26 mayo 2009 a las 19:42 por elenayelsexo

El club de las narices levantadas

No le gustan mis amigos. Ni a ellos, él. El viernes fue una fiesta de narices levantadas, parecía que todos olían la misma mierda. Si él ponía cara de culo cuando ellos hablaban de sus grupos de fans favoritos de Facebook, ellos le miraban como pensando “menudo tostón” cada vez que él intentaba ponerse profundo.

No nos engañemos, la noche no está hecha para los comentarios sesudos, ni para las interpretaciones abstractas de las tonterías mundanas. La noche está nada más y nada menos que para que uno haga lo que le salga de los mismísimos.

El filósofo es un poco ‘doce meses, doce causas’ y todo lo que veía, le escandalizaba. Hay cosas que para un eslogan de una campaña solidaria de un canal de televisión están bien, pero que uno debe superar con los años. ¡Venga, hombre!.

El ambiente se puso tan cargante y tan pesado, que hasta yo misma me uní al club de las narices levantadas. El filósofo, su puto pan, y su mojigatería me irritaron de una manera peligrosa. No hay nada peor que un perroflauta que habla de la paz mundial y del respeto mutuo, pero que no es capaz de comprender más que a los que son como él. Disculpa, también tiene que haber un hueco para el consumismo, los colores chillones, las drogas duras, la música comercial y el pelo planchado.

Debían ser las tres y media cuando empezó con el terrible “Vámonos”. No lo puedo soportar. Lo siento, pero no tengo hijos porque no los aguantaría ni un minuto, así que lo único que pido a una acompañante es que no se comporte como un joven vástago impertinente. Así que se fue. Y yo me quedé.

Al rato me llegó un sms en el que básicamente me decía que reprobaba mi vida y mi entorno, y me invitaba a irme a la mierda. Qué curioso, porque creo que se la llevó él en un bolsillo; en cuanto desapareció, las narices volvieron a su sitio.

18 mayo 2009 a las 15:25 por elenayelsexo

Jugando a ser espía

La panadería donde trabaja el filósofo está en el corazón del barrio de Salamanca. En la mismísima calle Narváez. Señoras que recientemente han guardado en el armario el abrigo de visón pasean arriba y abajo, comprando cosas por el puro placer del consumo. A la hora de la comida y por la tarde, también pueden encontrarse adolescentes, generalmente rubios, con un flequillo ladeado, que portan carpetas con pegatinas de OT y mascan chicle con la boca abierta.

Decidí ir a comprobar si realmente el filósofo es panadero. Odio hacer este tipo de cosas. Me dan vergüenza de mí misma. Pero últimamente no me fío ni de nada ni de nadie. Y no paro de meterme en la boca del lobo, sin saber si el lobo es tal o quizá algo peor. Tampoco me gusta justificarme. Fui porque quise, porque lo consideré oportuno.

El camino resultó una auténtica angustia, sólo comparable a la del fin de semana. Tampoco entiendo muy bien por qué. Si de verdad me está engañando, no hay más que decir, adiós y punto. Supongo que aunque no dé un duro por esta historia, el fracaso y la mentira son bocados pesados, difíciles de digerir.

A través de los cristales de la tienda se podía ver a la dependienta, con su bata blanca y su gorro de manipuladora de alimentos. Toda la calle, incluso las colindantes, olían a pan y bollos de esa manera tan intensa que te hace babear y rugir la barriga. Esperé fuera un rato, sin atreverme a pasar adentro y preguntar. Pensé que si le hacía una visita de manera oficial iba a parecer que mi interés va más allá de lo que realmente es. Y aquélla no era una visita de “te echo de menos” ni de “quiero saber cómo es tu día a día”, sino más bien una de “no me la pueden estar pegando otra vez”.

Como no trabaja de cara al público, sino en el horno, no había manera de saber si estaba allí o no. O al menos no podía saberse con la simple observación. Me senté en la acera de enfrente a trazar un plan. Y el plan tuvo mucho que ver con la espera. Vamos, que me quedé allí como una boba.

De repente, se abrió una puerta como de un almacén. El filósofo salió, pitillo en mano. Se lo fumó de espaldas a mí, enfundado en su delantal. No me vio, pese a que yo estaba detrás de él, a tan sólo unos metros. No me quise esconder, pero si no se deba cuenta de mi presencia, mejor que mejor.

El misterio quedó resuelto. Mi filósofo portugués no es el mismo que el de Sara. Volví a casa con una tristeza extraña. Creo que el trabajo de espía me gustó demasiado. Y me parece que, posiblemente, lo de ser un chapero y un farsante le hubiese añadido a este alma cándida y suave un toque de acción, que es lo que mi cuerpo y mi cabeza necesitan…