Por fin llegó el último día. Aunque no tuvo nada diferente al resto, a decir verdad. Hice lo que me correspondía y recogí mis cosas. Meter en bolsas de plástico tus enseres de trabajo acumulados durante un tiempo es triste, para qué vamos a engañarnos. Cristina no dijo nada, procuró no estar en el sitio la mayor parte de la mañana. Cuando terminó mi jornada tampoco estaba allí, así que ni siquiera nos despedimos.
La pesada de mi sustituta no paró de hablar como de costumbre. La pobre tiene hongos y su picor, lejos de ser inenarrable, es fácilmente comentable y mesurable, adjetivable y etiquetable. Después de que cotorrease imparablemente sobre su escozor vaginal durante largas horas, casi me lo pegó a mí. Sólo conseguí quitarme esa sensación cuando me largué de La Oficina. Dios, qué paranoia. Antes de marcharme, me abrazó entre sus pechos y me dijo: “Ay, tía, a ver si nos vamos un día por ahí juntas a ligar o algo. Tengo unos amigos muy estupendos, ya te los presentaré”. Espero que no llegue el momento en que tenga que recurrir a esto.
De todas mis compañeras únicamente una se dirigió a mí. Me encontraba yo en la puerta, amontonando los trastos que ya no iba a usar en la puerta de La Oficina. Se acercó despacio, sonriente. “Hola, Elena. Hoy es tu último día, ¿no?”. “Hola, Amparo, sí, cómo es que te has acordado”. “Ay, niña, yo es que lo apunto todo, sobre todo este tipo de eventos. En las despedidas se come de maravilla. Venía a preguntarte justamente por esto. ¿A qué hora has pedido el catering?”. “Siento decepcionarte, pero no he preparado nada”. “Puf, pues vaya una forma de marcharse. Egoísta hasta el final, no me esperaba otra cosa”. Y pegando un rabotazo, se marchó cabreada como una mona.
Javi me ha acompañado hasta el taxi. Quince minutos antes de mi hora de salida, se ha acercado y me ha dicho que no me podía ayudar a llevar las cosas, pero que debería coger un taxi. Se encargó él de pedirlo. Todo un detalle. Antes de cerrar la puerta, yo con las lágrimas en los ojos, se ha atrevido a decir algo bonito: “Me da mucha tristeza que te vayas, peque, espero que todo te vaya de maravilla AHÍ FUERA. Nos veremos, de eso puedes estar segura”. Beso en la mejilla, sonrisa, portazo y el taxi comenzó a andar. Para cuando el conductor me preguntó el típico “Adónde, señorita” yo ya lloraba con hipo.
Me voy a Guadalajara, México.










