14 diciembre 2009 a las 9:00 por elenayelsexo

Recojo el guante

Te despiertas con una sinfonía estomacal, enciendes un pitillo mientras te sacas del culo la envoltura de uno de los condones de frutas que pillaste en el lavabo de la discoteca. Serán más de las cuatro, a tu izquierda un cóctel de colillas y dos copas de vino a medias, a tu derecha los restos de tu recompensa nocturna …”*. No tienes ni puta idea de cómo diantres se llama. ¿Está viva? Huele a alcohol. Mucho. De repente se mueve. Sus tripas suenan al mismo volumen descontrolado que las tuyas. Al menos está viva.

Apagas el pitillo y abres un poco la ventana. Quizá sea mejor hacerse el dormido. Aunque te planteas si cabría la posibilidad de echar un mañanero, lo descartas al segundo. “¿Y si luego quiere hablar?”. Te arropas y te haces un ovillo tratando de no rozar el trofeo. Intentas quedarte dormido recordando el polvo de la noche anterior. Desafortunadamente no tienes ni una imagen de lo sucedido. Quieres mirar debajo de la sábana para comprobar que tus intuiciones son correctas, que está medio buena. Te viene a la mente tu amigo César levantando el pulgar como diciendo “Hey, tronco, has triunfado, llévatela y fóllatela hasta dejarla K.O”.

Esto te hace volver a plantearte el despertarla. Estás empalmado y ya no hay quien te duerma. Pero estás casi seguro de que querrá quedarse a comer y todo se hará complicado y lento y pesado. Ella se incorpora. Ya no hay nada que hacer. El plan A gana por goleada. Sale de la habitación y alcanzas a echarle un vistazo al culo. Sí, ha debido ser una gran noche. Te relajas. Estiras las piernas. Ella regresa y se sienta en el borde de la cama. Espera un rato y vuelve a salir. Las tías a veces hacen cosas muy raras. Al rato escuchas un portazo. Se ha largado, puedes levantarte.

Ahora eres tú quien sale del cuarto. Te encuentras a Tomás en el pasillo. “¿Quién era esa?”. Le contestas que ni idea, y le preguntas que cómo estaba. “Bien, del montón para arriba. Vaya, de lo mejor que ha pasado por el piso”. Sonríes, estás satisfecho. Eres un hombre contento y hambriento. Te diriges a la cocina y abres la nevera. Un trozo de queso, un par de lonchas de beicon, unas natillas y regresas a la cama. Reconoces el olor: sexo y mujer. Ya puedes dormir tranquilo.

*Gracias yebz por tu inspirador comentario…

10 diciembre 2009 a las 12:32 por elenayelsexo

Cosas que odio de la promiscuidad (II)

Cada fin de semana se pone en marcha el ritual o el también denominado ‘cuanta más pinta de zorrón, mejor’. Te depilas y recortas los pelitos sobrantes, gracias a posturas que vistas por un segundo darían pie a muchas bromas; te untas en cremas hidratantes de tipos varios, que si reafirmante, que si con olor a vainilla, que si antiedad…; dejas de aplicar la regla de ‘si enseñas abajo nunca arriba y viceversa’ para pasar al ‘cachete, pechito y ombligo’; y si generalmente vas con la cara lavada a todas partes, te conviertes en un ser de color naranja.

Preciosa y elegante, y pese a que odias cualquier tipo de perfume, te aplicas unas gotitas de ese frasco llamativo que tienes en el baño y que en el fondo te acaban provocando náuseas y dolor de cabeza. No cenas o bebes un vaso de agua y te comes un sandwich de york y queso y te aventuras a coger el metro con otros cientos de mujeres, calzándote unos incómodos tacones previamente. Esta noche ligas, aunque sea con el tipo más feo y vulgar que te encuentres.

Supongo que si los pavos reales enseñan su cola de colores, nosotras hacemos esto. Pero qué suertudos ellos que a la mañana siguiente no tienen que volver a casa… en transporte público.

Recapitulemos: sales con pinta de putón, ligas y te tiras a ese personaje que acabas de conocer. Cuando te despiertas, además del dolor de cabeza, descubres que no tienes absolutamente nada que contarle a esta persona que te roza con un codo mientras ronca y te apresuras a la ducha. Este es un momento clave. Si vive solo, probablemente tenga un cuarto de baño asqueroso, lleno de polvo, pelusas y costras de jabón y crema de afeitar. El wc tiene ronchas negras en los laterales y al fondo, así que decides mear en cuclillas. Te duchas de puntillas y con una pastilla de jabón roñosa, porque el que ronca no compra gel. En vez de una toalla, detrás de la puerta cuelga un albornoz con pinta no haberse lavado desde 1950 (aprox).

Si, en cambio, comparte, el baño seguro que está ocupado cuando vas a usarlo. Mientras intentas volver al cuarto de tu amante, te encuentras a un compañero de piso al que sorteas al tiempo que te das cuenta de que vas en top y bragas y que la depilación perfecta de la noche anterior no es tal. Esperas un rato y cuando escuchas la cadena vuelves al baño. En esta ocasión hay ocho mil tipos diferentes de geles y no sabes cuál usar. Además, huele a caca de alguien que no conoces a quien, gracias a Dios, no has tenido la oportunidad de ver. Te lavas de cualquier manera y te secas como un perro porque es imposible dilucidar cuál es la sucia toalla o el albornoz del que ronca en el cuarto.

Consigues vestirte sin hacer ruido y te largas. En el ascensor el cruel espejo te devuelve una imagen terrible de ti misma: tu bonito alisado de ayer es un encrespado fatal hoy y el rímel se mezcla implacable con el naranja. Hueles a gel en oferta, perfume barato de fin de semana y tabaco. Te alegras mucho de que nadie pare el ascensor mientras bajas. A duras penas llegas al metro. Te duelen los pies, sientes como latiditos en la parte delantera y te arrancarías las uñas una a una. Piensas: “Joder, Kate Moss hace esto todas las semanas y mola verla en las revistas”. Recuerdas que tú no te pareces ni por asomo a Kate Moss.

Te debates entre el sueño y el vómito en el vagón, mientras numerosas familias con hijos de 0 a 5 años se disponen a pasar un bonito día, preparándose con cánticos, villancicos y demás cosas molestas para la resaca. Alguno te mira y se sonríe. Finalmente llegas a casa, tu madre te mira con pena y asco y tú te mueres de hambre. Se hace un silencio molesto en casa. Te metes en tu habitación. Qué bonito domingo.

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