30 octubre 2009 a las 11:27 por elenayelsexo

El último refugio

Hay días en los que uno desearía que se le pegasen para siempre los párpados. Que le diagnosticasen una enfermedad rara y vivir soñando el resto del tiempo. Las pérdidas definitivas, las que no tienen marcha atrás, las que suponen la muerte –literal o no- de algo querido, son tan dolorosas y dramáticas, tan desoladoras, que la sensación de vacío y desorientación que dejan es algo así como si la bomba de Hiroshima explotase entre el pecho y la espalda.

Y aunque uno sepa que lo que tenía no era definitivo, aunque fuese consciente de sólo se trataba de un contrato temporal, de una corta tregua, cuando llega el mazazo final, el adiós sin esperanzas, las entrañas se retuercen como una bayeta, porque a fin de cuentas, la ilusión es lo último que se pierde.

Ahora toca lo de siempre: borrar su teléfono, no volver a contestar ni un mail, evitar los lugares comunes, eliminar cualquier pista, todo rastro. Y continuar con lo de antes de la llamada maldita. Las esperanzas que duran poco son las peores.

Yo, como algunos, también me pregunto por qué me pasan estas cosas. Si soy yo quien falla. Hagamos un breve repaso: el amor de mi vida número uno, Pedro, Javi, el panadero, popero, Elodie, mod… Ni uno solo ha cuajado. Como tampoco lo ha hecho La Oficina o la editorial. ¿Tendrán razón los que comentan que soy insoportable? Puede.

Hoy es un nuevo día. Levántate y anda, que el show debe continuar. Y, pese a las cortas intervenciones de los últimos meses, volveré a contarlo todo como al principio. Este es el único refugio que me queda.

18 octubre 2009 a las 23:14 por elenayelsexo

Fin de semana con fantasmas

Desde que me marché de La Oficina no había vuelto a ver a Javi. Tampoco es que le haya echado de menos, pero cuando el viernes pasado me mandó un mensaje preguntando si tenía plan para esa noche, he de reconocer que se me puso el desayuno a modo de amígdalas. Obviamente, le respondí que no había pensado nada y que estaba a su entera disposición.

Como una boba, corrí a comprarme ropa interior nueva, a hacerme la pedicura y las ingles brasileñas. Al editor le tengo tan asegurado que este último mes he descuidado totalmente estos detalles. Me arreglé el pelo y hasta me puse tacones, con los que, por cierto, no sé caminar y nunca aprenderé.

Quedamos en el bar de siempre. Yo llegué primero, así que me aposenté en un taburete, pedí un gintonic y crucé las piernas en una postura nada cómoda pero sí muy sugerente. “¡Cuánta sobredosis de película ñoña!” podría pensar cualquiera. Y sí, así es. Todo este proceso es lamentable. Pero no menos que el resultado.

Quince minutos más tarde de lo pactado, apareció Javi … ¡con su novia! En este tipo de situaciones es absolutamente imposible mantener la compostura. Puse cara de culo y sonrisa de forma alterna, de manera que parecía que de un momento a otro iba a romper a llorar –cosa que me hubiese encantado, por otra parte-.

Se marcharon pronto y sin decir adiós, mientras yo me distraía con un amigo de ellos que se presentó por sorpresa. Al darme la vuelta y ver que se habían largado a la francesa, comencé a hacer pucheros, a los que siguieron lagrimitas, y acabaron por un llanto incontrolable con hipo. Las palabras de consuelo del tipo con el que me quedé no fueron tal:

-    Mira, Elena, si todos sabemos lo que le ha pasado a Javi. Dejó a su chica porque es una pesada y le controla mucho y, claro, él ya no estaba seguro de quererla. Y además estabas tú. Te veía todos los días, eres guapa, vaya, estás buena y eres joven. Ideal en comparación la pesada de su novia. La dejó, pero luego se dio cuenta de que en realidad tú no le llegas ni a la suela de los zapatos y decidió volver con ella.

Gracias, tío, tus palabras me hicieron un gran favor.

2 agosto 2009 a las 23:39 por elenayelsexo

Despedidas

Me voy de vacaciones...

Me voy de vacaciones...

Por fin llegó el último día. Aunque no tuvo nada diferente al resto, a decir verdad. Hice lo que me correspondía y recogí mis cosas. Meter en bolsas de plástico tus enseres de trabajo acumulados durante un tiempo es triste, para qué vamos a engañarnos. Cristina no dijo nada, procuró no estar en el sitio la mayor parte de la mañana. Cuando terminó mi jornada tampoco estaba allí, así que ni siquiera nos despedimos.

La pesada de mi sustituta no paró de hablar como de costumbre. La pobre tiene hongos y su picor, lejos de ser inenarrable, es fácilmente comentable y mesurable, adjetivable y etiquetable. Después de que cotorrease imparablemente sobre su escozor vaginal durante largas horas, casi me lo pegó a mí. Sólo conseguí quitarme esa sensación cuando me largué de La Oficina. Dios, qué paranoia. Antes de marcharme, me abrazó entre sus pechos y me dijo: “Ay, tía, a ver si nos vamos un día por ahí juntas a ligar o algo. Tengo unos amigos muy estupendos, ya te los presentaré”. Espero que no llegue el momento en que tenga que recurrir a esto.

De todas mis compañeras únicamente una se dirigió a mí. Me encontraba yo en la puerta, amontonando los trastos que ya no iba a usar en la puerta de La Oficina. Se acercó despacio, sonriente. “Hola, Elena. Hoy es tu último día, ¿no?”. “Hola, Amparo, sí, cómo es que te has acordado”. “Ay, niña, yo es que lo apunto todo, sobre todo este tipo de eventos. En las despedidas se come de maravilla. Venía a preguntarte justamente por esto. ¿A qué hora has pedido el catering?”. “Siento decepcionarte, pero no he preparado nada”. “Puf, pues vaya una forma de marcharse. Egoísta hasta el final, no me esperaba otra cosa”. Y pegando un rabotazo, se marchó cabreada como una mona.

Javi me ha acompañado hasta el taxi. Quince minutos antes de mi hora de salida, se ha acercado y me ha dicho que no me podía ayudar a llevar las cosas, pero que debería coger un taxi. Se encargó él de pedirlo. Todo un detalle. Antes de cerrar la puerta, yo con las lágrimas en los ojos, se ha atrevido a decir algo bonito: “Me da mucha tristeza que te vayas, peque, espero que todo te vaya de maravilla AHÍ FUERA. Nos veremos, de eso puedes estar segura”. Beso en la mejilla, sonrisa, portazo y el taxi comenzó a andar. Para cuando el conductor me preguntó el típico “Adónde, señorita” yo ya lloraba con hipo.

Me voy a Guadalajara, México.