No le gustan mis amigos. Ni a ellos, él. El viernes fue una fiesta de narices levantadas, parecía que todos olían la misma mierda. Si él ponía cara de culo cuando ellos hablaban de sus grupos de fans favoritos de Facebook, ellos le miraban como pensando “menudo tostón” cada vez que él intentaba ponerse profundo.
No nos engañemos, la noche no está hecha para los comentarios sesudos, ni para las interpretaciones abstractas de las tonterías mundanas. La noche está nada más y nada menos que para que uno haga lo que le salga de los mismísimos.
El filósofo es un poco ‘doce meses, doce causas’ y todo lo que veía, le escandalizaba. Hay cosas que para un eslogan de una campaña solidaria de un canal de televisión están bien, pero que uno debe superar con los años. ¡Venga, hombre!.
El ambiente se puso tan cargante y tan pesado, que hasta yo misma me uní al club de las narices levantadas. El filósofo, su puto pan, y su mojigatería me irritaron de una manera peligrosa. No hay nada peor que un perroflauta que habla de la paz mundial y del respeto mutuo, pero que no es capaz de comprender más que a los que son como él. Disculpa, también tiene que haber un hueco para el consumismo, los colores chillones, las drogas duras, la música comercial y el pelo planchado.
Debían ser las tres y media cuando empezó con el terrible “Vámonos”. No lo puedo soportar. Lo siento, pero no tengo hijos porque no los aguantaría ni un minuto, así que lo único que pido a una acompañante es que no se comporte como un joven vástago impertinente. Así que se fue. Y yo me quedé.
Al rato me llegó un sms en el que básicamente me decía que reprobaba mi vida y mi entorno, y me invitaba a irme a la mierda. Qué curioso, porque creo que se la llevó él en un bolsillo; en cuanto desapareció, las narices volvieron a su sitio.










