Cuando dos objetos de deseo coinciden en un pequeño espacio, el sujeto deseante tiende a saciar sus ansias con un tercero.
No puedo negar que me sorprendió la reacción de Ainoa. Si yo pensaba que el caos se había vuelto a instalar en mi jornada laboral, no podía estar más equivocada. Desde la noche extraña en que me masturbé a su lado, me convertí en su confidente. A veces pienso que jugamos al “como cuentes esto, te delato”, otras prefiero ser feliz con la idea de que en ocasiones nos topamos con la persona adecuada.
Y entre secretos y trabajo apenas me ha quedado tiempo para echarle un ojo a ese cuerpo terso y joven que se pasea de un lado a otro de la redacción (olvidemos para siempre la oficina) enseñando la goma de unos calzones de marca, previsiblemente apretados. Pero aunque no le mire, le siento. Los últimos días me parecía como si me hubiesen prestado el cuerpo. Me resultaba algo ajeno, que por su levedad e inconsistencia podría regalarles a uno y otra en cualquier momento para que hicieran con él lo que les viniera en gana.
Las ocho horas se pasan volando y el resto hasta las veinticuatro con unas calenturas que ni María Lapiedra. Y por fin llegó el santo jueves. Preparada para cualquier cosa, me dirigí a las cañas que son gintonics. Allí estaban los dos, como animales enjaulados. Si bien mantenían ese algo por el que habría matado, por primera vez en mucho tiempo noté que yo también atesoraba ese poder. Así que como domador de fieras en que de repente me había convertido, manejé la situación haciéndoles saltar primero esta arandela, después estas llamas. Mi cuerpo ya no era para nadie, era mío y solo mío.
Llamé a Pedro. Bendito Pedro. Aparece donde estés, charla con todo el mundo, se hace colega de tus futuros polvos y en el instante exacto te besa, te lleva a su casa y te folla con todas sus ganas en su cama de ochenta. Tal cual ocurrió el jueves. Hacía tiempo que no salía airosa de un lío, con dignidad y desahogada. Y lo que es mejor: el inbox de mi móvil ha estado saturado de Ainoas y Marcos que durante el fin de semana casualmente no tenían plan…
Cuando dos objetos de deseo coinciden en un pequeño espacio, el sujeto deseante tiende a saciar sus ansias con un tercero.










