Voy a dejar el curro. Los precavidos dirán “¡Pero bueno, Elena, con la que está cayendo cómo te atreves! Jamás encontrarás un trabajo!”. En cambio, otros, los que hayan sentido la asfixia del yugo opresor, pensarán de esta otra manera: “Muy bien. ¡Debías haberlo hecho hace mucho tiempo!”.
Bien o mal, la decisión está tomada. Ni una falta de respeto más, ni un grito, ni un paseo absurdo en La Oficina. Hoy mi encantadora jefa me ha comunicado la estupenda noticia de que este año el bufete no cerrará en verano y que como yo no soy de la plantilla no tendré vacaciones.
Le he respondido que necesito por lo menos quince días, que no puedo más, que no importa que no cobre nada ese tiempo, pero que quiero marcharme fuera de Madrid.
- ¡Tendrás valor! El otro día viniste con una resaca que se te notaba a la legua. Eso en cualquier empresa es motivo de despido.
- Mi resaca, siempre que cumpla con mis obligaciones, no es asunto tuyo.
- No es asunto de nadie. ¿Pero no ves que con esa actitud que tienes aquí no le caes bien a nadie? Todas las chiquitas jovencitas se han ido de viaje y a ti ni te han avisado…
¡Pum! Golpe directo al estómago. La mema de Cristina se ha creído que es mi madre. Lo peor de todo es que ni siquiera sabe lo de mis salidas nocturnas por mis ojeras o por mi aliento a Jägermeister, sino porque me lee el correo. Yo llegué más fresca que una lechuga el miércoles. Soy una experta. Pero cometí el error de dejarme el correo abierto y marcharme al baño.
La respuesta a un mail que le mandé a Belén con el asunto “Se acabó, soy una guarra y una borracha” estaba leída cuando regresé a mi potro de tortura.
Ni una más. Me voy.









