Sus padres se habÃan marchado a la casa de la sierra por el fin de semana. Lo sabÃa de antemano porque puedo decirlo alrededor de diez veces en la redacción. La situación con Ainoa se habÃa normalizado y creo que éramos amigas. Lo bueno de esto era que podÃa hacer mi trabajo sin pensar en sus bragas en loop. Lo malo, que ya no tenÃa sentido intentar algo. Asà que supongo que sólo quedaba él.
Las insinuaciones empezaron a ser tan burdas que cada vez que me agarraba por la cintura cuando iba camino, por ejemplo, del baño, todos sonreÃan con ternura. Que Marcos pretendÃa acostarse conmigo en casa de sus padres el fin de semana era algo obvio. Y pocas veces me habÃa negado yo a tal menester.
Casualmente, el viernes tocaba en la ciudad un grupo que nos gusta a los dos. Todo sucedió tal y como debÃa y en los bises ya tenÃa su lengua en la garganta. Fuimos en su coche pasando por una de esas situaciones raras en las que no se sabe qué comentar y sólo quedan las paradas en los semáforos para magrearse. Hice todo lo que debÃa como si se tratase de una tabla de gimnasia.
El siguiente ejercicio consistÃa en morrearse en los pasillos del edificio hasta llegar a su puerta, desabrochándonos con violencia los botones de pantalones, faldas y camisas. Sentà mi desnudez como el uniforme oficial del sexo. Lo lucà por su cuarto, orgullosa. Pero Marcos resultó ser un torpe. Me mordió el cuello y en vez de escalofrÃos sentà un leve y molesto dolor, al que siguió un moratón espantoso. Sintonizó la radio con mis pezones, que se quejaban erectos. Y después de estos sencillos pasos que parecÃan estudiados de un manual, la embestida.
El cuerpo flaco de Marcos me paralizó sobre el colchón agitándose rÃtmicamente y sin dar opción a réplica. Se marcó el clásico pim-pam, pim-pam que a una le deja más frÃa que un fiambre. Terminó y ni siquiera se ocupó de si yo habÃa hecho lo propio. Se acostó a mi lado, en silencio.
Decidà que lo mejor era marcharme y hacer en lo sucesivo como si no hubiese ocurrido nada. Y la verdad era que, en realidad, yo salà de su casa como habÃa llegado. Quizá con el pelo un poco más revuelto. Marcos fue un fiasco. Una pena, porque el chico prometÃa.









