La oficina es un lugar muy amplio, tanto, que yo no conozco ni a la mitad de los empleados. Todo el mundo va muy bien vestido: ellos en traje y mocasines; ellas con faldas de tubo, blusas y zapatos de tacón de aguja. La cartera clásica de piel de Hermès es un complemento indispensable, siempre repleta de informes y libros de Derecho. Sonrisas, olor a perfume y cantidad de esas cosas agradables de describir dominan el ambiente, pero se hacen insignificantes –y a veces insoportables por la ineludible comparación- en mi trabajo diario.
Esa gente maravillosa que está contenta y rebosa elegancia y sabiduría no trata conmigo para nada. Yo sólo ayudo a Cristina, la secretaria del amor de mi vida número dos. Cristina es asquerosamente fea, y el adverbio es bastante generoso. Tiene una de esas caras que al verlas todo el mundo piensa “pobrecita” o “qué putada”. Carece de labios, pero mejor que los mantenga juntos, porque los dientes no tienen un pase, en todos los sentidos; están tan apiñados que por ahí no pasa ni el aire. Tiene los ojos caídos y juntos, y en el medio una inmensa nariz aguileña. Su barbilla no existe, así como el cuello. Un engendro, vamos. Pero lo peor de todo es que es una borde de mierda. Porque, mira, oye, si eres un espanto y simpática, vale. Ahora, que si además de un coco eres mala persona, das una pereza que te cagas.
La antipática de Cristina no es mucho mayor que yo, aunque su actitud hacia la vida es la de una anciana con una enfermedad terminal. Al principio pensaba que su gran problema era que no follaba, pero me equivocaba. La fea tiene novio. Me queda el consuelo de que sea un violador o un psicópata y que ésa sea la razón fundamental del comportamiento de esta hija de Satanás. Cuando aparece a primera hora con grandes surcos morados bajo los ojos me encanta imaginar que ha pasado una noche horrible con su perturbado compañero sentimental que, durante un ataque de locura, intentó penetrarla por un ojo. Así curro mucho más relajada y me apresuro a terminar todo lo que de malas maneras me va ordenando. Qué lastima, no seré yo quien le dé más problemas…
Mis quehaceres consisten, básicamente, en realizar todo lo que Cristina no quiere. En ser la secretaria de la secretaria. Como el amor de mi vida número dos se dedica a temas civiles (apasionantes contratos entre empresas, divorcios, compraventa de inmuebles y un largo etcétera de asuntos inquietantes), los trabajos que esta ramera se niega a hacer suelen ser ir a la Notaría, elaborar minutas y provisiones de fondos, llevar el libro de citas, coger el teléfono –esto es lo más divertido y excitante. Cuando deje el despacho, creo que quiero ser teleoperadora- y ordenar los archivadores. Sin horarios de salida, sin contrato, sin seguridad social. Como si de un favor personal se tratase, vaya.
Esta semana que me siento como un calcetín sucio –y meado o algo por el estilo-, Gonzalo me ha dejado un libro estupendo que me está haciendo superar, al menos, mis traumas laborales. Es de una tal Amélie Nothomb y se titula Estupor y temblores. La desdichada joven –licenciada en no recuerdo qué- trabaja para una empresa japonesa que poco a poco va rebajando la importancia de sus tareas hasta acabar confiándole la limpieza de los retretes. Cuando, por fin, ella se da cuenta de que ése no es su trabajo, acude a los directivos para despedirse de la siguiente manera:
-La compañía Yumimoto me ha brindado multitud de oportunidades de demostrar mis aptitudes. Le estaré eternamente agradecida. Por desgracia, no he sabido mostrarme a la altura del honor que me era concedido.
Me lo voy a tatuar en Times New Roman en el culo. Fantástica frase. Perfecta para La Oficina.









