Jägermeister es una palabra que no quiero volver a escuchar en mi vida. No entiendo qué les hemos hecho los jóvenes de hoy a los empresarios del mundo del licor. No sé qué clase de mente perversa ha inventado este mejunje. Y no comprendo a quién puede habérsele ocurrido que es una gran idea regalar chupitos de ese veneno a las mujeres que tranquilamente toman una cerveza en la barra de un bar.
Me hallaba yo a la espera de abordar el Freeway y los hombres que allí ponían sus discos, cuando una mano anónima de una camarera desalmada me tendió un pequeño vaso con un brebaje de origen desconocido. El término “gratis” acompañado de la sonrisa de aquella chica, y el ambiente de alegría y gozo que invade los garitos un jueves por la noche, me obligaron a la rápida ingesta del contenido.
- Dios santo, ¿se puede saber qué es esto que me has dado?
- Jägermeister, una bebida brutal.
¡Y tanto! Minutos después de tan terrible acto me encontraba fuera de mí –todos los modales perdidos-, tambaleando, en busca de un hombre con quien irme a la cama. De camino a nuestro destino, a Sara “la ninfómana” y a mí nos pareció una idea genial tirarnos escaleras abajo para que la gente nos cogiera cual estrellas de la música en un concierto rock.
Magulladas y frenéticas aparecimos en el Freeway. Los dos primeros adjetivos no entraban en nuestros planes. Sin previo aviso, ni siquiera un simple “Hola”, me colé en la cabina del DJ y me quedé mirando fijamente a un palmo de distancia a mi Mod favorito. Esta escena, que a mí me debía parecer muy normal y natural en esos momentos, se repitió durante un tiempo indeterminado. Rodeado y sin poder evitarlo, el hombre de los años sesenta, me besó.
Creo que luego esperé a que recogiera sus cosas y nos fuimos a su casa en tu taxi. Del resto, no tengo ni idea. A la mañana siguiente me desperté aturdida, desorientada y sin mi vestido. Lo primero que me vino a la cabeza: desde que marché de mi casa la noche anterior, no me había cambiado el tampón.
Sí, señores, esas cosas pasan. Sin hacer ni un ruido, cogí mi vestido de entre aquella matanza de Texas. Gracias a Dios, estaba impecable. Usé el cuarto de baño un rato y marché de puntillas.
Moraleja: Si bebes Jägermeister, usa Tampax súper.









