Hay días en los que uno desearía que se le pegasen para siempre los párpados. Que le diagnosticasen una enfermedad rara y vivir soñando el resto del tiempo. Las pérdidas definitivas, las que no tienen marcha atrás, las que suponen la muerte –literal o no- de algo querido, son tan dolorosas y dramáticas, tan desoladoras, que la sensación de vacío y desorientación que dejan es algo así como si la bomba de Hiroshima explotase entre el pecho y la espalda.
Y aunque uno sepa que lo que tenía no era definitivo, aunque fuese consciente de sólo se trataba de un contrato temporal, de una corta tregua, cuando llega el mazazo final, el adiós sin esperanzas, las entrañas se retuercen como una bayeta, porque a fin de cuentas, la ilusión es lo último que se pierde.
Ahora toca lo de siempre: borrar su teléfono, no volver a contestar ni un mail, evitar los lugares comunes, eliminar cualquier pista, todo rastro. Y continuar con lo de antes de la llamada maldita. Las esperanzas que duran poco son las peores.
Yo, como algunos, también me pregunto por qué me pasan estas cosas. Si soy yo quien falla. Hagamos un breve repaso: el amor de mi vida número uno, Pedro, Javi, el panadero, popero, Elodie, mod… Ni uno solo ha cuajado. Como tampoco lo ha hecho La Oficina o la editorial. ¿Tendrán razón los que comentan que soy insoportable? Puede.
Hoy es un nuevo día. Levántate y anda, que el show debe continuar. Y, pese a las cortas intervenciones de los últimos meses, volveré a contarlo todo como al principio. Este es el único refugio que me queda.











