“Te despiertas con una sinfonía estomacal, enciendes un pitillo mientras te sacas del culo la envoltura de uno de los condones de frutas que pillaste en el lavabo de la discoteca. Serán más de las cuatro, a tu izquierda un cóctel de colillas y dos copas de vino a medias, a tu derecha los restos de tu recompensa nocturna …”*. No tienes ni puta idea de cómo diantres se llama. ¿Está viva? Huele a alcohol. Mucho. De repente se mueve. Sus tripas suenan al mismo volumen descontrolado que las tuyas. Al menos está viva.
Apagas el pitillo y abres un poco la ventana. Quizá sea mejor hacerse el dormido. Aunque te planteas si cabría la posibilidad de echar un mañanero, lo descartas al segundo. “¿Y si luego quiere hablar?”. Te arropas y te haces un ovillo tratando de no rozar el trofeo. Intentas quedarte dormido recordando el polvo de la noche anterior. Desafortunadamente no tienes ni una imagen de lo sucedido. Quieres mirar debajo de la sábana para comprobar que tus intuiciones son correctas, que está medio buena. Te viene a la mente tu amigo César levantando el pulgar como diciendo “Hey, tronco, has triunfado, llévatela y fóllatela hasta dejarla K.O”.
Esto te hace volver a plantearte el despertarla. Estás empalmado y ya no hay quien te duerma. Pero estás casi seguro de que querrá quedarse a comer y todo se hará complicado y lento y pesado. Ella se incorpora. Ya no hay nada que hacer. El plan A gana por goleada. Sale de la habitación y alcanzas a echarle un vistazo al culo. Sí, ha debido ser una gran noche. Te relajas. Estiras las piernas. Ella regresa y se sienta en el borde de la cama. Espera un rato y vuelve a salir. Las tías a veces hacen cosas muy raras. Al rato escuchas un portazo. Se ha largado, puedes levantarte.
Ahora eres tú quien sale del cuarto. Te encuentras a Tomás en el pasillo. “¿Quién era esa?”. Le contestas que ni idea, y le preguntas que cómo estaba. “Bien, del montón para arriba. Vaya, de lo mejor que ha pasado por el piso”. Sonríes, estás satisfecho. Eres un hombre contento y hambriento. Te diriges a la cocina y abres la nevera. Un trozo de queso, un par de lonchas de beicon, unas natillas y regresas a la cama. Reconoces el olor: sexo y mujer. Ya puedes dormir tranquilo.
*Gracias yebz por tu inspirador comentario…










