Para haber sido el último día, mi despedida, no se me dio nada mal. Ahora estoy de vuelta, escribiendo desde uno de los aeropuertos en los que tenía que hacer escala, muriéndome de la resaca, entre risas y recuerdos entrecortados de la noche.
Una amiga de María daba una fiesta en su casa coincidiendo con mi salida de México, así que aprovechamos para darlo todo las horas que me quedaban. Nada más llegar al pequeño chalecito donde vive Amie, la vi: bajaba por las escaleras de la mano de su novio. Escote amplio, falda corta, piernas delgadas. ¿Escote amplio? Sí, pechos inmensos. Tanto que me dio la risa. Un risa excitada, como la de un niño pequeño cuando le ponen delante un montón de chuches de fresa.
Él era más bien normalito. Creí haberlo conocido antes, y así fue, porque amablemente se acercó a mi lado y me saludó por mi nombre: “Hey, Elena, how are you doing?”. Ingleses los dos, le pregunté curiosa por su novia. Me dijo que técnicamente no era su novia, que sólo se acostaban. Se me hizo la boca agua. Ella no paraba de mirarme. Y a mí no se me acababa la risa floja.
Se marcharon agarrados. Iban a tomarse algo por ahí, pero prometieron unirse más tarde a nosotros, en La Mutualista. Durante mis vacaciones, pasamos los jueves allí. Normalmente a mitad de la semana un grupo de salsa cubano toca en directo en esta cantina. Nunca he sido muy bailonga, pero la experiencia me flipó. Pasas de un hombre a otro, te mueves con ellos, te sincronizas, te tocas, sudas. Una catarsis colectiva, tras la cual cada uno vuelve a su casa. Me pregunto si tan calientes como yo…
Este sábado se repetía el evento. Me encantó la idea de pasar allí mi última noche. Bebimos ron con limón exprimido. Para cuando apreció Sarah, yo estaba más desinhibida que nunca en mi vida. La invité a un trago. “Vente conmigo, eres nueva, quiero conocerte”. No sé de qué hablamos, pero a los pocos minutos yo le rozaba el escote y ella me acariciaba el cuello.
Su no-novio, Steve, nos observaba con cara de pocos amigos desde el otro lado de la pista. Sarah y yo nos besamos. Nunca había tenido dentro de mi boca una lengua tan juguetona. Daba látigazos en la mía, me mordía los labios, me pellizcaba los lóbulos de las orejas. No sentí vergüenza ni apuro, ni siquiera reparo en ningún momento. Salimos a la calle y allí nos tocamos los pechos con descaro. Los mexicanos que pasaban a nuestro lado no daban crédito. Se quedaban tan estupefactos que nadie fue capaz de dirigirnos ninguna palabra soez.
Entramos en un local de ambiente, de los pocos que hay en la ciudad, pese a se conocida como centro de la homosexualidad mexicana. Nada que ver con Madrid, claro está. Seguimos a lo nuestro. Me atreví a acariciarle los muslos por debajo de la mini. Todo me daba igual. Vi cómo Steve se acercaba a la barra y pedía dos chupitos de tequila. Los ingirió en centésimas de segundo. Vino hacia nosotras. Agarró a Sarah. La besó. “No te marches”, me espetó con acento muy simpático, “quédate con nosotros”.
Yo sólo pensaba en el escote de ella. En esas enormes tetas que me moría por descubrir, por acariciar, por chupar… Él me besó. Yo le correspondí. Me agarró el culo, Sarah en medio de los dos. La pobre María, testigo de lo que debió ser un espectáculo, me tocó la espalda y discretamente me dijo que estaba haciendo el ridículo, que siguiera si quería, que no estaba mal, pero que a lo mejor me interesaba saberlo.
Pero a mí lo único que me interesaba en ese momento era una rubia de piel blanquísima que me acababa de poner la mano en el coño. Seguimos así un rato. Derramamos tequila por los pechos simulando descuido. De las comisuras de la boca a los pezones. Steve propuso ir a su apartamento.
Recuerdo que en el taxi hacía calor, y que el conductor nos cobró de más. Viendo nuestro estado supo que no nos quejaríamos. Cuando llegamos al apartamento de Steve, él nos preguntó si queríamos beber algo. La afirmación unánime nos dejó tiempo a solas en la habitación. Le quité la camiseta y el sujetador con ansia. Le mordisqueé los pezones. Ni siquiera en las películas porno más bestias había visto unos melones como los de Sarah. Naturales, suaves, blandos.
Ella también olía a jabón y sabía a piel. Steve nos interrumpió cuando ya estábamos en bragas, tocándonos, tumbadas en la cama. No le dejamos hacer demasiado, aunque supongo que para él, como para tantos, ésa era exactamente su fantasía más recurrente para masturbarse. Creo que la mía también. Arranqué lo poco de ropa que le quedaba puesta a Sarah. Abrí sus piernas. Acerqué mi cara y saqué la lengua. La pasé de punta a punta. Su clítoris se hinchó. Gritó “aquí estoy”. Descubierto, me di a él, a su satisfacción.
Un dedo, dos, tres, casi una mano. Dentro de aquella mujer cabía de todo… Ella se retorcía mientras intentaba hacerle una paja a Steve, que no tenía nada claro qué era lo que tenía que hacer. Sólo la penetró a ella, mientras ella me devolvía el gesto que yo acababa de regalarle. Puedo jurar que esa no era la primera vez que la inglesa le practicaba un cunilingus a una tía. Tanta perfección y exactitud no es posible para una principiante.
Me di cuenta de que se hacía tarde por casualidad. Recogí mi ropa y me la puse tan rápido como pude. Ella se quedó dormida y él me acompañó a la puerta. “Ha sido un placer”. Y marché directa a casa de María recoger mi maleta.
Así que me encuentro en Atlanta, oliendo a alcohol y a sexo. Con una nube en la cabeza, los labios rojos del roce y unas ganas inmensas de colarme en el cuarto de baño y recordar con mis manos las últimas horas en México.











