Raúl me envió al día siguiente un mensaje tremendamente pasteloso que terminó por romper el encanto –si es que había alguno-. “Te mando una cajita de besos”. Probablemente yo sea poco tolerante con las cursilerías, pero este texto me mató. Me reí mucho de la idea que por unos instantes recorrió mi cabeza de que este pobre mexicano enamoradizo pudiera ser un asesino en serie.
Más bien todo lo contrario. El día posterior a nuestro morreo, me buscó incansable por todos los bares y fiestas en los que podría estar. Yo tenía apagado el teléfono y era imposible localizarme por la vía habitual. Cuando me encontró estaba tan insistente y pesado que fue imposible, por mucho que lo intenté, que me gustase. Ni siquiera poquito.
Pero esa misma noche conocí a Juan. Al poco tiempo de habernos presentado baboseaba de una forma descarada a mi lado. “Desesperado”, pensé yo. Y, como si me hubiese oído, él corrió a decirle a una amiga que qué lástima que fuese tan estúpida y tan creída porque “es realmente linda”. Supongo que lo dijo en un tono lo bastante alto aposta, para que yo lo escuchase. Surtió efecto.
Minutos después retozábamos como locos en el baño de una casa que quiso hacernos de ‘afterparty’. Me colgué un poco, la verdad. Aunque creo que el factor aburrimiento más el elemento vacaciones son los grandes responsables de ello. El caso es que intenté volver a quedar con él. Mala suerte.
Al parecer yo ya no le gusto. Según le contó a la misma amiga a la que le dijo que yo soy básicamente una imbécil, ahora le va más mi amiga la del armario grande. “Tiene mucho más morbo. Elena está bien para una relación seria, pero no es lo que busco ahorita”. ¿Y bien? Pues que donde las dan, las toman. Y esta vez me la he tomado bien calentita.










