31 enero 2010 a las 23:37 por elenayelsexo

Saciarse con terceros

Cuando dos objetos de deseo coinciden en un pequeño espacio, el sujeto deseante tiende a saciar sus ansias con un tercero.

No puedo negar que me sorprendió la reacción de Ainoa. Si yo pensaba que el caos se había vuelto a instalar en mi jornada laboral, no podía estar más equivocada. Desde la noche extraña en que me masturbé a su lado, me convertí en su confidente. A veces pienso que jugamos al “como cuentes esto, te delato”, otras prefiero ser feliz con la idea de que en ocasiones nos topamos con la persona adecuada.

Y entre secretos y trabajo apenas me ha quedado tiempo para echarle un ojo a ese cuerpo terso y joven que se pasea de un lado a otro de la redacción (olvidemos para siempre la oficina) enseñando la goma de unos calzones de marca, previsiblemente apretados. Pero aunque no le mire, le siento. Los últimos días me parecía como si me hubiesen prestado el cuerpo. Me resultaba algo ajeno, que por su levedad e inconsistencia podría regalarles a uno y otra en cualquier momento para que hicieran con él lo que les viniera en gana.

Las ocho horas se pasan volando y el resto hasta las veinticuatro con unas calenturas que ni María Lapiedra. Y por fin llegó el santo jueves. Preparada para cualquier cosa, me dirigí a las cañas que son gintonics. Allí estaban los dos, como animales enjaulados. Si bien mantenían ese algo por el que habría matado, por primera vez en mucho tiempo noté que yo también atesoraba ese poder. Así que como domador de fieras en que de repente me había convertido, manejé la situación haciéndoles saltar primero esta arandela, después estas llamas. Mi cuerpo ya no era para nadie, era mío y solo mío.

Llamé a Pedro. Bendito Pedro. Aparece donde estés, charla con todo el mundo, se hace colega de tus futuros polvos y en el instante exacto te besa, te lleva a su casa y te folla con todas sus ganas en su cama de ochenta. Tal cual ocurrió el jueves. Hacía tiempo que no salía airosa de un lío, con dignidad y desahogada. Y lo que es mejor: el inbox de mi móvil ha estado saturado de Ainoas y Marcos que durante el fin de semana casualmente no tenían plan…

Cuando dos objetos de deseo coinciden en un pequeño espacio, el sujeto deseante tiende a saciar sus ansias con un tercero.

24 enero 2010 a las 21:15 por elenayelsexo

Ainoa

Parece ser que en esta nueva oficina, que pasaremos a llamar redacción, existe la sana costumbre de salir de cañas los jueves. Casi todos, a excepción de los jefes, se reúnen por la noche en un pequeño bar –cutre- de Malasaña y a veces terminan en el trabajo, café en mano. Me dijeron que me pasase, muy amablemente, y yo, correspondí con mi presencia.

Pero las cañas resultan ser gin tonics y la lengua con este combinado tan inglés se suelta que da gusto. Pasadas un par de horas nos habíamos contado los sitios más raros, las mejores y peores posturas y cuántos rolletes teníamos en el haber de la cuenta de nuestra vida laboral. De forma quizá demasiado imprudente, les hablé de La Oficina y de Javi, a riesgo de que conociesen a los protagonistas.

Casi me alegré de que Marcos no pudiera venir. Si esto hubiera ocurrido, seguramente no habría sido tan sincera y me habría dedicado a mirarle el culo y hacerle ojitos en un intento muy ‘Superpop’ de llevármelo a la cama.

Era la una de la mañana cuando llegó Ainoa. No había oído hablar ni una palabra sobre ella pero al saludarme agregó, después de su nombre, que aunque no nos conocíamos, también trabaja en el periódico, que había estado de vacaciones y que el lunes se incorporaba de nuevo. Su presencia era fascinante. Y no sólo por lo físico. El pelo corto y lacio, los labios gruesos, los ojos castaños inmensos y la nariz respingona no serían nada si no estuviesen acompañados del resto. Y el resto es imposible de describir.

No sé si era su voz, la forma de moverse, el modo en que agarraba el vaso o cómo sonreía, pero todo ello consiguió que no me despegara ni un segundo de su lado. Hasta que empecé a encontrarme mal y tuve que correr al baño. Me siguió y esperó en el lavabo. Me ayudó a ponerme agua en la nuca, agarrándome con una mano la cintura y con la otra el cuello.

No lo recuerdo con total nitidez pero puede que pasaran varios minutos cuando al erguirme de nuevo me quedé absorta, frente a ella, esperando no sé si un beso que nunca llegaba. Me repuse, sonrió y me agarró la mano. Ninguna dijo nada.

La seguí toda la noche como un zombi. Estoy segura de que se dio cuenta. Alguien con un poder de seducción tal no puede vivir ajeno. Casi en silencio, agarradas del brazo, entramos en una discoteca que no conocía.

- A que no vas y le comes la boca al tío de la barra –susurró en mi oído.

Un poco más tarde le tocaba el paquete a un cuarentón que sabía a Ducados y güisqui. Por encima del hombro de aquel feo con cara de alucinado, Ainoa sonreía, sentada sola en un sofá. Fumaba lentamente y cruzaba y descruzaba las piernas. Yo pensaba en cómo iba a deshacerme de aquel tipo a quien no podía parar de sobar intuyendo la excitación de Ainoa.

- Lo siento, tengo que marcharme –espeté sin más al señor triste que pese a mi mano caliente y pequeña seguía flácido.
- Lo entiendo. Ni siquiera sé por qué te has acercado a alguien como yo.
- Yo tampoco.

Ainoa sugirió que durmiésemos las dos en su casa. Quedaban un par de horas para que yo entrase a trabajar y decidí que no era tan mala idea. En su estudio en el centro, frío, sin apenas muebles y objetos personales, se quitó los zapatos, seguidos de los pantalones, la camiseta y el sujetador. Escondió su desnudez bajo el edredón nórdico y me indicó con gestos que podía echarme a su lado. Se fumó el último pitillo de la noche y tras un “buenas noches” cerró los ojos.

El pudor y el deseo más absurdo luchaban con armas de destrucción masiva. Me deshice la ropa a medias -igual que ella- y comencé a masturbarme por encima de las bragas como una autómata, sin ser consciente o responsable de lo que hacía. En el último segundo pude ver como sonreía.

Por la mañana me dio un par de bragas limpias (“te van a hacer falta”) y una camiseta, en la que me embutí a toda prisa. Durante todo el día, en la redacción, no podía parar de preguntarme si Laura, Rebeca, Paola y José también se habrían incendiado sobre el mismo colchón…