4 marzo 2010 a las 21:55 por elenayelsexo

De cuando las cosas salen bien

A veces, pero sólo en raras ocasiones, ocurre que cuando se desea algo, se consigue.

José trabaja y vive con mi amiga Belén, pero se relacionan en un vivir muy casto. De esos sin tocamientos; de esos que se limitan a charlas en la cocina por la mañana y tazas de té por las tardes. El caso es que hace tiempo, cada vez que voy a buscar a Belén a su casa, me lo encuentro. Y me hace gracia, para qué negarlo.

José es sudamericano con todo lo que eso conlleva: habla bonito, baila bien, y se lo toma todo con sentido del humor y mucha calma. Aparte de estos atributos, el chico cocina de maravilla y siempre que me paso por allí, me ofrece alguna delicatessen que casualmente ha preparado esa tarde.

Entre “prueba esto, linda” y “qué bien te ha quedado aquello” empezamos hace tiempo a establecer cierta amistad basada en el gusto. Y sin nada de tacto y parcas palabras hemos llegado a una extraña intimidad para la que todavía no encuentro más descripciones o adjetivos.

El pasado sábado por la noche accedió a acompañarnos en una reunión de amigos de esas que comienzan con las cañas del aperitivo pero que uno nunca tiene ni idea de cómo o dónde terminan.

Sus ojos oscuros me persiguieron todo el tiempo de un lado a otro. Y a cada comentario, me encontraba una sonrisa en sus boca perfecta como respuesta. Hicieron falta por lo menos cinco cervezas para que nos besáramos, una más para que la mano fuese de la cintura al culo y cinco minutos después de esto para que, urgidos, siguiéramos en casa de Belén.

Me desperté con resaca, pero sin ansiedad ni ganas de salir corriendo. Él tuvo que marcharse toda la mañana del domingo a terminar un trabajo y yo decidí, sin miedo, quedarme con mi amiga hasta que volviera. Cuando regresó me arrastró a caricias de nuevo a su cuarto y rematamos algunas asuntos que el día anterior no habían quedado del todo claros.

Estos días hemos entrado en la dulce rutina de los mensajes que no dicen nada y que se contestan con algo aún más vacío pero igual de tierno. En los días en que en el inbox siempre hay un mail con una canción bobalicona adjunta. En las noches en que no asusta hacer planes y las madrugadas en que no necesitas hacerlos.

Y por primera vez en décadas (tantas como dos y media) no pienso en algo más allá del ahora. Creo que va siendo hora de echar el cierre a una etapa.

25 noviembre 2009 a las 10:50 por elenayelsexo

Un caso demasiado real (y cercano)

El pasatiempo favorito de David es estar sentado en el sofá, fumando porros, viendo la tele y jugando a la Play. Le gusta hacerlo con las persianas bajadas. La oscuridad le confiere intimidad y le libra de cualquier culpa. Trabaja media jornada en un hospital. Gana bastante, así que tiene cubiertas todas sus necesidades y algunos caprichos. Vive desde hace algunos años con su novia, Teresa. Teresa también tiene curro, sólo que le ocupa algunas horas más. Suele llegar exhausta por la noche pero siempre tiene ganas de verlo.

Él va cuatro veces por semana a clases de kickboxing
. La frustración de una profesión que no le dice nada suele desahogarla contra los compañeros de clase, cubiertos con espinilleras y guantes. Aunque a veces tanta hostia no hace más que aumentar su adrenalina, sus ganas de arrancarle la cabeza al mundo. Son esas tardes las que llega a casa con un extraño enfado. Teresa se vuelve transparente y cambia la Play por los portazos.

Hace un par de días Teresa se sentía enferma
. Había estado vomitando sangre y no tenía muy claro qué podía sucederle. Tuvo la mala suerte de que coincidió con uno de esos momentos changos de David. Así que cuando llegó a casa él ni siquiera le preguntó cómo se encontraba. Apenas hizo un gesto con la cabeza cuando ella cruzó la entrada. Yo había ido a buscarla a la oficina y asistí estupefacta a aquel espectáculo de macho cabreado.

Al poco de estar las dos allí compartiendo salón y oscuridad con él, se levantó y le dijo a ella que estaba harto de “su puto desorden”. Cerro la puerta del cuarto común con fuerza y puso una insoportable música electrónica dentro. Ella suspiró, pero continuó como si nada hubiese ocurrido. Creo que lo peor de todo era que yo hubiese asistido a la función especial de la semana. Yo tampoco hice ningún comentario. Ni siquiera me atreví a preguntar.

Lo que sé sobre estos días en que él está de mala leche es porque lo he visto con mis propios ojos. A ella, aunque le arrancaras los padrastros uno por uno, jamás conseguirías hacerle reconocer que él es un capullo integral. Y nosotras, sus amigas, será difícil que de una vez por todas nos atrevamos a explicarle a ella, por mucho que lo pida a gritos, que ese trato no es normal. Tampoco sabremos si la cosa va a mayores. Esperemos que tanto silencio no se vea roto por la portada de algún diario nacional que nos haga protagonistas a todos de la historia.