Cuanto más se habla, más tiene que tragarse una sus propias palabras. “La lengua es el azote del culo”, que diría aquel.
En agosto de 2008, hace ya casi dos años, empecé este blog con muchos propósitos que nunca cumplí. Como debe ser. El primero fue contar mi vida –como otras tantas habían hecho antes- evitando ser reconocida. Fracasé. A las dos semanas de escribir este post, la camarera del Josealfredo le dijo a una amiga: “¿Esa es Elena, la del sexo?”. Y a las pocas horas de publicar este otro, una compañera de la universidad me mandó un e-mail: “Esto sólo lo puedes haber escrito tú”. La infracción a mi autoimpuesta norma número uno fue causa directa de mi transparencia, y como la sinceridad absoluta era la segunda, dejé pasar este descuido en la inicial.
La tercera me obligaba a mantener cierta distancia con los comentarios y sus autores. También fallé en esta empresa. Un tal David, que atiborró de disquisiciones extrañas esta entrada, consiguió exasperarme, enfurecerme y me hizo saltarme a la torera el punto tres y contarle a Celia31 (mil gracias) mi preocupación y desespero. Nunca quise que se notase demasiado en el que fue mi diario (podríamos denominarlo como “cuarto precepto”) pero cada vez que había un mensaje nuevo, éste podía cambiar totalmente el rumbo de mi día. Mi autoestima se ha tambaleado con algunos comentarios implacables, mientras que otros me han hecho arrancar a escribir un nuevo texto.
El quinto elemento en la lista decía algo así como “nunca harás lo que han hecho ellas”. Y ahora aparezco con él en bodas, bautizos, comuniones y otras días de guardar. Si bien sigo siendo la “joven, noctámbula y liberal” (Dios mío, me da vergüenza leerlo en voz alta), mi situación ha dado un giro y poco o nada tiene que ver a la de hace dos veranos.
He conocido a alguien a quien respeto y sobre quien no necesito gritar nada a los cuatro vientos de Internet. Aprecio la intimidad que tenemos y no me apetece, más bien me parece una pequeña traición, dar detalles minuciosos de lo nuestro que cualquiera que navegue en este río de letras pueda capturar. Tampoco creo que a nadie le interesen. Os aseguro que para un tercero son historias bastante aburridas. Quizá porque son simples cosas de dos.
Así que me voy, compañeros de lamentos (y algunas risas, ¿no?). Gracias a los fieles y a los que pasaban por casualidad; a los que habéis comentado y a los que no; a quienes incluso habéis chateado conmigo; a quienes me habéis relatado lo vuestro…; a las chicas de Telecinco.es y a mi otra mitad de por allí. Besos a todos (y que nunca os falten),
Elena.










