A veces, pero sólo en raras ocasiones, ocurre que cuando se desea algo, se consigue.
José trabaja y vive con mi amiga Belén, pero se relacionan en un vivir muy casto. De esos sin tocamientos; de esos que se limitan a charlas en la cocina por la mañana y tazas de té por las tardes. El caso es que hace tiempo, cada vez que voy a buscar a Belén a su casa, me lo encuentro. Y me hace gracia, para qué negarlo.
José es sudamericano con todo lo que eso conlleva: habla bonito, baila bien, y se lo toma todo con sentido del humor y mucha calma. Aparte de estos atributos, el chico cocina de maravilla y siempre que me paso por allí, me ofrece alguna delicatessen que casualmente ha preparado esa tarde.
Entre “prueba esto, linda” y “qué bien te ha quedado aquello” empezamos hace tiempo a establecer cierta amistad basada en el gusto. Y sin nada de tacto y parcas palabras hemos llegado a una extraña intimidad para la que todavía no encuentro más descripciones o adjetivos.
El pasado sábado por la noche accedió a acompañarnos en una reunión de amigos de esas que comienzan con las cañas del aperitivo pero que uno nunca tiene ni idea de cómo o dónde terminan.
Sus ojos oscuros me persiguieron todo el tiempo de un lado a otro. Y a cada comentario, me encontraba una sonrisa en sus boca perfecta como respuesta. Hicieron falta por lo menos cinco cervezas para que nos besáramos, una más para que la mano fuese de la cintura al culo y cinco minutos después de esto para que, urgidos, siguiéramos en casa de Belén.
Me desperté con resaca, pero sin ansiedad ni ganas de salir corriendo. Él tuvo que marcharse toda la mañana del domingo a terminar un trabajo y yo decidí, sin miedo, quedarme con mi amiga hasta que volviera. Cuando regresó me arrastró a caricias de nuevo a su cuarto y rematamos algunas asuntos que el día anterior no habían quedado del todo claros.
Estos días hemos entrado en la dulce rutina de los mensajes que no dicen nada y que se contestan con algo aún más vacío pero igual de tierno. En los días en que en el inbox siempre hay un mail con una canción bobalicona adjunta. En las noches en que no asusta hacer planes y las madrugadas en que no necesitas hacerlos.
Y por primera vez en décadas (tantas como dos y media) no pienso en algo más allá del ahora. Creo que va siendo hora de echar el cierre a una etapa.










