28 diciembre 2009 a las 11:27 por elenayelsexo

Intercambio de intimidades

Allí estaban los cuatro el día de nochebuena, a las tantas. Una de ellas era rubia, pelo rizado recogido en una pinza, sombra de ojos azul, labios marrones perfilados, vestido dorado con lentejuelas. La otra, morena, pechos prominentes, top y falda elástica negros, botas con plataforma y un extraño bulto entre las piernas. Charlaban con dos hombres de piel tostada en uno de los pocos bares de Chueca en los que no cobraban entrada. Reían y a ratos se abrazaban de manera amistosa.

Empezó a sonar un Greatest Hits de Mariah Carey (imprescindible en navidad) y la morena de extraño bulto entre las piernas se levantó y comenzó a entonar con una profunda voz masculina todas y cada una de las melodías. Los tres restantes daban palmas y tarareaban los trozos que reconocían con hermosos ‘guachu-guachu’.

Elena, en la mesa de al lado, se contenía moviendo los hombros al ritmo. Acompañada por su amigo Gonzalo pensaba que probablemente ésta era una forma bastante disfuncional de pasar la noche, pero que también, probablemente, estaba siendo una de las mejores nochebuenas de su vida. Durante un rato, musitó si los dos hombres, vestidos de hombres, serían clientes. Y pensó en cómo habrían creado esa intimidad tan curiosa acabándose de conocer en tal caso.

Aunque en el fondo, todos somos así, cada cual compra el cariño del resto como sabe. Y al final, la mayoría de las veces la intimidad es algo artificial que construimos a base de ceder pedazos de parcela que sacrificamos para combatir a la soledad.

Terminamos nuestras cervezas y la camarera nos invitó a marcharnos. Era ya la hora del cierre. Dormí abrazada a Gonzalo y su pequeña figura. Intercambiando nuestras intimidades por compañía.

24 diciembre 2009 a las 13:23 por elenayelsexo

All I want for Christmas…

Todas mis primas tienen novio desde hace casi una década. Los traen a todos los eventos familiares y mi abuela les regala algo el día de Reyes. Yo, hasta que cumplí los veintiuno, me presentaba en cualquier parte con mi novio de toda la vida. Cuando dejó de aparecer en las reuniones, comenzaron los comentarios de “pobrecito, con lo majo que era”, como si yo lo hubiese asesinado, descuartizado y emparedado en algún sótano. La familia no suele entender que algunos cambios suponen una liberación enorme.

El caso es que desde entonces, cada navidad, en cuanto todos han tomado sus respectivas copitas de cava, me dan la murga con el asunto pareja -los más osados hasta preguntan por rolletes- mientras yo me hago la sueca. Algún año, por estas cosas de la emotividad y el calor festivo, les he hablado de cierta aventurilla, pero descubrí que era una mala idea cuando a la siguiente reunión familiar me preguntaron qué tal me iba con mi noviete y yo ni siquiera sabía a quién narices se referían.

Lo peor de todo llegó la semana pasada. Me llamó mi abuela para preguntarme si este año traería a alguien a la cena de navidad, por si tenía que  -por fin- cocinar para uno más. Le respondí que, otro año, no.

-    No te preocupes, hija, se está mejor sola – me contestó-
-    Sí, ¿verdad? –dije yo-
-    Sí, mírame a mí, en casa, tan a gusto, sin nadie que me moleste. Aunque a veces estaría bien poder comentar las cosas con alguien, pero para eso está la tele.

Al terminar la frase, se le entrecortó la voz, se despidió de mala manera y colgó. Me invadió una tristeza infinita. Supongo que al final uno está solo porque quiere, y que hay muchas formas de compañía que no pasan por una pareja, pero qué bonito es en días como hoy ir a todas partes con alguien de la mano, que te abrace cuando pasa un viento frío y te regala la bufanda que necesitabas. Felices fiestas…