- Rosa se ha ido a casa de sus padres el fin de semana. Si quieres, vente conmigo hasta el domingo.
Acepté y después del sí, me arrepentí. Una cosa es ser la amante de alguien y otra muy distinta acostarte con un hombre en la cama que comparte con su esposa. Un detalle aparentemente nimio, pero a la vez un acto de poca elegancia.
Hacía varios meses que no nos veíamos. Tras mis vacaciones en México, he estado evitando al editor con excusas baratas un día tras de otro. No tenía muchas ganas de retomar todo este turbio asunto de follarme a un casado. Y aquí estoy, de vuelta a mi madriguera después de haberme pasado el fin de semana desnuda.
No me enseñó la casa cuando llegué y eso me pareció extraño. Muchas habitaciones, pasillos, tres cuartos de baño, hidromasaje… Todo lo fui descubriendo en el instante en que él decidía que era una buena idea retozar en la bañera, sobre un lavamanos muy curioso “y amplio, que está a la altura perfecta para hacerlo encima”, un sofá “que compramos porque es perfecto para que te aten y dejarte a la sumisión total”…
Esta mañana sólo quedaba una puerta sin cruzar. La curiosidad me comía por dentro y le propuse mancillar la única estancia que quedaba sin nuestro sello.
- No, Elena. Este es el cuarto de Sergio, mi hijo.
Sergio tiene catorce años y se había marchado con su madre al norte. Sergio es un inconveniente adolescente. Y yo he paseado sin ropa en el lugar en que ha crecido. He dejado mi sudor en la cama donde se tumba a ver la tele con sus padres los viernes por la noche. He disfrutado con el chorro de la ducha con el que también su padre le lavó la cabeza por primera vez. Y quién sabe cuántas cosas más.











