Hasta esta semana, siempre pensé que dejar un trabajo era algo tan sencillo como decir adiós en la empresa para la que curras. Pero no, la experiencia acumulada tras los últimos días me dice que irse es casi peor que quedarse, o al menos las horas que me faltan…
Decidí entrar en el despacho del jefe supremo para despedirme. Cristina no me contrató –bueno, nadie lo hizo en realidad, pero ella ni siquiera eligió que yo estuviera ahí-, así que no me parece una figura relevante a la que comunicarle mi despido. Además, creí que sería una última y elegante forma de hacerle saber la autoridad que ejerce sobre mi persona.
El caso es que me dirigí al lugar donde piensa el Dios de La Oficina. Hablé con su secretaria y me comentó lo difícil que era conseguir una cita con Él, dada su apretada agenda. Pero que siempre podría mandarle un e-mail, que a veces los lee. Le contesté que se trataba de un asunto de máxima urgencia e importancia y que no podía retrasar la cita, ni mandarle un correo electrónico con el contenido de lo que yo esperaba que fuese una conversación.
Cundió tanto el pánico, que la ‘secre’ me telefoneó al instante, exigiéndome abruptamente que pasara al despacho de Él. Cuando entré, aparte de descubrir un lugar hermoso y agradable, alejado de las catacumbas en las que yo ayudo a hacer el trabajo sucio, me di cuenta de que había creado una gran alarma social. Dios me miraba desde su púlpito con los ojos abiertos, posiblemente esperando un testigo misterioso o un caso de corrupción judicial.
- Hola
- Hola… (tiempo de silencio y mirada de reojo a un papel sobre la mesa), Elena. ¿Qué es eso tan importante que te trae por aquí?
Me hubiese gustado contestarle que en general a La Oficina no me llevaba ningún motivo importante, únicamente ganarme unas perrillas para mis gastos. Pero preferí callar.
- Nada tan tan importante, simplemente quería comunicarle que he decidido continuar mi carrera profesional por otros caminos.
- Ahhh, bueno, ¡qué susto! Creí que pasaba algo grave… Nada, mujer, díselo a Cristina y acuerda con ella el que será tu último día. Como no tienes contrato no hay ningún papel que arreglar. Bueno, ¡que tengas mucha suerte AHÍ FUERA!
Y pronunció estas últimas palabras entre dientes, con una sonrisa malévola, como si detrás de las paredes de La Oficina se encontrase el Infierno de Dante. Pero al salir, me percaté de que el infierno no estaba fuera de La Oficina, sino tras la puerta del despacho de Dios. Cristina me miraba fijamente, con la rabia contenida, colorada como un tomate.
- Eres lo peor que hay en este mundo –masculló-
- Yo, ¿por qué?
- ¡Dime ahora mismo que le has dicho de mí! Te aseguro que ni tú ni ninguna otra mocosa se va a quedar con mi puesto.
- No le he dicho absolutamente nada de ti. Me he despedido.
Corrió el aire y los músculos de la cara de mi jefa se relejaron considerablemente.
- Ay, perdona, peque. Últimamente estoy muy tensa, no sé por qué. Oye, ¿y por qué te vas?
La pregunta sonó tan estúpida que hasta Cristina se dio cuenta.
- Porque quiero hacer otras cosas.
- Pues me parece muy bien, todavía eres joven.
Me encantan las treintañeras que hablan a las de veinticinco como si acabasen de terminar el preescolar y ellas ya no tuviesen casi vida por delante.
La cuestión es que me tengo que quedar hasta Agosto, mientras Cristina busca una sustituta. Y durante los últimos días de Julio explicarle a la nueva cómo archivar, coger llamadas, hacer la mierda de los recados y todas esas cosas.
Lo mejor es que las reacciones de las del Otro Lado no se han hecho esperar.









