7 febrero 2010 a las 22:19 por elenayelsexo

Parejas que desayunan en el VIPS

No hay nada peor que acabar una fiesta el domingo por la mañana en el VIPS. Mientras procuras no morirte y resistir como una campeona sin dormir ni vomitar hasta la hora de la siesta, cientos de parejas se arremolinan a tu alrededor charlando a un volumen que a uno le hace concluir que padecen sordera. Seguir tu propia conversación pasa a ser un imposible y sólo queda establecer una serie de conjuntos que organicen esa amalgama.

-Los que se han conocido en ‘Mujeres y Hombres y Viceversa’. Dependiendo del lugar de la ciudad en el que nos encontremos, este grupo será más o menos numeroso, pudiendo convertirse incluso en el dominante en ciertas zonas del extrarradio. Los dos componentes de la pareja llevan en la cartera el carné de socio de un gimnasio, donde acuden una media de cuatro veces a la semana. En otro compartimiento, un bono de Solmanía. Se hablan como con desprecio y cuando parece que van a zumbarse, se besan apasionadamente –los presentes pueden distinguir el intercambio de lenguas– y se marchan, agarrándose el trasero.

- Los gafapastas. Suelen estar en los del centro y por el de Bilbao. Nada más sentarse, despliegan sobre la mesa El País Semanal y la Rockdeluxe, que analizan con esmero y comentan. Piden el desayuno que lleva zumo de naranja y tortitas. Pero nada de beicon o jamón serrano; la carne no les va. Pese a ser vegetarianos, están gordos. Charlan distendidamente y si se pasa por su lado, uno puede captar palabras como Haneke, Lipovetsky, Yevtushenko, Ajvide Lindqvist. Ininteligibles, imposibles de repetir. Ella siempre termina por cabrearse, marchándose en silencio y dejando a su hombre melancólico y pensativo.

- Los universitarios. Son la mayoría. Antes de entrar, cuentan el dinero que tienen entre los dos. Piden la carta y hacen el cálculo mental de lo que les va a costar si toman esto o lo otro. Ordenan un café y una tostada para compartir. Se sientan juntos y se meten mano por debajo de la mesa. Ellos creen que nadie se da cuenta, pero en realidad todos los miramos y pensamos: “pobres, quién no ha pasado por eso”. Se dan besitos y sonríen como si fuesen subnormales. Deciden seguir en El Retiro. Pagan con monedas de cobre.

- Los modernos. Tienen las pupilas dilatadas y visten de colores flúor (es lo malo de las modas, que aunque pasen no se puede renovar por completo el armario). Parecen maricones. No una lesbiana y un gay, no. Una pareja de maricones. Se ríen todo el tiempo y a veces bailotean imitando a Lady Gaga. Piden una Coca-Cola Light y una bebida energética sin azúcar. No comen nada. Desesperan a todos los de alrededor y el de seguridad acaba por echarles a la calle. A ellos les parece divertido. Toda una aventura posmoderna.

- Los que se acaban de liar y son de su padre y de su madre. Los mejores. Están despeinados. Ella, las medias rotas. Él, descamisado. Asienten y arrancan a decir algo a la vez. Piden un desayuno grande, con huevos revueltos, pero ninguno se lo come. Les da mucho corte. A alguno le mandan un mensaje. “Oye, me tengo que ir, ya nos veremos otro día… por ahí”. “Sí, eso, ya nos veremos”. El que se queda se zampa los dos desayunos que siguen intactos sobre la mesa.

24 diciembre 2009 a las 13:23 por elenayelsexo

All I want for Christmas…

Todas mis primas tienen novio desde hace casi una década. Los traen a todos los eventos familiares y mi abuela les regala algo el día de Reyes. Yo, hasta que cumplí los veintiuno, me presentaba en cualquier parte con mi novio de toda la vida. Cuando dejó de aparecer en las reuniones, comenzaron los comentarios de “pobrecito, con lo majo que era”, como si yo lo hubiese asesinado, descuartizado y emparedado en algún sótano. La familia no suele entender que algunos cambios suponen una liberación enorme.

El caso es que desde entonces, cada navidad, en cuanto todos han tomado sus respectivas copitas de cava, me dan la murga con el asunto pareja -los más osados hasta preguntan por rolletes- mientras yo me hago la sueca. Algún año, por estas cosas de la emotividad y el calor festivo, les he hablado de cierta aventurilla, pero descubrí que era una mala idea cuando a la siguiente reunión familiar me preguntaron qué tal me iba con mi noviete y yo ni siquiera sabía a quién narices se referían.

Lo peor de todo llegó la semana pasada. Me llamó mi abuela para preguntarme si este año traería a alguien a la cena de navidad, por si tenía que  -por fin- cocinar para uno más. Le respondí que, otro año, no.

-    No te preocupes, hija, se está mejor sola – me contestó-
-    Sí, ¿verdad? –dije yo-
-    Sí, mírame a mí, en casa, tan a gusto, sin nadie que me moleste. Aunque a veces estaría bien poder comentar las cosas con alguien, pero para eso está la tele.

Al terminar la frase, se le entrecortó la voz, se despidió de mala manera y colgó. Me invadió una tristeza infinita. Supongo que al final uno está solo porque quiere, y que hay muchas formas de compañía que no pasan por una pareja, pero qué bonito es en días como hoy ir a todas partes con alguien de la mano, que te abrace cuando pasa un viento frío y te regala la bufanda que necesitabas. Felices fiestas…

16 junio 2009 a las 19:50 por elenayelsexo

Ni tanto ni tan calvo…

Hacía mucho tiempo que no veía a mi amiga Irene. Meses ha conoció al hombre de su vida, y desde entonces estaba desaparecida. Después de que me dejara plantada en un total de seis ocasiones, conseguí acorralarla hasta que no pudo cancelar. Y sin más remedio se presentó en la cita.

Irene solía ser una mujer atractiva. Delgada, siempre muy arreglada, con un aspecto sumamente cuidado. En cambio, lo que apareció ante el estupor de mis ojos, fue una gorda tremenda. Feliz, pero enorme. Sinceramente, no sabía que decir. Esperaba que apareciese como acostumbraba, dando saltos, sin parar ni un minuto, con mil planes antes y después de la cita en cuestión.

Pero no, aquella nueva mujer de un solo hombre se había convertido en un ser aburrido cuyo único tema de conversación es la cocina, los productos de limpieza para el hogar y poco más. Aunque lo que más me impresionó de todo fue el tamaño de su cintura, sus pelos revueltos, su aspecto desaliñado.

Callé como una perra. Apenas le conté nada sobre mis últimas decisiones, no nombré a Sara, ni a Mod, no tuve el valor de narrar ni una sola anécdota. Regresé a casa triste. Probablemente no me llena en absoluto emborracharme como si no hubiera un mañana, pero desde luego mi futuro no pasa por ser una mujer de mi casa. Supongo que hay otros cientos de alternativas, pero es tan fácil caer en las que nos ocupan…