Estoy en todas partes y todavÃa en ninguna. Sigo en La Oficina, pero también hago cosas para la editorial. Me tiro al editor casado, pero me gustarÃa hacer lo propio con Javi. Todos los dÃas voy al trabajo, pero no a trabajar, sino más bien a enseñar a otra persona a hacerlo. SÃ, ya hay alguien nuevo.
Ese alguien es rubia y no para de comentarlo todo. Si digo que hace continuamente chascarrillos jocosos y obscenos, que habla sin respirar, gritando, que su ciclo menstrual está en todas las conversaciones, que mira y remira hasta que se aprende el Vogue, que nunca jamás usará una talla más pequeña que la 42… ¿de quién estoy hablando?
SÃ, de una mariliendre, efectivamente. No sólo nunca he querido ser una de ellas, sino que además no puedo soportarlas. Asà que me paso ocho horas cada dÃa viendo una boca moverse y procurando no entender nada de lo que significan los sonidos que emite.
Me cuenta sus rollos al detalle y me pregunta. Sueño con, en ese momento, sacar un megáfono y gritar. Explicarle que es una puta pesada que encajará de maravilla allÃ, pero que no quiero saber nada de su regla, de sus polvos, ni de a quién se tiran sus amigos. Y ya de paso decirle a Cristina que es fea, a las del Otro Lado que les falta un hervor y a Javi que se puede ir a la mierda un rato.
¡Me voy! Unos dÃas y se acaba el infierno. Creo que necesito unas vacaciones de mi vida. Me parece que me iré lejos. O quizá no, a lo mejor me quedo cerca. Se admiten sugerencias.









