Marisol), consigue que Pepi, como la llaman al comienzo de la serie cuando la niña no es nadie, resulte tan cargante como trágica.
Hay un punto a favor enorme en el guión de Marisol, al menos en la primera parte que se pudo ver ayer, que evita que la historia se convierta en un foco de lagunas confusas y además reafirma enormemente el mensaje que se quiere dar de toda la trama: en ningún momento acudimos a un estreno o a cualquier muestra de la popularidad de la niña (exceptuando la gran escena en la que unos niños de excursión la reconocen y ella sale corriendo asustada). Esto nos pone mucho más cerca, según lo que cuentan las biografías, de la propia Pepa Flores, como una niña que rueda películas pero apenas es dueña de su imagen y no sabe lo que pasa ahí fuera, donde se ha convertido en una estrella hasta en Japón.
Los biopics de celebridades pueden elegir una parte muy concreta de su existencia y correr el riesgo de aburrir o abarcarla toda y correr el riesgo de correr tanto que apenas nos enteremos de qué está ocurriendo. Pero la primera parte de Marisol (nótese que siempre me refiero a su primera parte porque mañana puede emitirse un segundo episodio que haga agua de borrajas por todos lados y quedar yo como un tonto, aparte de como un sufridor) hace gala de un sentido de la (¡¡¡oh, milagro!!!) síntesis que se podrían aplicar muchas de nuestras series, esas que duran dos horas sin cortes publicitarios (y cuyos capítulos se emiten de tres en tres, nada menos). Y uno, volviendo a los aciertos de casting, no puede dejar de aplaudir al responsable de este campo en Marisol, que para interpretar a Antonio el bailarín llamó nada menos que a Rafael Amargo. Sentido del humor, lo llaman, y siempre viene bien en el acartonado mundo de la televisión.








