10 junio 2009 a las 16:45 por elenayelsexo

Too much dirty

Pese a todo lo sucedido, Mod me volvió a llamar. Parece ser que camino de su casa le di mi número de teléfono y también resulta que la matanza de Texas sólo fue en mis bragas. El resto no fue nada más que un susto.

Ayer quedamos para tomar algo tranquilamente en un bareto mugriento de Bilbao. Se vinieron su mejor amigo y Sara también. El otro día se enrollaron. Obviamente, yo ni me percaté de su presencia.

El caso es que de las cervezas pasamos a los gintonics y de los gintonics a una botella de champán en casa de Mod. El ambiente se caldeaba y Sara no paraba de manosearnos a todos. Empezó a enrollarse con el amigo de Mod, mientras nos reíamos, hablábamos y bebíamos.

De pronto se quitó la camiseta. “Hace mucho calor aquí”, dijo. Todo fue muy rápido, y en cuestión de segundos Sara estaba con las tetas al aire, chupándosela desaforadamente al amigo de Mod. He de reconocer que me impresionó. Nunca había visto a nadie practicar sexo oral en directo, así tan cerca de mí.

El amigo de Mod le arrancó la falda a Sara y empezaron a follar. Yo intentaba evitar mirar con los ojos como platos morreándome con Mod. Pero gemían y gritaban y hasta casi se podía escuchar el roce. No sé si aquello me excitó o me desagradó. Agradecí que se la llevará a horcajadas al baño, donde hicieron un ruido tremendo.

Se golpearon contra todo, casi tiran la puerta el baño abajo. Mientras, en el salón, a Mod no se le levantaba ni a tiros. Me sentí mal. Fatal. Estaba pedísimo, en un casa extraña, con dos exhibicionistas diciéndose obscenidades en la habitación de al lado y un tipo al que apenas conocía con el pene flácido fuera del pantalón, que ni siquiera tuvo la delicadeza de quitarse.

Me entró pánico. Miré alrededor y pensé que qué coño estoy haciendo con mi vida. Un miércoles borracha a las cinco de la mañana, con personas que no me importan. Intentando mantener relaciones sexuales con un chaval que no me interesa más que por su peinado. Cogí mi bolso y me marché.

Hoy me duele muchísimo la cabeza, pero más me duele algo por dentro. Creo que todo ha alcanzado un nivel de sordidez que me supera.

8 junio 2009 a las 13:55 por elenayelsexo

Si bebes Jägermeister, usa Tampax súper.

Jägermeister es una palabra que no quiero volver a escuchar en mi vida. No entiendo qué les hemos hecho los jóvenes de hoy a los empresarios del mundo del licor. No sé qué clase de mente perversa ha inventado este mejunje. Y no comprendo a quién puede habérsele ocurrido que es una gran idea regalar chupitos de ese veneno a las mujeres que tranquilamente toman una cerveza en la barra de un bar.

Me hallaba yo a la espera de abordar el Freeway y los hombres que allí ponían sus discos, cuando una mano anónima de una camarera desalmada me tendió un pequeño vaso con un brebaje de origen desconocido. El término “gratis” acompañado de la sonrisa de aquella chica, y el ambiente de alegría y gozo que invade los garitos un jueves por la noche, me obligaron a la rápida ingesta del contenido.

- Dios santo, ¿se puede saber qué es esto que me has dado?

- Jägermeister, una bebida brutal.

¡Y tanto! Minutos después de tan terrible acto me encontraba fuera de mí –todos los modales perdidos-, tambaleando, en busca de un hombre con quien irme a la cama. De camino a nuestro destino, a Sara “la ninfómana” y a mí nos pareció una idea genial tirarnos escaleras abajo para que la gente nos cogiera cual estrellas de la música en un concierto rock.

Magulladas y frenéticas aparecimos en el Freeway. Los dos primeros adjetivos no entraban en nuestros planes. Sin previo aviso, ni siquiera un simple “Hola”, me colé en la cabina del DJ y me quedé mirando fijamente a un palmo de distancia a mi Mod favorito. Esta escena, que a mí me debía parecer muy normal y natural en esos momentos, se repitió durante un tiempo indeterminado. Rodeado y sin poder evitarlo, el hombre de los años sesenta, me besó.

Creo que luego esperé a que recogiera sus cosas y nos fuimos a su casa en tu taxi. Del resto, no tengo ni idea. A la mañana siguiente me desperté aturdida, desorientada y sin mi vestido. Lo primero que me vino a la cabeza: desde que marché de mi casa la noche anterior, no me había cambiado el tampón.

Sí, señores, esas cosas pasan. Sin hacer ni un ruido, cogí mi vestido de entre aquella matanza de Texas. Gracias a Dios, estaba impecable. Usé el cuarto de baño un rato y marché de puntillas.

Moraleja: Si bebes Jägermeister, usa Tampax súper.

1 junio 2009 a las 18:45 por elenayelsexo

Fauna ibérica nocturna

Por la noche, en Malasaña, los bares están repletos de músicos que posturean de una manera muy divertida. De acuerdo con el estilo de lo que componen, así son vistiendo y a la hora de ligar. A los rockeros les molan los tatuajes, los pitillos negros y escupir. Suelen estar en garitos como el Wurlitzer y te entran diciéndote una grosería –“¡Eh, tú, vaya culamen!”, o similar-. A veces tienen moto y he oído que follan fatal. Un pim-pam rapidito y se quedan sopas. Me lo ha contado mi amiga Lorena, que ahora, y justo después de una experiencia no muy satisfactoria con un rockero, es bollera.

Luego están los indies, que teniendo en cuenta la temporada así tocan y así se visten. Suelen ir de profundos, o peor, de sensibles. Yo tengo la teoría de que en el fondo son todos maricas, pero todavía no se han dado cuenta. Éstos en muchas ocasiones pasan de ti y eres tú quien tiene que acercarse a ellos. Hace algunos fines de semana, una mujer, cuyo nombre no viene al caso, harta de la indi-ferencia, se lanzó al suelo a la entrada del Nasti, se subió la falda, y enseñando su pulcra ropa interior y su depilación brasileña gritó:

- “¡Heterosexuales, venid aquí!”

Imagínense el grado de desesperación al que puede llegar una hembra en este tipo de locales.

Los que me obsesionan a mí ahora son los aquellos jóvenes pertenecientes a la tribu urbana de los Mods. Parece que se acaban de bajar del coche de Marty McFly provenientes de los años sesenta. Son Beatles andantes; su pelo, sus chaquetas, sus chapas, sus zapatos e incluso su colonia son de otra época.

A Sara, la ninfómana, y a mí nos encanta un grupo fabuloso que a veces pincha –me hace mucha gracia el concepto de que un grupo de música ponga sus disquitos en un antro- en un bar llamado Freeway. Son todos monísimos, se manosean compulsivamente el flequillo, caminan con ritmito y parece que siempre van pensando en algo muy interesante. Apuesto a que pasan horas en el baño y delante del espejo antes de salir a la calle.

El caso es que están en el punto de mira. Y he descubierto que el cantante trabaja en la oficina de al lado de La Oficina. Así que ahora salgo a fumar con el resto, y me quedo ahí, como una subnormal, esperando a que salga. Le miro un rato, y me vuelvo a mi sitio. Un nuevo entretenimiento que me salva del doloroso suicidio con una grapadora.

He visto su nombre en algún flyer –otra cosa que me fascina: poder seguir a alguien a través de papelajos que te dan en la calle- y creo que el jueves iré directa. Al cuello, quiero decir.