Allí estaban los cuatro el día de nochebuena, a las tantas. Una de ellas era rubia, pelo rizado recogido en una pinza, sombra de ojos azul, labios marrones perfilados, vestido dorado con lentejuelas. La otra, morena, pechos prominentes, top y falda elástica negros, botas con plataforma y un extraño bulto entre las piernas. Charlaban con dos hombres de piel tostada en uno de los pocos bares de Chueca en los que no cobraban entrada. Reían y a ratos se abrazaban de manera amistosa.
Empezó a sonar un Greatest Hits de Mariah Carey (imprescindible en navidad) y la morena de extraño bulto entre las piernas se levantó y comenzó a entonar con una profunda voz masculina todas y cada una de las melodías. Los tres restantes daban palmas y tarareaban los trozos que reconocían con hermosos ‘guachu-guachu’.
Elena, en la mesa de al lado, se contenía moviendo los hombros al ritmo. Acompañada por su amigo Gonzalo pensaba que probablemente ésta era una forma bastante disfuncional de pasar la noche, pero que también, probablemente, estaba siendo una de las mejores nochebuenas de su vida. Durante un rato, musitó si los dos hombres, vestidos de hombres, serían clientes. Y pensó en cómo habrían creado esa intimidad tan curiosa acabándose de conocer en tal caso.
Aunque en el fondo, todos somos así, cada cual compra el cariño del resto como sabe. Y al final, la mayoría de las veces la intimidad es algo artificial que construimos a base de ceder pedazos de parcela que sacrificamos para combatir a la soledad.
Terminamos nuestras cervezas y la camarera nos invitó a marcharnos. Era ya la hora del cierre. Dormí abrazada a Gonzalo y su pequeña figura. Intercambiando nuestras intimidades por compañía.










