18 agosto 2009 a las 18:02 por elenayelsexo

Con las bragas viejas

Si ocurre que algo muy molesto puede pasarte o no; si es un fastidio aleatorio; si una cosa incómoda atiende a criterios que se escapan a la lógica común, a Elena siempre le toca.

El aeropuerto de Guadalajara es un poco así. A la salida hay un semáforo que se pone en rojo o verde sin explicación conocida. Si es lo primero, tienes que, inmediatamente, abrir la maleta y mostrar con paciencia qué hay dentro. Obviamente, un amable policía me recibió con un “Por favor, enséñeme qué lleva ahí”.

Tras el típico momento de pánico en el que olvidas la contraseña del candado y una vez averiguada, da igual, porque se atasca, conseguí llevar a buen puerto mi propósito, no sin provocar una lluvia de sujetadores y camisetas por el suelo, para sorpresa, alegría y jolgorio del personal.

Molesta por el espectáculo y muerta de calor, pude, minutos –muchos- después traspasar la puerta de entrada. Allí me esperaba mi amiga la del armario grande, rodeada de un grupo de jóvenes bronceados que también esperaban a un amigo que venía en mi vuelo. Esperar es un verbo muy común en este contexto. El caso es que mi maleta no terminaba de cerrar y la ropa interior amenazaba con salirse por los bordes. Yo caminaba con ella como podía, abrazada, pero la escena era de lo más estúpido.

Los simpáticos jóvenes que esperaban con mi amiga la del armario grande se lazaron a echarme una mano, a la maleta. Nos montaron a ella, a mí y a mi amiga la del armario grande en una camioneta y nos llevaron a casa. Intercambiamos los teléfonos, repartimos besos y ‘hastaprontos’, me amarraron la maleta con una cuerda y entramos en la hermosísima morada en el centro, donde habitaré los próximos días.

Cuando corté la cuerda, una vez instalada en la habitación, y fui a guardar mis cosas en el armario grande de mi amiga, noté que no quedaba ni una de las bragas que me había comprado en Intimissimi para la ocasión. “¡Mierda, se me han olvidado las mejores!”, pensé. Pero al día siguiente mi amiga la del armario, que se llama María, recibió el siguiente mensaje: “¡Morras! Se dejaron algo olvidado en la camioneta antiayer. Algo bien íntimo, lo dice la etiqueta. Si quieren recuperarlo no tendrán más remedio que quedar con estos pinches mexicanos”.

El caso es tener siempre las bragas por ahí. Menudo engorro. Y así entre ‘me da corte’ y ‘me da pereza’ han pasado ya unos días. Y yo con mis bragas viejas. Y yo, sin comerme un colín.