No hay nada peor que acabar una fiesta el domingo por la mañana en el VIPS. Mientras procuras no morirte y resistir como una campeona sin dormir ni vomitar hasta la hora de la siesta, cientos de parejas se arremolinan a tu alrededor charlando a un volumen que a uno le hace concluir que padecen sordera. Seguir tu propia conversación pasa a ser un imposible y sólo queda establecer una serie de conjuntos que organicen esa amalgama.
-Los que se han conocido en ‘Mujeres y Hombres y Viceversa’. Dependiendo del lugar de la ciudad en el que nos encontremos, este grupo será más o menos numeroso, pudiendo convertirse incluso en el dominante en ciertas zonas del extrarradio. Los dos componentes de la pareja llevan en la cartera el carné de socio de un gimnasio, donde acuden una media de cuatro veces a la semana. En otro compartimiento, un bono de Solmanía. Se hablan como con desprecio y cuando parece que van a zumbarse, se besan apasionadamente –los presentes pueden distinguir el intercambio de lenguas– y se marchan, agarrándose el trasero.
- Los gafapastas. Suelen estar en los del centro y por el de Bilbao. Nada más sentarse, despliegan sobre la mesa El País Semanal y la Rockdeluxe, que analizan con esmero y comentan. Piden el desayuno que lleva zumo de naranja y tortitas. Pero nada de beicon o jamón serrano; la carne no les va. Pese a ser vegetarianos, están gordos. Charlan distendidamente y si se pasa por su lado, uno puede captar palabras como Haneke, Lipovetsky, Yevtushenko, Ajvide Lindqvist. Ininteligibles, imposibles de repetir. Ella siempre termina por cabrearse, marchándose en silencio y dejando a su hombre melancólico y pensativo.
- Los universitarios. Son la mayoría. Antes de entrar, cuentan el dinero que tienen entre los dos. Piden la carta y hacen el cálculo mental de lo que les va a costar si toman esto o lo otro. Ordenan un café y una tostada para compartir. Se sientan juntos y se meten mano por debajo de la mesa. Ellos creen que nadie se da cuenta, pero en realidad todos los miramos y pensamos: “pobres, quién no ha pasado por eso”. Se dan besitos y sonríen como si fuesen subnormales. Deciden seguir en El Retiro. Pagan con monedas de cobre.
- Los modernos. Tienen las pupilas dilatadas y visten de colores flúor (es lo malo de las modas, que aunque pasen no se puede renovar por completo el armario). Parecen maricones. No una lesbiana y un gay, no. Una pareja de maricones. Se ríen todo el tiempo y a veces bailotean imitando a Lady Gaga. Piden una Coca-Cola Light y una bebida energética sin azúcar. No comen nada. Desesperan a todos los de alrededor y el de seguridad acaba por echarles a la calle. A ellos les parece divertido. Toda una aventura posmoderna.
- Los que se acaban de liar y son de su padre y de su madre. Los mejores. Están despeinados. Ella, las medias rotas. Él, descamisado. Asienten y arrancan a decir algo a la vez. Piden un desayuno grande, con huevos revueltos, pero ninguno se lo come. Les da mucho corte. A alguno le mandan un mensaje. “Oye, me tengo que ir, ya nos veremos otro día… por ahí”. “Sí, eso, ya nos veremos”. El que se queda se zampa los dos desayunos que siguen intactos sobre la mesa.











