4 octubre 2009 a las 22:29 por elenayelsexo

Sergio

-    Rosa se ha ido a casa de sus padres el fin de semana. Si quieres, vente conmigo hasta el domingo.

Acepté y después del sí, me arrepentí. Una cosa es ser la amante de alguien y otra muy distinta acostarte con un hombre en la cama que comparte con su esposa. Un detalle aparentemente nimio, pero a la vez un acto de poca elegancia.

Hacía varios meses que no nos veíamos. Tras mis vacaciones en México, he estado evitando al editor con excusas baratas un día tras de otro. No tenía muchas ganas de retomar todo este turbio asunto de follarme a un casado. Y aquí estoy, de vuelta a mi madriguera después de haberme pasado el fin de semana desnuda.

No me enseñó la casa cuando llegué y eso me pareció extraño. Muchas habitaciones, pasillos, tres cuartos de baño, hidromasaje… Todo lo fui descubriendo en el instante en que él decidía que era una buena idea retozar en la bañera, sobre un lavamanos muy curioso “y amplio, que está a la altura perfecta para hacerlo encima”, un sofá “que compramos porque es perfecto para que te aten y dejarte a la sumisión total”…

Esta mañana sólo quedaba una puerta sin cruzar. La curiosidad me comía por dentro y le propuse mancillar la única estancia que quedaba sin nuestro sello.

-    No, Elena. Este es el cuarto de Sergio, mi hijo.

Sergio tiene catorce años y se había marchado con su madre al norte. Sergio es un inconveniente adolescente. Y yo he paseado sin ropa en el lugar en que ha crecido. He dejado mi sudor en la cama donde se tumba a ver la tele con sus padres los viernes por la noche. He disfrutado con el chorro de la ducha con el que también su padre le lavó la cabeza por primera vez. Y quién sabe cuántas cosas más.

27 julio 2009 a las 18:49 por elenayelsexo

El editor inacabable

Habitaciones con vistas...

Habitaciones con vistas...

Supongo que él es atractivo. Si no, no me acostaría con él. Supongo. Me gusta porque a pesar de ser cuarentón, si le pones una gorra, bien podríamos ser de la misma quinta. Es de estatura media, delgado, atlético. Esto último se debe, creo, a que hace mucho deporte. O eso me dice. Le encanta contar que corre todas las mañanas y que los fines de semana entrena para el triatlón. La primera vez que nombró esto, tuve que apuntarme la palabreja en un papel en un momento de descuido, y buscarla en el diccionario.

Tiene el pelo blanco, pero no le queda mal. Eso sí, si no se cubre la cabeza, parece mi padre. Pero la verdad es que es de agradecer que no use productos del rollo ‘Just for men’. Esas tres palabras significarían el fin de lo nuestro. Aunque lo nuestro se limite al perímetro de la cama. Por lo menos, de una cama cualquiera.

De cara es guapo: tiene las facciones afiladas y los labios carnosos.
Poca barba, como de no haberse afeitado esa mañana. Le encanta gesticular, y eso le convierte en un personaje bastante divertido. Sus historias las escenifica con grandes aspavientos y abriendo mucho los ojos y la boca. Así que, además de físicamente agradable, a veces es también divertido.

Tiene buen carácter; siempre está contento. Es culto, pero no pedante, y en ocasiones irónico. Lee mucho. Estoy segura de que si pudiera hacerlo a la vez que camina, no dudaría en practicarlo. Lee hasta los carteles de la calle, sin descanso. Ahora, nunca me ha humillado por no saber quién es tal o cual autor, incluso cuando se ha referido a alguno de los ‘básicos’ que yo no controlaba.

Es un conocedor de los grandes placeres de la vida. Un sibarita. Le gusta comer en los mejores sitios, fumar del tabaco más caro, beber licores de importación y follar sin descanso, con mujeres jóvenes a las que poder pasear en sitios donde no le conocen. No soy la primera, ni seré la última.

De las habitaciones lúgubres y mugrientas, hemos a pasado a sudar sábanas de hilo en suites de los mejores hoteles de Madrid. De esos en los que te ponen un bombón en la almohada y tienen dos albornoces por habitación. Abrirse de piernas en lugares elegantes es sustancialmente mejor y más excitante que hacerlo en hostales de mala muerte. Y desde luego, bastante menos incómodo que el coche o los cuartos de baño de las discotecas, los que fueron nuestros habituales.

Hasta hace unos pocos días, sólo conocía su gusto por lo cutre y lo rápido, pero en la última semana se ha descubierto un amante del ‘slow food’ y el sexo tántrico, inexistentes para mí hasta el momento.

No hay nada como asomarse en albornoz al balcón de una suite de un hotel céntrico, después de haberse corrido mil y una veces sobre un hombre con experiencia y aguante. Llamar al servicio de habitaciones y pedir algo, para retomar lo inacabable.

21 julio 2009 a las 18:40 por elenayelsexo

La buena samaritana

-    ¡Bruja! –gritaban las mujeres a su paso-

-    ¡Puta! –le decían los hombres-

Ella era continuamente objetivo de insultos y diana de lanzamiento de objetos. Hortalizas, frutas y una vez, hasta una silla. El rumor se había extendido por el pueblo y sus habitantes coincidían en que la causante de todos los males era ella. Ella le había seducido, ella le había convencido para que fuese infiel a su mujer. Ella y sus armas de hembra en celo.

El juzgado supremo de la región la llamó a declarar. Se le acusaba de obscenidad y escándalo público. Ella lo primero que pensó es que de público nada, que bien que lo habían ocultado todo este tiempo. Y que de obscena poco, que ella siempre se había tenido más por pudorosa.

Fue condenada a la pena máxima: la horca.
Al ajusticiamiento podría acudir la mujer de su amante. El amante estaba obligado. Además, se la colgaría completamente desnuda. Para que muriese como ramera que era. Una humillación completa para un crimen horrible, asqueroso, inhumano. Así lo llamaron durante el juicio.

No podría volver a acercarse a él, pero como último deseo, ella pidió hablar con la esposa de su amante.

-    Hola Elena. No comprendo qué puede ser lo que alguien como tú quiere decirle a una víctima como yo. Pero, atendiendo tu última petición en vida, y como buena samaritana que soy, aquí estoy.

-    Hola. No sé tu nombre, pero tampoco me importa. Casi no sé de tu existencia. Y me da bastante igual. Sólo quiero que sepas que no me arrepiento de nada, aún sin ni siquiera amar a tu marido. Lo que pasó entre nosotros no tenía que ver con sentimientos profundos. Pero me voy a la tumba con una duda, la de si serás capaz de mirar a la cara a tu compañero de la vida sabiendo que él conocía perfectamente tu nombre y tu existencia cuando se acostaba conmigo, cuando me hacía falsas promesas, cuando me juraba que te abandonaría, que no te quería. Me pregunto también si una vez que no puedas volverle a mirar a la cara, te arrepentirás de no haberme salvado la vida…

Nunca recuerdo ningún sueño, pero hoy me he despertado con la agonía de éste.