Desde que me marché de La Oficina no había vuelto a ver a Javi. Tampoco es que le haya echado de menos, pero cuando el viernes pasado me mandó un mensaje preguntando si tenía plan para esa noche, he de reconocer que se me puso el desayuno a modo de amígdalas. Obviamente, le respondí que no había pensado nada y que estaba a su entera disposición.
Como una boba, corrí a comprarme ropa interior nueva, a hacerme la pedicura y las ingles brasileñas. Al editor le tengo tan asegurado que este último mes he descuidado totalmente estos detalles. Me arreglé el pelo y hasta me puse tacones, con los que, por cierto, no sé caminar y nunca aprenderé.
Quedamos en el bar de siempre. Yo llegué primero, así que me aposenté en un taburete, pedí un gintonic y crucé las piernas en una postura nada cómoda pero sí muy sugerente. “¡Cuánta sobredosis de película ñoña!” podría pensar cualquiera. Y sí, así es. Todo este proceso es lamentable. Pero no menos que el resultado.
Quince minutos más tarde de lo pactado, apareció Javi … ¡con su novia! En este tipo de situaciones es absolutamente imposible mantener la compostura. Puse cara de culo y sonrisa de forma alterna, de manera que parecía que de un momento a otro iba a romper a llorar –cosa que me hubiese encantado, por otra parte-.
Se marcharon pronto y sin decir adiós, mientras yo me distraía con un amigo de ellos que se presentó por sorpresa. Al darme la vuelta y ver que se habían largado a la francesa, comencé a hacer pucheros, a los que siguieron lagrimitas, y acabaron por un llanto incontrolable con hipo. Las palabras de consuelo del tipo con el que me quedé no fueron tal:
- Mira, Elena, si todos sabemos lo que le ha pasado a Javi. Dejó a su chica porque es una pesada y le controla mucho y, claro, él ya no estaba seguro de quererla. Y además estabas tú. Te veía todos los días, eres guapa, vaya, estás buena y eres joven. Ideal en comparación la pesada de su novia. La dejó, pero luego se dio cuenta de que en realidad tú no le llegas ni a la suela de los zapatos y decidió volver con ella.
Gracias, tío, tus palabras me hicieron un gran favor.











